Capítulo 65 #3
—Eso explica por qué el hombre que mató a Reichl no huyó con el cuerpo —dijo—.
No vino a matarlo: vino a recuperar la libreta antes de que la entregara al siguiente eslabón de la cadena.
Cuando Reichl se negó —o no pudo, porque la tenía escondida donde el asesino no supo buscar—, el hombre lo mató y huyó sin ella.
La libreta se quedó en el estudio, y quien dio con ella fue el sargento de la Gendarmería del que ella habló en su mensaje.
Karl asintió.
—El asesino es también un intermediario.
—De otra facción —dijo Vandermeulen.
—Eso es.
Gabriel cerró los ojos. Los volvió a abrir.
—Tenemos que hablar en otro sitio —dijo—. Aquí no. La iglesia se está abriendo a los feligreses de las ocho y media.
Vandermeulen recogió el cuaderno.
—¿Dónde?
—La sacristía no —dijo Sophia, automática—. Alguien ha muerto esta noche buscando algo en la mansión Vránský, y por lo que sé esa persona o quien la mandó sabe de la conexión de mi tío con San Nicolás. Este es uno de los primeros sitios donde van a buscar.
Karl la miró.
—¿Dónde entonces?
Sophia pensó un segundo.
—En la librería del anticuario —dijo—. Ignaz. El librero que le vendió el De Daemonibus a Gabriel hace una semana. Nadie del otro bando sabe que ese librero ha tenido algo que ver con nosotros. Y la trastienda es cerrada.
Gabriel asintió despacio.
—Ignaz no va a preguntar nada —dijo—. Le podemos decir que somos clientes con una consulta.
—A las diez —dijo Karl—. Tres horas. Tiempo para que Gabriel recoja lo que tenga que recoger.
Los cuatro se levantaron.
Vandermeulen fue el primero en salir por la puerta norte, con el cuaderno otra vez envuelto en el pañuelo doblado y el paso lento del hombre que conoce el peso exacto de lo que lleva encima.
Karl salió después, por la puerta sur, ajustándose la bufanda.
Sophia se quedó un momento más, fingiendo rezar en el banco, para salir la última con un margen de cinco minutos.
Gabriel volvió a la sacristía.
Cerró la puerta.
Se quedó un segundo de pie en el centro de la habitación, con las manos colgando y la sotana todavía húmeda de la misa. Después se quitó la estola blanca con un movimiento medido y la dobló sobre el respaldo de la silla.
No la metió en el armario litúrgico.
La dejó sobre el respaldo a la vista, para que Jan la encontrara al volver.
Se quitó la sotana.
Debajo llevaba ya la ropa de viaje: pantalones oscuros, camisa blanca con el cuello suelto, chaleco gris. La ropa de un hombre anónimo de clase media centroeuropea. No la ropa de un párroco.
Guardó la sotana en el armario. Cerró.
Cogió la bolsa de cuero, que esperaba en el suelo junto a la mesa desde la noche anterior. Dentro estaba el misal pequeño, la estola de viaje doblada, el recipiente de agua bendita y la cruz pectoral. No añadió nada más.
Se detuvo ante la mesa.
El De Daemonibus seguía ahí, abierto por la página que Sophia había abierto tres horas antes.
Gabriel no lo tocó. Sabía que Sophia volvería a buscarlo antes de ir a casa de Ignaz.
El libro ya no era suyo. Había pasado de la custodia sacerdotal a la custodia civil, sin ceremonia, en una noche sin testigos.
Fue a la puerta lateral.
La abrió.
El patio empedrado de San Nicolás estaba vacío. La lluvia había parado del todo hacía media hora. El aire tenía el olor limpio y cortante que Malá Strana adquiría en noviembre después de la lluvia, cuando el río y la piedra compartían temperatura.
Gabriel salió.
Cerró la puerta detrás de sí con la mano.
Caminó por el patio hacia la verja que daba a la calle, con la bolsa de cuero colgada del hombro izquierdo y sin volver la cabeza hacia la iglesia, porque Jan todavía no había vuelto de la curia y porque Gabriel había decidido esa mañana, al levantarse, que no iba a mirar una última vez un edificio donde había vivido veinte años.
Mirar una última vez era un gesto que se hacía cuando el que se iba creía que no iba a volver.
Gabriel no se permitía esa certeza. Había dejado la Carta Segunda en el cajón central para cuando el momento de no volver se convirtiera en definitivo, pero ese momento no era hoy.
Hoy era solo el primer día de no saber cuándo volvía, y para ese tipo de días no hacía falta última mirada.
Cruzó la verja.
En la calle Ostruhová, un carretero joven —al que Gabriel había bautizado hace veinte años, recién llegado él a la parroquia, y que no se acordaba de su propio bautizo— le dio los buenos días sin reconocerlo, porque sin la sotana Gabriel era para el carretero un hombre cualquiera camino del centro de la ciudad.
Gabriel le devolvió el saludo en checo.
Bajó por la calle Ostruhová hacia el Puente de Carlos.
Tenía tres horas hasta la reunión en la librería de Ignaz. Iba a usarlas para algo que llevaba veinte años posponiendo: desayunar en la taberna U Schnellů como un hombre cualquiera, sin el respeto incómodo que los dueños le dispensaban cuando entraba con sotana.
Iba a pedir cerveza con el desayuno.
A las ocho de la mañana.
Y nadie en Malá Strana iba a saber que era la primera vez.