Capítulo 65 #2
—Llevo dieciséis años recopilando casos médicos que mis colegas no saben nombrar.
Anemias que no obedecen a hemorragia. Letargos que desaparecen con exposición solar mínima y reaparecen sin razón clínica.
Niñas en pueblos del Báltico que dejan de crecer a los catorce años y siguen con aspecto de catorce años a los veintinueve.
Dos mujeres en Breslau, en 1874, cuyo comportamiento cambió entre el quince de septiembre y el dieciocho sin que yo pudiera encontrar el factor desencadenante.
—Miró a Karl, después a Sophia, después otra vez a Gabriel—.
Publico poco. Lo que publico lo publico con pseudónimo, o con mi apellido y una inicial distinta a la mía, porque mis colegas de la universidad de Ámsterdam consideran que estos temas son incompatibles con la medicina seria. Pero llevo desde entonces recopilando.
Gabriel tragó saliva. La saliva le supo a vino sin consagrar.
—El artículo —dijo, después de un momento—. Archiv für Pathologie und Pharmakologie.
—Ése era mío —dijo el hombre—. La inicial A. de la firma es falsa. Mi nombre empieza con otra letra. Pero el artículo era mío.
Sophia se inclinó hacia delante.
—¿Cómo supo que había que venir a Praga?
El hombre la miró.
—Hace tres días —dijo—, me llegó a Ámsterdam una carta anónima de un médico de esta ciudad.
No firmaba. Pero describía en términos clínicos, con una precisión que solo podía venir de un colega, una patología que yo llevaba persiguiendo desde 1864.
La carta pedía confirmación de la hipótesis del sustrato orgánico activo.
Me daba una dirección para responder: lista de correos, oficina principal de Praga, inicial E.
—El hombre hizo una pausa—. No respondí por escrito. Tomé el siguiente tren.
Gabriel se quedó muy quieto.
—Erik —dijo, en voz casi inaudible.
—Supongo —dijo el hombre—. No sé el nombre completo. Pero supongo.
Karl, que había estado en silencio hasta este momento, habló en voz muy baja.
—¿Qué quiere de nosotros?
El hombre tardó en responder. Cogió el pañuelo doblado de su regazo. Lo abrió con las dos manos. Debajo había, en efecto, un cuaderno pequeño, de tapas de cuero marrón, muy usado. No lo abrió. Lo sostuvo sobre las rodillas como si el cuaderno mismo fuera la respuesta a la pregunta.
—Treinta y cinco años de notas médicas —dijo—.
De ellos, dieciséis dedicados a esto: doscientos cuarenta casos documentados en nueve países.
Todos con el mismo patrón. Todos sin explicación satisfactoria según los manuales de la medicina académica occidental.
—Miró a Gabriel de frente—. Lo que yo sé es clínico.
Lo que ustedes saben es lo otro. Les propongo un intercambio.
Gabriel lo miró. No respondió de inmediato.
Sophia sí.
—¿Intercambio por qué?
—Por lo mismo que cualquier colega. Para que dieciséis años de observación no se pierdan cuando yo me muera, que será pronto.
Para que lo que ustedes saben no se pierda cuando se separen, que será hoy.
—Bajó la voz medio tono—. Y para que la próxima generación, dentro de quince o veinte años, cuando alguien del linaje correcto vuelva a preguntar las preguntas correctas, encuentre el archivo completo en vez de dos mitades separadas.
Karl miró a Sophia. Sophia miró a Gabriel. Gabriel miró al hombre del pañuelo.
—¿Su nombre? —preguntó Gabriel, otra vez, pero con un tono distinto.
El hombre sostuvo la mirada durante tres segundos.
—Vandermeulen —dijo—. Cornelis Vandermeulen, médico forense de la Universidad de Ámsterdam.
Cincuenta y siete años cumplidos aunque mis estudiantes me echan setenta.
El artículo del Archiv lo firmé con la inicial de un estudiante mío más joven, sin su permiso, porque yo publico sobre estos temas desde hace quince años y los editores habían dejado de leerme con atención.
Él es todavía desconocido. Los editores abrieron la carta sin prejuicio.
Nunca sabrá que su nombre viajó unido al mío, a menos que algún día abra el ejemplar del Archiv de octubre y reconozca la inicial.
Gabriel se sentó en el banco que estaba frente al de ellos, al otro lado del pasillo central. Apoyó las manos en el reclinatorio. Miró el altar vacío. Después miró otra vez al hombre.
—¿El estudiante?
—Un chico de veintidós años. Brillante. Filología, medicina y un par de lenguas muertas.
Cuando yo me muera, y me muero pronto, va a heredar los archivos sin saber todavía lo que son.
Hasta que los abra, no va a tener contacto con estos estudios.
Lo he decidido así a propósito: para que pueda acercarse al problema con ojos limpios dentro de quince o veinte años, cuando yo ya no esté para contaminarle con mis hipótesis.
—Vandermeulen hizo una pausa—. No he venido a Praga a nombrárselo a ustedes.
Ese nombre se lo lleva un día la historia sola si él sigue trabajando.
He venido porque llevo media vida recopilando casos y nunca había estado tan cerca de un testigo directo como ahora.
Sophia habló entonces.
—¿Por qué?
—Porque vi al paciente —dijo Vandermeulen—. Y el paciente me vio a mí.
Se quedaron los cuatro en silencio durante un minuto largo.
Afuera, las campanas de San Nicolás dieron los tres cuartos. Un sacristán cruzó la nave al fondo, recogiendo una vela caída, sin mirarlos. Por la puerta principal entraba la luz gris de las ocho menos cuarto de una mañana de noviembre, con la claridad plana de los días sin sol.
Karl fue el primero en moverse. Sacó del bolsillo interior la libreta pequeña de tapa negra con los cantos quemados que un recadero le había dejado en la recepción del Saxe al amanecer, envuelta en papel de estraza junto a la nota de Sophia. La puso sobre el banco, a su lado.
—Le tengo que enseñar algo —dijo.
Vandermeulen miró la libreta.
—¿Qué es?
—La libreta de cuentas de un intermediario del Conde. Aloys Reichl. Apareció muerto anoche en el estudio de la mansión Vránský. —Karl la abrió por la primera página—. Lo que está escrito aquí es cifra. Yo reconozco el sistema.
Vandermeulen se inclinó para mirar.
—¿La reconoce por qué?
—Porque es la cifra que usa mi propio bufete desde hace décadas.
Schneider & Preuss, Berlín. —Karl no levantó la voz, pero la expresión se le puso tensa por primera vez desde que Gabriel había llegado del altar—.
Alguien en el bufete, en algún punto entre 1850 y ahora, le dio o le vendió o le filtró a los intermediarios del Conde el sistema criptográfico interno del despacho.
Eso significa que durante treinta años como mínimo, lo que mis socios creían que eran cartas seguras podía ser leído por terceros.
Y significa también que Reichl no era un intermediario genérico.
Era alguien con acceso privilegiado a la correspondencia interna de la firma de abogados del Imperio que redactaba los contratos del Conde.
Vandermeulen asimiló la información sin mover un músculo.
—¿Ha conseguido descifrar algo?
—Las primeras tres páginas. El resto lleva una clave distinta que no reconozco: quizá una cifra posterior, añadida sobre la base común del bufete.
Las tres primeras son fechas, iniciales, cantidades.
La entrada más reciente es del dieciséis de octubre.
Dice: 18/XI, confirmación Centinela, pago final a R.
450 florines . R. es Reichl. El 18 de noviembre fue anoche.
El pago estaba previsto para después de que el Centinela quedara confirmado en su función definitiva.
Sophia, que había escuchado sin interrumpir, habló.
—Frederick iba a morir anoche para el Conde. De forma natural, como consecuencia del avance del proceso. Reichl tenía que confirmarlo y cobrar. —Miró la libreta—. Pero Frederick no murió para el Conde. Murió por decisión nuestra. Y Reichl murió antes de poder confirmar nada.
Vandermeulen asintió despacio.