Capítulo 65
Gabriel salió de la sacristía con la sotana limpia, la estola blanca de las misas ordinarias colgando recta sobre el pecho, y la hostia grande de trigo entre los dedos.
La iglesia a las siete de la mañana de un viernes de noviembre tenía once feligreses.
Gabriel los contó sin quererlo al salir por el lado del altar.
Once personas dispersas en la nave, envueltas en sus propios abrigos y sus propios humos de aliento: la señora Havlíčková en el tercer banco a la derecha, con el velo negro que no se había quitado desde marzo; el viejo Krátký, cerrajero durante sesenta años, que venía a misa porque ya no sabía qué hacer con las siete de la mañana; dos mujeres jóvenes del barrio de la calle Nebovidská que trabajaban en la tintorería y que venían antes del turno; el panadero Hospodka, con harina en la barba todavía; y seis más que Gabriel conocía de vista pero no por nombre, distribuidos por la nave con esa geometría azarosa de las misas de entre semana.
En el tercer banco a la izquierda, contando desde el fondo, había tres personas que Gabriel no había visto nunca antes.
Un hombre de unos cuarenta años con gabán oscuro y bufanda subida hasta el mentón, el cuello alto del abrigo tapando la parte baja de la cara.
Una mujer joven con la cabeza cubierta por un pañuelo negro y los hombros ocultos en un abrigo masculino que le quedaba grande.
Al lado de ella, pegado contra la pared para ocupar menos espacio, un hombre mayor con barba corta y las dos manos apoyadas en un pañuelo doblado sobre el regazo, como si estuviera enjugándose algo que no había terminado de llorar.
Eran Karl, Sophia y, contra toda expectativa, un hombre que Gabriel no reconocía y que tardó dos segundos en decidir que no conocía, aunque algo en la postura le hizo detenerse un momento ante el altar con la hostia a media altura.
Había visto esa forma de sentarse en alguna otra parte.
No conseguía situarla. Era una de esas familiaridades sin dirección que ocurren a veces en una iglesia llena, con un extraño cuya manera de existir en el banco recuerda a otro que ya no está.
Gabriel archivó la coincidencia sin resolverla.
Dejó la hostia en la patena.
Miró una segunda vez.
Eran tres personas distintas a las del resto de la nave.
El hombre mayor, con pañuelo doblado sobre el regazo, tenía los hombros recogidos y las dos manos apoyadas con un gesto medido, como el de quien está velando a alguien sin quererlo admitir.
Gabriel no sabía a quién le recordaba. Sabía solo que le recordaba a alguien.
Decidió, porque la misa debía continuar, que era coincidencia de postura y nada más.
Empezó la misa.
No consagró.
Nadie en la iglesia lo notó, excepto él.
Pronunció las palabras en el orden correcto, con la entonación que había usado durante veinte años en las misas ordinarias del rito latino, con la pausa exacta entre hoc est y enim corpus meum .
Los feligreses inclinaron la cabeza cuando tenían que inclinarla.
El monaguillo sustituto —un chico de trece años que Jan le había conseguido para esta misa porque Jan estaba en la curia con la carta— tocó la campanilla en los dos momentos en que correspondía tocarla.
La sacristía, vacía detrás del altar, devolvió los ecos con la acústica de siempre.
Pero la hostia no se transformó.
Gabriel lo supo en el momento exacto en que sus labios terminaron de decir meum y levantaron el disco de trigo sobre la cabeza inclinada.
Había esperado sentir algo: un vacío interior, una náusea, el colapso físico que los manuales de teología mística describían para los sacerdotes en estado de pecado mortal que intentaban consagrar.
No sintió nada. La hostia pesaba lo mismo que antes.
La luz de la lámpara del sagrario seguía encendida.
El monaguillo seguía arrodillado a su lado, con la cara vuelta hacia el altar en la actitud reverente que Jan le habría enseñado una hora antes de la misa.
La Eucaristía no estaba ahí.
Los once feligreses iban a recibir pan. No cuerpo.
Gabriel sostuvo la hostia a la altura correcta durante los tres segundos canónicos.
La bajó a la patena. Bendijo el cáliz con el mismo gesto.
Pronunció las palabras sobre el vino. El vino siguió siendo vino.
Todo el aparato ceremonial funcionaba con la precisión de una maquinaria que no sabía que había dejado de estar conectada a la corriente.
Los gestos externos continuaban. El contenido interno había sido anulado dos horas después de la medianoche, en un vestíbulo de Hradčany, por decisión del propio Gabriel.
Siguió la misa hasta el final.
En el momento de la comunión, los once feligreses se acercaron al reclinatorio.
Gabriel los comulgó uno por uno. La señora Havlíčková abrió la boca con la confianza de los cuarenta años que llevaba recibiendo el pan consagrado de los párrocos de San Nicolás.
Gabriel le puso en la lengua un trozo de pan sin consagrar, con la misma suavidad con que le había puesto el pan consagrado todos los viernes desde marzo.
La señora Havlíčková cerró los ojos. Gabriel esperó los tres segundos que esperaba siempre antes de pasar al siguiente feligrés, no porque lo requiriera el rito: su padre, párroco de Plzeň antes que él, le había enseñado que a los viejos que comulgaban por costumbre había que concederles el tiempo extra que ya no sabían pedir.
Pasó al viejo Krátký. Lo comulgó.
Pasó al panadero Hospodka. Lo comulgó.
Al llegar al tercer banco de la izquierda, se encontró mirando la cara del hombre mayor del pañuelo doblado.
El hombre sacó la lengua con la misma lentitud respetuosa que habría usado en cualquier otra misa del rito latino, y Gabriel le puso el pan en la boca sin que la mano le temblara.
El hombre cerró los ojos. Los tres segundos. Gabriel pasó al siguiente.
Karl no comulgó. No era católico. Sophia tampoco se acercó, porque ella y Gabriel habían decidido por señas, durante los primeros minutos de la misa, que Sophia se quedaría en el banco.
Pero el hombre del pañuelo doblado sí comulgó.
Cuando Gabriel terminó de distribuir los once panes, volvió al altar.
Consumió el vino que no era sangre y la última partícula de pan que no era cuerpo, con la disciplina del sacerdote que cierra un rito igual que lo ha cerrado mil veces, porque la disciplina es lo último que queda cuando la eficacia se ha ido.
Dijo la bendición final.
Dijo ite missa est .
Los feligreses se persignaron y empezaron a salir.
Gabriel esperó en el altar mientras la iglesia se vaciaba.
Aparentó recoger los vasos sagrados con la calma del ministro que va a limpiar la sacristía antes del desayuno.
El monaguillo de trece años le ayudó con el cáliz y la patena.
Gabriel le dio las gracias en checo, le puso una mano en la coronilla —un gesto que había hecho sin pensarlo quinientas veces en veinte años—, y le dijo que podía irse a casa a desayunar, que él cerraría solo.
El chico se fue.
La iglesia se quedó en silencio. Sólo quedaban los tres del tercer banco.
Gabriel dejó los vasos sobre la credencia. Bajó los tres peldaños del altar. Caminó por el pasillo central con la sotana rozando los adoquines, hasta llegar al tercer banco de la izquierda. Se detuvo al llegar.
Karl se había quitado la bufanda. Sophia tenía las dos manos sobre el libro de oraciones que había cogido de la entrada para disimular. El hombre del pañuelo doblado no levantó la vista.
—¿Quién es? —preguntó Gabriel, en voz muy baja, a Sophia, en checo.
Sophia tardó un segundo.
—No lo sé —dijo—. Estaba ya sentado cuando llegué. En este mismo banco. Y no se ha movido.
Karl confirmó en alemán, también bajo.
—Llegué tres minutos después de ella. Él ya estaba aquí. Pensé que era un parroquiano.
Gabriel miró al hombre del pañuelo doblado.
El hombre levantó entonces la cara.
Tenía los ojos azules muy claros, con la palidez transparente de los que han vivido más de setenta años y han leído demasiado de cerca durante demasiados de ellos.
La barba era corta, blanca, recortada con la precisión del que se afeita solo.
El abrigo que llevaba no era de Praga: el corte era holandés o quizás belga, con el cuello de terciopelo desgastado en los dobleces.
En el regazo, el pañuelo doblado ocultaba algo que tenía forma rectangular y pequeña, quizá un cuaderno.
Habló en latín.
—Pater Novotný. Veniam peto quod sine invitatione adveni.
Gabriel se quedó inmóvil dos segundos. El hombre del banco hablaba latín litúrgico con acento del norte —flamenco, quizás—, con la cadencia del que lo usa como lengua de correspondencia, no de rezo.
— ¿Quis es? —preguntó Gabriel.
El hombre sonrió con la mitad de la cara, el tipo de sonrisa que hacen los ancianos cuando reconocen que están interrumpiendo algo que es de otros.
—Mi nombre no importa todavía, padre. Pero llevo casi una semana de viaje desde Ámsterdam —con una parada en Breslau que no pude evitar, porque tenía allí dos casos antiguos que verificar— y llegué a Praga anoche a las once y media.
No conseguí encontrarlo a tiempo. Después vi el humo de Hradčany desde el puente.
—Hizo una pausa—. Le pido disculpas por la intromisión.
Hay una cosa que usted y yo debemos hablar antes de que usted se vaya de Praga. Porque se va, ¿no es así?
Gabriel no respondió. Karl y Sophia se habían quedado petrificados en sus lugares del banco.
El hombre continuó, bajando más la voz, en un alemán esta vez con acento holandés claro.