Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 64 #3
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Capítulo 64 #3

—No me dé las gracias, slečna —⁠dijo⁠—. Yo no he venido aquí por usted.

He venido porque Vodička me dijo que esto era importante y Vodička nunca me ha mentido en quince años.

Pero que quede claro que esto es un favor único.

Si la próxima vez que haya un cadáver aparece en circunstancias parecidas, yo no voy a volver a esta sacristía.

—Entendido.

Horák miró el bulto de tela de saco que Vodička había dejado sobre la mesa.

—Eso se lo deja a usted Vodička. Son cosas que estaban en el escritorio del estudio del ala oeste. Las recogió él antes de que llegara el resto del destacamento. Yo no las he visto.

Salió sin despedirse.

Vodička se quedó un segundo más.

— Slečna —⁠dijo, con la voz baja del hombre que ha estado aguantando algo durante una hora⁠—.

Hay una cosa que no le he dicho al inspector porque no era asunto suyo.

—⁠Miró el bulto⁠—. Cuando entré en el estudio, antes de encontrar al hombre muerto, el cajón inferior del escritorio estaba abierto.

Alguien lo había forzado. La cerradura estaba rota.

Pero la parte interior del cajón, la madera del fondo donde estaba clavado lo que se suponía que tenía que encontrar, estaba intacta.

El clavo seguía ahí. Lo que hubiera colgado del clavo ya no colgaba.

Pero no por haber sido arrancado. Por haber sido retirado antes, con cuidado, por otra mano distinta.

Sophia no dijo nada.

—Pensé que debía saberlo —⁠dijo Vodička⁠—. Porque significa que alguien retiró eso antes que el asesino, sin prisa y sabiendo dónde buscar.

—Gracias, sargento.

—Sí, slečna .

Vodička salió.

Sophia se quedó sola con el bulto de tela de saco y la llave de Frederick y el De Daemonibus sobre la mesa.

Desenvolvió el bulto.

Dentro había dos cosas, algo chamuscadas pero reconocibles: un sobre grueso de cuero atado con cinta negra que contenía según el reverso Correspondencia familiar privada 1874–1880 , y una miniatura pintada al óleo de mujer joven, del tamaño de la palma de la mano, con un marco ovalado de metal dorado.

Sophia cogió la miniatura.

Era su madre.

La había visto dos veces en su vida, en dos fotografías que su padre guardaba en Viena.

Pero esta era un retrato al óleo hecho en vida, quizá antes de que Sophia naciera, por un pintor que había sabido captar en los ojos de la mujer joven algo que ninguna fotografía de los años ochenta sabía ya captar.

Era un objeto que Frederick había tenido en su estudio durante veintidós años sin que nadie de la familia de Viena supiera que existía.

Sophia la miró durante un tiempo largo.

Después la envolvió de nuevo en la tela de saco, junto con los otros objetos, y lo guardó todo en el cajón del armario litúrgico donde habían estado las seis hojas de papel hueso.

Se sentó.

Eran las cinco y cuarenta. Quedaban casi dos horas para que amaneciera del todo. La misa de siete empezaba en una hora y veinte minutos. Sophia había dicho a Gabriel que la vería en la iglesia. Quería cumplirlo.

Pero antes de eso tenía que escribir una segunda carta.

Sacó la pluma del tintero. Cogió otra de las hojas de papel hueso del armario. Empezó.

Karl:

Han matado a Reichl esta noche en el estudio de mi tío.

No sabemos quién. No sabemos por qué. Vodička dice que alguien forzó el cajón del escritorio buscando lo que ya no estaba ahí, y que no era Reichl quien lo forzó.

Le adjunto la libreta de cuentas que la Gendarmería encontró junto al cuerpo.

Está en cifra. Mírela antes de venir y llévela encima.

Esto significa que los guantes grises han dejado de ser un aparato unificado. Hay al menos dos facciones actuando sobre el rastro Vránský, y una de ellas mató a la otra esta noche antes de escapar con menos información de la que había venido a buscar.

Reúnase conmigo en la iglesia después de la misa de siete. No en la sacristía. En la nave, en el tercer banco a la izquierda. Lleve guantes y cuello alto. No hable al entrar.

S.

Dobló la carta en cuatro. La metió en un sobre sin sellar.

Escribió en el anverso: Para K. W., Hotel Saxe, habitación 402.

Urgente. Después envolvió la libreta negra en papel de estraza y ató el paquete con cordel.

Llevarla encima era llevar encima lo único que el asesino de Reichl había venido a buscar; en el bolsillo de un recadero que no sabía lo que cargaba, la libreta era invisible.

Abrió la puerta de la sacristía, miró el patio lateral empapado por la lluvia que había parado y vuelto a empezar, y buscó con la vista al primer farolero que pasara por la calle.

En veinte minutos encontró uno. Le dio veinte krejcary y la carta, el paquete plano y la dirección.

El farolero la miró dos segundos —⁠el tiempo exacto que tarda un empleado nocturno de Malá Strana en decidir que lo que le piden no es asunto suyo⁠— y se guardó las dos cosas en el bolsillo interior del chaleco.

Cruzaría el puente en veinte minutos y las dejaría en recepción del Saxe antes de las seis y media.

Sophia volvió a la sacristía.

Cerró la puerta.

Se sentó frente al De Daemonibus , que seguía sobre la mesa, cerrado.

Por primera vez en toda la noche, abrió el libro.