Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 64 #2
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Capítulo 64 #2

Fue a la puerta. No la abrió de inmediato. Escuchó.

—Sacristía —⁠dijo una voz baja en checo, del otro lado⁠—. Vodička. Venga a abrir.

Sophia abrió.

Vodička estaba en el umbral, calado hasta los huesos, con el capote gris de la Gendarmería puesto encima del uniforme de faena y las manos sosteniendo un bulto pequeño envuelto en tela de saco.

Detrás de él, a tres pasos, había otro hombre que Sophia no conocía.

Bajo. Moreno. Sin uniforme: abrigo oscuro de paisano, sombrero de fieltro en la mano, un porte que sin embargo la Gendarmería reconocía como propio a primera vista. Un inspector.

— Slečna Vránský —⁠dijo Vodička.

—¿Dónde está Wagner? —⁠preguntó el inspector, sin presentarse, con la voz del hombre que no ha venido a hacer cumplidos.

—En el Hotel Saxe.

—¿Y Schwartz?

—En su casa de la calle Dlouhá.

—¿Novotný?

—En la rectoría.

El gendarme miró a Vodička.

—Entramos.

Entraron los dos. El inspector cerró la puerta detrás de sí con el empeine de la bota, sin usar las manos, porque las tenía ocupadas con una cartera de cuero reglamentaria.

Vodička dejó el bulto de tela de saco sobre la mesa de la sacristía, junto a la llave de Frederick que Sophia había dejado ahí desde las doce.

—¿Quién es usted? —⁠preguntó Sophia.

El hombre la miró.

—Inspector Horák, Gendarmería Imperial y Real, oficina de investigaciones de Hradčany. Amigo del sargento. —⁠Abrió la cartera⁠—. Tenemos cuarenta minutos antes de que llegue mi sustituto a preguntar por qué no estoy en la mansión Vránský. Usted y yo vamos a hablar deprisa.

Sophia asintió.

Horák sacó de la cartera tres objetos. Los puso sobre la mesa, al lado del bulto de Vodička.

El primero era una libreta pequeña, de tapa negra, con los cantos quemados por los bordes.

El segundo era un guante de piel de cabritilla, gris, de hombre, con el dedo índice de la mano derecha medio calcinado.

El tercero era un trozo de papel de carta con membrete impreso. El membrete decía A. Reichl, Agente de Asuntos Centroeuropeos, Viena . El papel estaba medio quemado. Lo que quedaba tenía escrito, con letra apretada y muy regular, una sola línea legible:

Confirmar que la niña salga viva.

Sophia miró los tres objetos.

—¿Dónde encontraron esto?

—En el ala oeste de la mansión —⁠dijo Horák⁠—.

La planta baja. El ala oeste no ardió, o ardió solo en parte.

El fuego entró por la planta primera y bajó por el hueco de la escalera principal, pero el ala oeste tiene muros cortafuego del siglo XVII que contuvieron la propagación.

Llegamos a las cuatro menos cuarto. El incendio principal estaba controlado pero los rescoldos no.

Entré con cuatro hombres a hacer reconocimiento antes de que llegaran los inspectores del Ministerio.

—⁠Hizo una pausa⁠—. Había alguien en el ala oeste.

—¿Vivo?

—Herido. Dos heridas de arma blanca en el abdomen.

Una tercera en el cuello. El hombre ya estaba muerto cuando lo encontramos, pero había muerto hacía poco.

Media hora. Quizás una. No había llegado a arder; había intentado, parece, llegar a la puerta del despacho del ala oeste, y no lo había conseguido. Cayó a tres metros de la puerta.

—¿Cómo era?

—Cuarenta años. Bajo. Moreno. Cara cuadrada. Ropa de viaje cara, de sastrería vienesa, con los bolsillos vaciados por quien lo mató. Los objetos que ve sobre la mesa estaban en el suelo alrededor del cuerpo. El asesino no tuvo tiempo de recogerlos antes de huir, o no los consideró importantes.

Sophia miró el guante gris.

—¿Un solo guante?

—Un solo guante. El otro debió llevárselo el asesino por error, o quizás a propósito. No lo encontramos.

Sophia cogió la libreta negra con la punta de los dedos.

La abrió. Las páginas estaban en blanco excepto las tres primeras.

Lo que había escrito ahí estaba en un sistema de cifra que Sophia no reconoció, pero el encabezamiento de cada entrada seguía un patrón que sí reconocía: fechas, iniciales, cantidades. Era una libreta de cuentas.

—Vodička me dijo que esto es cosa de ustedes —⁠dijo Horák⁠—.

Yo no he preguntado qué. No quiero saber.

Lo que necesito es que me diga si reconoce el nombre del membrete del papel, porque si lo reconoce, la muerte de este hombre deja de ser asunto mío y pasa a ser asunto de alguien más alto que yo en la cadena de mando.

Si no lo reconoce, declaro un asesinato por robo, cierro el expediente en cuarenta y ocho horas, y los cuatro de ustedes siguen sin aparecer en ningún papel.

Sophia miró el papel.

A. Reichl, Agente de Asuntos Centroeuropeos, Viena.

Reconocía el nombre. Estaba en la carta que había leído tres horas antes.

Su padre lo había identificado en el verano de 1879 como el intermediario que había visitado Viena para renegociar una cláusula del contrato de custodia.

La carta del padre mencionaba a Aloys Reichl por nombre completo.

Y describía su rostro: cuarenta años, bajo, moreno, cara cuadrada.

El hombre muerto en el ala oeste de la mansión Vránský era el intermediario del Conde.

Sophia sostuvo el papel en la mano cinco segundos más de los necesarios antes de devolverlo a la mesa.

—No lo reconozco —⁠dijo.

Horák la miró sin parpadear.

—¿Segura?

—Segura.

Horák la miró un momento más. Después asintió una sola vez, recogió el papel y el guante, los metió de nuevo en la cartera reglamentaria, y cerró la hebilla. La libreta negra la dejó donde estaba, a medio palmo de la mano de Sophia.

—Asesinato por robo —⁠dijo⁠—. Vagabundo del distrito de Smíchov que se cruzó con el propietario durante el incendio.

Caso cerrado en cuarenta y ocho horas, sin identificación del muerto.

El cuerpo lo entierra el municipio. Si alguien pregunta, la Gendarmería no tiene datos.

Y en un expediente de robo no cabe una libreta de cuentas en cifra.

Hágala desaparecer usted, que sabrá dónde.

—Gracias, inspector —⁠dijo Sophia.

Horák se ajustó el cuello del abrigo.