Capítulo 64
La carta de Sophia ocupó dos hojas.
No escribió deprisa. Cada frase salía de una pausa previa, con la atención con que se redacta un contrato del que uno es a la vez la parte y el abogado.
La pluma no raspaba: Sophia la sostenía en el ángulo exacto que su padre le había enseñado a los nueve años para que la tinta corriera sin salpicar.
Era un detalle doméstico que se mantenía en pie aunque todo lo demás alrededor se hubiera caído.
No escribió para usted . No escribió señor . El encabezamiento que había puesto al principio seguía siendo el único tratamiento:
Debajo, en el cuerpo de la carta, lo trataba como a un contratante cuyo nombre administrativo había dejado de importar y cuyo nombre verdadero ella había decidido no pronunciar todavía. En la segunda hoja, al final, escribió dos líneas que hizo con letra un grado más pequeña que el resto:
Mi padre supo más de lo que usted creyó que sabía. Y yo sé más de lo que mi padre llegó a poner por escrito. Lo formalizaré cuando corresponda.
Mientras tanto, quiero que sepa que se fue de Praga sin llevarse conmigo lo que venía a llevarse.
Firmó con iniciales. S. V.
Dobló la carta en tres. La metió en un sobre simple, sin sellar.
Escribió en el anverso, con la misma letra pequeña de las dos últimas líneas, una sola palabra: Bistritz .
No había dirección. No había destinatario.
Sophia no pensaba enviar la carta. La carta era para ella, no para él.
La iba a guardar junto con la del padre, en el bolsillo interior del abrigo, y la iba a llevar encima durante los años que hicieran falta hasta que tuviera sentido hacer con ella lo que tuviera que hacerse.
Cuando terminó, se quedó un momento con las dos cartas juntas sobre la mesa, la del padre y la suya, dos pliegos de papel diferentes —uno viejo, uno nuevo— con el sello roto del primero y el sobre sin sellar del segundo, reflejándose en la madera oscura bajo la luz amarilla de la lámpara de gas.
Eran documentos complementarios. El lector de la carta del padre, si alguna vez había alguno, tenía que leer también la suya. Lo que ella había escrito no tenía sentido sin lo que leyó. Y lo leído, sin lo que ella escribió, quedaba incompleto.
Guardó las dos cartas en el bolsillo interior del abrigo.
Se levantó.
Apagó la lámpara de gas con el ritual exacto de Gabriel: cerrar la llave, esperar dos segundos a que la llama se consumiera sola, verificar que no quedaba rescoldo.
La sacristía se quedó en oscuridad. Desde la ventana alta llegaba la luz mínima de una farola de la plaza, filtrándose en un ángulo que Sophia había aprendido a utilizar para moverse sin tropezar.
Fue al armario litúrgico. Abrió el cajón del fondo, donde Gabriel había dejado el De Daemonibus . Sacó el libro. Lo sostuvo un momento.
Pesaba más de lo que recordaba.
Volvió a la mesa en la oscuridad. Dejó el libro ahí. No lo abrió. Solo quería tenerlo cerca durante los minutos que le quedaban en la sacristía, porque era la única cosa física en la habitación que sabía más que ella de lo que había pasado esa noche.
Se sentó.
Esperó.
* * *
RECTORÍA DE SAN NICOLÁS — MALÁ STRANA. 04:15 h.
Gabriel no durmió.
Se sentó en el sillón de respaldo duro del pequeño despacho anexo a su dormitorio, con la lámpara de aceite encendida y una hoja de papel en blanco sobre las rodillas.
Llevaba veinte años usando ese sillón para preparar las homilías del domingo.
Era el único mueble de la rectoría que había elegido él mismo, en un mercado de segunda mano en Malá Strana, dos años después de llegar a San Nicolás.
La tapicería estaba gastada en los brazos.
El relleno cedía en el centro del asiento con una forma exacta a la suya.
No había escrito la homilía de esta semana. No la iba a escribir.
Lo que había sobre sus rodillas era otra cosa.
Jan:
Empezó así, sin título ni membrete. Escribió durante veinticinco minutos.
La carta no explicaba. No justificaba: enumeraba los asuntos prácticos de la parroquia que tenían que continuar sin él, ordenados por urgencia.
La comunión a domicilio de la señora Havlíčková los viernes.
El registro bautismal del año, con dieciséis entradas pendientes de cerrar antes de fin de año.
El carbón impagado al carbonero Šíma desde octubre.
Y, en el cajón inferior del armario litúrgico, detrás de los cálices, una cajita con sesenta florines en plata para la nueva capa del Niño Jesús de Praga, con dos cuotas por pagar antes de la procesión de Semana Santa.
Gabriel escribió todo eso con la tranquilidad del sacerdote que ordena una parroquia que no va a volver a ver.
Cuando terminó con los asuntos administrativos, dejó la pluma un momento.
Miró la pared del despacho. Había un crucifijo pequeño de madera oscura.
Lo había traído desde su casa paterna en Plzeň, cuando tomó los hábitos.
Llevaba cuarenta años colgando en paredes distintas.
Mojó la pluma otra vez.
Jan: todo lo anterior es la parroquia. Lo que sigue no lo es.
Esta mañana, después de la misa de siete, voy a recoger mi abrigo y voy a salir por la puerta lateral de la sacristía.
No voy a volver. La diócesis tardará una semana en saberlo y dos más en reaccionar.
Durante esas tres semanas, tú eres el sacristán en funciones.
No el párroco. Eso lo decidirá el Monseñor.
Pero el día a día es tuyo. Confío en ti para eso.
No me busques. No preguntes. Si alguien pregunta por mí, no sabes nada. Esta es la instrucción más importante de la carta, y la única que te pido que cumplas sin pedir razones.
Si en algún momento, dentro de muchos años, llega a esta sacristía un hombre o una mujer con preguntas que parezcan extrañas y que mencionen el nombre de Novotný, entrégale el sobre que te voy a dejar cerrado en el cajón central del escritorio.
El sobre se llama Carta Segunda. No lo abras.
No preguntes qué contiene. Decide tú si la persona que pregunta merece el sobre. Tú lo sabrás.
Gracias por seis años.
Gabriel.
Firmó. Dobló la carta. La metió en un sobre y lo cerró con un sello de cera que no llevaba marca parroquial —lacre liso, sin escudo— y lo dejó sobre el escritorio del despacho.
A las cuatro y cuarenta y uno, la llama de la lámpara se inclinó.
No la llama entera: el penacho, el tercio de arriba, doblado hacia la ventana del patio con la fijeza de una aguja imantada. El aceite siguió subiendo por la mecha al ritmo de siempre. Gabriel lo vio por el borde del ojo, sin levantar la cabeza, y anotó la hora en el margen del papel secante: 4:41.
Afuera seguía lloviendo. Pero el tramo de lluvia que caía justo delante de la ventana sonaba distinto: amortiguado, espeso, el sonido del agua atravesando algo en su camino hacia las losas del patio.
Gabriel no se levantó. Veinte años de confesionario le habían enseñado de dónde se saca la calma en esas horas: del protocolo. Lo que espera al otro lado de un cristal se alimenta de las pausas. Mantuvo la pluma en la mano, la respiración en su sitio, los ojos en el papel.
A las cuatro y cuarenta y cinco, la llama se enderezó. La lluvia de la ventana volvió a sonar a lluvia.
Gabriel anotó la segunda cifra junto a la primera y las encerró en un paréntesis: (4:41–4:45). Cuatro minutos. La duración de un responso.
Después sacó una segunda hoja en blanco.
La Carta Segunda la escribió más despacio.
No eran instrucciones parroquiales. Era un resumen, en cinco párrafos, de lo que Gabriel Novotný había entendido sobre el Conde Drácula y sobre el contrato de 1442 y sobre la naturaleza de la custodia Vránský y sobre el signum inversum .
Escribió como Karl habría escrito: sin adjetivos, sin énfasis, con la precisión de un acta.
Nombró a las cuatro ciudades custodia —Viena, Cracovia, Budapest, Praga— y dio la fecha de cada contrato.
Describió los síntomas que un observador podía usar para identificar a un Centinela.
Mencionó el grabado del libro de Ignaz con los dos corazones.
Citó el pasaje completo del signum contactus en latín y en traducción. Terminó con una nota final:
Si está usted leyendo esto, significa que alguien ha regresado al rastro que dejamos en el invierno de 1880.
Lo dejamos a propósito. No tiene obligación de hacer nada con lo que aquí dice.
Pero sepa que lo que aquí dice es exacto, y que el hombre que firmó el contrato sigue vivo en algún sentido, y que su intermediario administrativo se llama Aloys Reichl, o al menos así se hacía llamar cuando firmó documentos en Berlín en 1880.
Si necesita ayuda, busque en Ámsterdam a los médicos que estudian las anemias de etiología desconocida. Ellos saben nombrar parte de lo que nosotros no supimos nombrar del todo.
Gabriel Novotný, antiguo párroco de San Nicolás.
Cerró la Carta Segunda con el mismo lacre liso. Escribió en el anverso: Carta Segunda. Entregar solo a persona que pregunte con conocimiento.
La metió en el cajón central del escritorio.
Se quedó sentado un minuto más.
Después se levantó, se puso la sotana seca que había sacado del armario, cogió la bolsa de cuero con la estola de viaje y el recipiente de agua bendita, y salió de la rectoría por el pasillo que llevaba a la iglesia.
La misa de siete era en menos de tres horas.
Todavía tenía tiempo para hacerla bien.
* * *
SACRISTÍA DE SAN NICOLÁS — 05:10 h.
Sophia oyó los pasos antes de oír los golpes.
Dos personas. Pesadas. Botas de cuero militar sobre la piedra del patio lateral, con la cadencia irregular de dos personas que cargan algo que les pesa más de un lado que del otro. Se detuvieron ante la puerta del sacristán.
Dos golpes cortos, espaciados con el ritmo exacto del código que Gabriel y el sargento Vodička habían usado durante la noche del quince, cuando Vodička había llegado por primera vez a San Nicolás con información sobre la mansión Vránský.
Sophia se levantó.