Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 63 #3
81%

Capítulo 63 #3

Erik había vuelto al piso a las ocho y media, después de dejar la carta del Decano en la oficina de correos de Havelská y de tomar un café rápido en el local de la esquina de Celetná.

Cuando el inspector llamó a la puerta, Erik estaba en el despacho revisando la carta de Dittl sobre la conferencia de enero, que era la única actividad profesional que un médico en su situación habría tenido cualquier otra mañana.

Abrió.

—Doctor Schwartz.

—Señor.

—Inspector Beneš, Gendarmería Imperial y Real, división Ciudad Vieja. ¿Le incomodo?

—En absoluto. Pase.

Erik le condujo al salón. Beneš era un hombre de cuarenta años, con bigote bien recortado, uniforme de paisano, y la cortesía medida de los inspectores que hacen las preguntas difíciles con sonrisa de dentista.

Le ofreció un café. Beneš aceptó.

Lo hicieron sentarse. Erik trajo el café desde la cocina. Se sentó enfrente.

—Usted ha sabido lo de la Mansión Vránský —⁠dijo Beneš, sin preámbulo.

—Esta mañana. Me avisó mi portero.

—¿Conocía al barón?

—Lo fui tratando durante seis meses hace tres años. De migrañas frecuentes y de un cuadro de insomnio. Después pasó al doctor Rebeck, que es quien lleva las familias de Hradčany. No he vuelto a verle en persona desde agosto de setenta y siete.

—¿Y a la sobrina?

—No la he visto nunca. Sabía de su existencia por alguna referencia del barón hace años. Tengo entendido que llegó a Praga este otoño, desde Viena.

Beneš asintió con lentitud.

—Doctor. Hay una cosa que nos tiene perplejos.

En el ala oeste, que no ardió entera, encontramos a un hombre muerto.

Lo hemos registrado como víctima de robo en el caos del incendio.

Pero durante la identificación preliminar, uno de mis subordinados encontró en el bolsillo interior del chaleco del fallecido una tarjeta de presentación.

Y en la tarjeta, escrito con lápiz en el reverso, constaba su nombre, doctor.

Erik levantó las cejas el grado exacto.

—¿Mi nombre?

—Doctor Erik Schwartz, calle Dlouhá veintitrés. Con la anotación consultar urgente .

Erik bajó la mirada a su propio café. La sostuvo tres segundos. Era el tiempo que llevaba un médico que ha recibido una información inesperada en establecer la relación posible entre esa información y un paciente antiguo.

—¿Puedo ver la tarjeta?

Beneš sacó de la cartera una hoja pequeña, con la marca de haber sido sacada de un bolsillo, y se la pasó a Erik.

Erik la cogió con dos dedos, por el borde, como había aprendido a tomar pruebas veinte años atrás en las clases de medicina legal.

Era una tarjeta comercial corriente, con el nombre Aloys Reichl, Agente de Asuntos Centroeuropeos, Viena , impresa en tipografía sobria. En el reverso, a lápiz, con letra rápida: Dr. Erik Schwartz⁠ — Dlouhá 23⁠ — consultar urgente .

Erik la miró un buen rato.

Después se la devolvió a Beneš.

—No conozco a este hombre.

—¿Está seguro?

—Nunca he oído el nombre. Reichl, Aloys… no. No aparece en mi registro de pacientes ni en mi correspondencia profesional. Si me pidió consulta, lo hizo sin haberlo formalizado antes conmigo.

—La tarjeta indicaba que iba a buscarle.

—Quizás iba a buscarme —⁠dijo Erik, en tono neutro, ofreciendo una hipótesis sin casarse con ella⁠—.

No llegó. Quizás buscaba una segunda opinión sobre una dolencia que no le habían sabido resolver antes.

La gente de Viena a veces viene a Praga creyendo que nuestros médicos ven cosas que los suyos no ven.

Casi nunca es cierto, pero es un desplazamiento frecuente.

Si ése fue el motivo, y si murió la misma noche en que había planeado venir a consulta, es una desgracia que añade peso a la desgracia.

Beneš lo miró.

—Doctor Schwartz —⁠dijo⁠—. ¿Le importaría explicarme por qué un hombre que planeaba consultarle iba a estar anoche en el ala oeste de la Mansión Vránský, que lleva dos semanas en cuarentena de visitas por orden del propio barón?

Erik sostuvo la mirada de Beneš sin apartar los ojos.

—No puedo explicárselo. No le conocía. No sé qué hacía allí. Mi única conexión con este hombre es una tarjeta que él escribió en algún momento antes de morir y que usted acaba de mostrarme. No le vi ayer. No le vi anteayer. No le he visto nunca.

Beneš mantuvo la mirada durante cuatro o cinco segundos más.

Después asintió una vez y guardó la tarjeta.

—Le agradezco el café, doctor.

—De nada.

—Si recuerda algo que pueda resultar útil, estaré en la comisaría de Celetná durante el resto de la semana. Después iré volando bajo mientras el expediente se cierra en el Ministerio.

—Entendido, inspector.

Beneš se levantó. Se puso el abrigo. En la puerta, se volvió un instante.

—Una última cosa. El doctor Rebeck, del que mencionó que se hizo cargo de la familia Vránský desde setenta y siete.

—Sí.

—¿Sabe usted si Rebeck sigue teniendo consulta activa?

—Creo que sí. En Ostruhová.

—Gracias. Le haré la misma visita esta tarde.

Beneš salió.

Erik cerró la puerta.

Se quedó en el recibidor con la mano apoyada en la manilla durante diez segundos, sin moverse, hasta que oyó las pisadas del inspector bajar los dos tramos de escalera y la portera abrirle la puerta de la calle. Cuando el ruido se apagó, Erik fue al despacho.

Se sentó en el sillón. Apoyó los codos en el escritorio.

La frase que le había quitado el aliento era la última. Le haré la misma visita esta tarde.

Porque significaba que Rebeck, que había llevado a la familia Vránský durante los últimos tres años, había de ser interrogado por el mismo inspector. Y Rebeck, que no sabía nada de esto, era capaz de decir muchas cosas sin saber lo que decía.

Erik sacó la segunda carta del doble fondo del cajón del aparador. La de Vilém Kučera, en Viena. La miró un momento.

Después cogió una hoja nueva, mojó la pluma, y escribió una tercera carta, muy breve, al doctor Rebeck, calle Ostruhová, Malá Strana:

Querido Rebeck: hoy he sabido lo del incendio Vránský.

Me ha visitado el inspector Beneš con motivo de una tarjeta postal que apareció en el cuerpo del fallecido con mi nombre.

No conocía al muerto. Te informo porque, según me ha dicho Beneš, a ti te visitará esta tarde.

Me permito sugerirte discreción con cualquier detalle que recuerdes de los cuadros clínicos del barón durante estos últimos años.

No por culpa ni por ocultación. Por prudencia profesional, dada la forma en que está manejándose el expediente.

Un abrazo, Schwartz.

Lacró la carta. Se puso otra vez el abrigo. Bajó los dos tramos, salió a la calle, cogió un coche de punto que pasaba vacío por Celetná, y le dijo al cochero que le llevara a Ostruhová.

El coche arrancó bajo el cielo gris plano de la mañana de noviembre.

Erik miró por la ventanilla. La Ciudad Vieja despertaba en el ritmo de siempre: los barrenderos, los repartidores de leche, los primeros pasantes de oficio. Nadie en la calle sabía todavía lo que había ardido durante la noche en Hradčany. Los diarios de la mañana todavía no habían salido.

Contra el pecho, el sobre del señor de Vargas y Karlovo náměstí diecisiete seguían esperando.

Tendría que decidir antes del mediodía si iba.

Si iba, pasaba al otro lado.

Si no iba, no sabía qué pasaba al otro lado, y eso era también información, pero información que Erik no podía permitirse ignorar si pretendía volver a hacer medicina alguna vez.

El coche giró a la derecha en la plaza de Malostranské y empezó a subir Ostruhová.

Erik decidió en la subida.

Iba a ir.

Pero no antes de hablar con Rebeck.