Capítulo 63 #2
No has tenido noticias mías desde 1869. Lo sé. No voy a justificarlo aquí porque no corresponde y porque tú eres de los pocos hombres que entienden sin justificación. Te escribo porque necesito una consulta que solo tú puedes hacer.
Hace algún tiempo me he cruzado en mi trabajo con indicios de lo que en mis notas he llamado, a falta de término mejor, una lengua de servicio: un vocabulario interno utilizado por una casta administrativa cerrada, con raíces centroeuropeas, aportes eslavos y germánicos, y uso continuado durante varios siglos.
Las referencias me llegaron de segunda mano: mi ayudante, criado en los Cárpatos rutenos, conocía de oído palabras sueltas de ese vocabulario y las atribuía a los administradores de la casa señorial de su comarca.
Mi ayudante ha muerto. Yo no tengo acceso al corpus.
Pero creo que tú puedes saber si existe un estudio académico previo sobre este tipo de lengua, o en su defecto, sobre los mecanismos lingüísticos por los que una administración privada desarrolla un dialecto interno no documentado en filología pública.
No te puedo decir qué administración es. No te lo digo por discreción ni por drama. Te lo digo porque no lo sé todavía con el detalle que tú necesitarías. Lo sabré, si los próximos meses me lo permiten.
No esperes respuesta rápida de mi parte si me la envías. Pero escribe. Cualquier indicación bibliográfica, cualquier nombre de colega que haya trabajado en esta dirección, cualquier sospecha. Las sospechas de un filólogo son, en mi experiencia, más fiables que las certezas de muchos otros oficios.
Un abrazo, Erik.
P. D. Si tienes la amabilidad de responder, usa lista de correos de la oficina principal de Praga. Inicial E. No escribas a esta dirección.
Erik releyó la carta. La dejó secar.
Mientras la tinta se fijaba, fue a la habitación.
Abrió el cajón inferior de la cómoda. De debajo de dos camisas dobladas sacó un cuaderno de tapas negras, pequeño, gastado en los cantos.
Era el cuaderno de autopsias que Erik llevaba la noche del catorce al quince, el que tenía en el bolsillo interior de la levita cuando huyó por el callejón trasero del Hospital General bajo la lluvia.
Lo había recuperado intacto al vaciar los bolsillos en la pensión donde durmió esas horas, y lo había guardado en el cajón de la cómoda al volver a Dlouhá dos días después sin ser capaz de decidir qué hacer con él.
Lo sacó.
Lo abrió por la última entrada.
Era la autopsia de la mujer exanguinada del once de noviembre.
Las observaciones estaban escritas en dos caligrafías que alternaban sin patrón: la tinta negra y segura de Erik, dictando los hallazgos clínicos, y el lápiz de Franz, más rápido, más nervioso, anotando al dictado y añadiendo al margen, con una letra un grado más pequeña, las dudas que no se atrevía a decir en voz alta.
Sin sangre en el callejón . Marcas similares a las de la cocinera del trece de octubre .
El pecho tibio, todavía tibio, demasiado tibio .
Al final de la entrada, la letra de Erik cerraba con la fórmula de siempre: Exanguinación masiva.
Vasos colapsados. Corazón vacío . Y debajo, la letra de Franz, más pequeña, añadía una sola línea: dos marcas en el cuello, distancia dos centímetros, bordes idénticos.
Erik cerró el cuaderno.
Lo puso sobre la mesa del despacho.
Se quedó mirándolo un momento. Después cogió un clavo pequeño del cajón del escritorio y un martillo de relojero que guardaba en la misma caja.
Clavó el clavo en la pared del despacho, encima del escritorio, en el sitio donde hacía once años había colgado el diploma de la facultad antes de mudarlo al dormitorio.
Del clavo colgó el cuaderno por el lazo de cuero que unía la tapa al lomo, de modo que quedara a la altura de la vista de un médico sentado a escribir.
El cuaderno no hacía ruido. Un cuaderno no hace ruido colgado de una pared.
Pero contenía, en tinta y en lápiz, el último diálogo profesional de dos médicos que habían trabajado juntos durante cuatro años: el intervalo entre una pregunta hecha a lápiz y una respuesta que ya nadie iba a poder escribir.
Erik se sentó.
Sacó el reloj de bolsillo del chaleco. Lo abrió por detrás.
Le dio cuerda. Ajustó la hora a las cuatro menos diez mirando el reloj de pared del salón, que llevaba en el piso desde antes de Franz y que seguiría ahí después.
A partir de este momento, el reloj de pared del salón marcaba la hora del piso, y el reloj de bolsillo de Erik marcaba la hora de Erik.
Los once minutos que Erik había cronometrado en el muelle cuatro eran, ahora, un dato que podía localizarse en dos sistemas distintos.
El reloj del salón los había oído desde la distancia, sin saberlo.
El de bolsillo los había medido en carne.
Metió las dos cartas en sobres separados. La del Decano, con sobre lacrado y el sello del apellido Schwartz. La de Kučera, sin lacrar, con sobre normal.
Se quedó mirando el sobre de Kučera un momento.
Después lo metió, junto con la carta del visitante sin firma, en el doble fondo del tercer cajón del aparador del salón, el mismo lugar donde había estado el cuaderno de cálculos del plan. El sobre del Decano lo dejó encima del escritorio, visible, a la espera de ser enviado a primera hora.
Fue la parte más técnica de la operación. Lo que Sophia había llamado construir la coartada .
Después se levantó.
Fue al estante donde guardaba los cuadernos sin estrenar.
Sacó el primero de la pila: tapas negras, formato pequeño, idéntico en factura al que ahora colgaba del clavo encima del escritorio.
Era el cuaderno que Sophia, dos horas antes en la sacristía, le había indicado que adquiriera al día siguiente para empezar el tratado.
Erik no había contestado entonces que el cuaderno ya estaba comprado, en el estante, desde octubre.
Tampoco lo iba a contestar más tarde. Lo abrió por la primera página.
Mojó la pluma.
Sophia le había dicho un cuaderno nuevo, sin contenido, sin nombre, sin destino concreto hasta que llegara el lector que supiera leerlo.
Era una instrucción operativa correcta y Erik la iba a cumplir en lo esencial.
Pero la primera página de un cuaderno de trabajo no es una página operativa.
Es la página donde el autor decide, antes de empezar, para quién está escribiendo. Esa decisión no se delega.
Escribió cinco palabras en el centro de la página, con la caligrafía estable que había recuperado en las últimas horas:
A Franz Kovaljuk, que reconoció primero.
Sopló sobre la tinta sin necesidad —se secaba sola en treinta segundos— y cerró el cuaderno.
Lo dejó en el cajón inferior izquierdo del escritorio, sin lacrar, sin envolver, junto al termómetro de mercurio en su funda de cuero.
Allí iba a estar durante los catorce años siguientes.
No llegaba a ser desobediencia: era la única parte del plan que Erik no había recibido de nadie y que por eso mismo le pertenecía sin reserva.
Volvió al despacho.
El portero llamó a la puerta a las seis y cuarenta.
Erik ya estaba levantado, con la bata puesta, una taza de té medio vacía en la mano, y las cartas de Jena y Brno y Viena extendidas sobre la mesa del salón como si las hubiera estado revisando tras el desayuno.
La lámpara de gas del salón, encendida. El olor del té, fresco.
El reloj de pared, dando los tres cuartos con el tono pequeño y limpio de siempre.
Abrió la puerta.
—Doctor —dijo el portero, en checo, con la voz acelerada del que trae una noticia que lo supera—. Perdone la hora. Hay que venir a avisarle. La Mansión Vránský ardió esta madrugada.
—¿Qué?
Erik lo dijo en el tono exacto: sorpresa contenida, todavía asimilando, sin teatro. Lo había ensayado dos horas antes.
—El fuego empezó entre la medianoche y la una. Malá Strana está entera hablando. El barón Vránský no aparece. Su sobrina, tampoco. Hay al menos un muerto confirmado en el ala oeste: un hombre que la Gendarmería dice vagabundo, pero algunos testigos dicen que no lo era.
—Dios mío.
—He pensado que tenía que saberlo. Los Vránský eran clientes suyos, ¿no? Lo eran, según recuerdo, cuando el barón venía a consulta hace dos o tres años.
—Lo eran —dijo Erik—. El barón dejó de venir a consulta en setenta y siete, cuando Rebeck se hizo cargo de la familia. Pero le atendí durante algunos meses. Tiene buena memoria, señor Lebeda.
—La portería es memoria, doctor —dijo Lebeda, con la humildad profesional del hombre que lleva veintitrés años en ese oficio—. Si le pregunta alguien, yo no le he dicho nada. Usted se ha enterado por los diarios.
—Se lo agradezco.
Erik cerró la puerta.
Se quedó un segundo en el recibidor con la taza de té en la mano.
Después fue al salón, terminó el té de un trago, y puso la taza vacía sobre la bandeja.
Subió al dormitorio. Se quitó la bata. Se vistió para el día: traje gris oscuro, corbata negra, cuello duro.
La elección de negro en la corbata fue deliberada.
Los médicos de Praga, al recibir la noticia de la muerte de un antiguo paciente o su familia, llevaban corbata negra el primer día.
Era un gesto de gremio que los inspectores reconocerían.
Bajó al despacho.
Recogió la carta para el Decano. Se puso el abrigo.
Salió del piso a las siete y veinticinco, con el paso de quien va a enviar una carta importante antes de que el resto de la mañana lo desborde.
La portera le vio salir desde su cubículo y le deseó buenos días. Erik le devolvió el saludo.
El inspector Beneš llegó a las nueve y diez.