Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 63
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Capítulo 63

Erik subió los dos tramos sin hacer ruido.

La portera dormía a esta hora, pero la portería daba al zaguán con el cristal esmerilado y Erik llevaba nueve años subiendo por esa escalera como para no saber qué peldaños crujían: el séptimo del primer tramo, el tercero del segundo.

Los evitó los dos. Llegó al rellano del segundo piso.

La placa de latón Dr. Schwartz⁠ — Horas de consulta por cita previa reflejó la luz mínima del quinqué del descansillo con el brillo que Erik le había devuelto cinco horas antes con el pañuelo.

Metió la llave.

La giró.

La cerradura cedió con la normalidad de los últimos nueve años. Erik entró y cerró la puerta detrás de sí con la mano izquierda, sin soltar la llave.

Se quedó un segundo en el recibidor.

El aire del piso estaba a trece grados, que era la temperatura que había dejado Erik al salir hacía cinco días.

La lámpara de gas del salón, apagada. El paragüero del recibidor, con el bastón de madera clara y el paraguas negro colgados como siempre.

El abrigo viejo del perchero, el que ya no usaba pero no había tirado, en su percha.

Nada, a primera vista, estaba fuera de sitio.

Pero el aire olía distinto.

Nada se había añadido al olor de siempre; algo, apenas, se había restado: el fondo de cera de las velas que él usaba para trabajar de noche, el olor seco del papel del despacho, y por debajo de los dos, muy leve, un aroma metálico que Erik identificó en menos de un segundo como el de una colonia de hombre.

De caballero. Vienesa, tal vez. Lo tenía en la cabeza como sensación, sin atribuirla todavía.

Alguien había estado en el piso.

Erik cerró los ojos.

Cuando los abrió, hizo lo que había aprendido a hacer en las autopsias complicadas cuando la causa de la muerte no era obvia: empezó por los pies y subió con el ojo, catalogando cada cosa en el orden en que aparecía en el campo visual, sin saltarse nada, sin permitir que el cerebro anticipara.

El recibidor, completo y sin alteraciones.

El pasillo, con la alfombra de lana roja bien centrada en los tablones y el termómetro de pared en trece grados.

El salón, con el reloj de pie parado a las diez y veinte de la noche del cinco de noviembre —⁠la última en que Erik había tenido ánimo para darle cuerda⁠— y la licorera con sus tres vasos, todo en su sitio.

Despacho: era el corazón del piso. El que más le importaba. Erik entró.

Escritorio intacto. Carpeta de pacientes cerrada con llave, los libros en su orden alfabético, el microscopio Zeiss bajo la funda de fieltro verde, el tintero lleno, las plumas en su caja de palisandro.

Pero la segunda pluma, la de uso diario, no estaba en el ángulo que Erik la dejaba. Estaba girada quince grados en el sentido contrario a las agujas del reloj. Un detalle que solo notaría alguien que hubiera colocado la pluma en ese ángulo exacto durante nueve años dos veces al día.

Erik se acercó al escritorio.

En el cajón derecho —⁠el que no cerraba con llave porque guardaba correspondencia corriente sin valor⁠— había tres cartas recientes encima del pequeño fajo ordinario.

La primera, de Jena, respuesta a una consulta clínica de Erik sobre un caso de neumonía.

La segunda, del colega Dittl de Brno, invitándole a una conferencia en enero.

La tercera, de la Universidad de Viena, con el sello del Rectorado.

Las tres estaban tal como las había dejado.

Pero debajo, entre el fajo ordinario y el fondo del cajón, había una cuarta carta que Erik no reconoció. Sobre pequeño, papel de calidad media, sin membrete exterior. Alguien la había puesto ahí.

Erik no la abrió. La dejó en el sitio.

Siguió con el inventario. Dormitorio y cocina, sin alteraciones: la cama hecha con la esquina de sábana vuelta del servicio de limpieza, la levita nueva todavía colgada en la percha a la que no había vuelto.

Volvió al despacho.

Se sentó. Encendió la lámpara de gas de la mesa. El círculo amarillo cayó sobre el tablero iluminando la pluma girada, el tintero, y el cajón derecho con la cuarta carta dentro.

Erik sacó la cuarta carta.

La miró por fuera. Sobre de papel color crema, tamaño reducido.

Sin dirección, sin remitente, sin matasellos.

Un solo dato en el anverso, escrito con tinta fresca —⁠reconoció la presión leve de pluma nueva⁠— con letra que no le sonaba pero que estaba trazada en la caligrafía cuidada y un grado pomposa de los secretarios de ministerio austríaco:

Para el doctor Erik Schwartz.

Erik sostuvo el sobre un momento sin abrirlo.

Después lo dejó en el centro del escritorio.

Se levantó. Fue al pasillo. Miró las huellas de la alfombra contra la luz rasante de la lámpara.

En el centro del pasillo, a media distancia entre el recibidor y el salón, había un hueco de fibras aplanadas en la dirección del umbral del despacho.

Una persona había estado de pie ahí. Erik calculó la pisada por el tamaño del hueco: botas de caballero, talla cuarenta y tres, o por ahí.

La persona había entrado al despacho y había vuelto al recibidor.

Llevaba entre veinte minutos y una hora dentro del piso.

Los tiempos encajaban.

Erik consultó el reloj de bolsillo.

Las tres menos veinte.

Si el visitante había salido del piso entre la medianoche y la una de la mañana, y sabía por sus propias fuentes que Erik iba a volver a Dlouhá antes del amanecer, el visitante debía de estar esperando en alguna ventana cercana a que se encendiera la luz del despacho.

Lo cual significaba que debía de estar esperándolo ahora.

Erik apagó la lámpara.

Se quedó a oscuras dos minutos.

Cuando volvió a encender la lámpara, no la puso en la mesa.

La puso en el rincón detrás de la librería, en el sitio donde el brillo era mínimo desde la calle.

Cualquiera que estuviera vigilando la ventana iba a ver solo un resplandor tenue y difuso, compatible con un médico que ha vuelto tarde y se prepara para dormir. No con un médico que abre un sobre.

Abrió el sobre.

Dentro había una sola hoja, doblada en tres. Al desplegarla, Erik encontró tres líneas escritas en el mismo tipo de caligrafía secretarial, sin firma:

Doctor Schwartz.

Tenemos conocimiento de sus investigaciones recientes sobre el sustrato orgánico activo. Nuestra institución posee material que podría resultarle de interés. Preséntese hoy antes del mediodía en el número 17 de Karlovo náměstí. Pregunte por el señor de Vargas.

Discreción profesional, por supuesto.

Erik leyó las tres líneas dos veces.

Después dobló el papel en tres, lo metió de vuelta en el sobre, y se guardó el sobre en el bolsillo del chaleco.

Al hacerlo, los dedos rozaron el reloj de bolsillo.

Erik lo sacó por costumbre automática y lo miró.

Marcaba las tres menos cuarto. Lo abrió por detrás, como hacía siempre antes de darle cuerda, y el recuerdo de los once minutos volvió a la superficie con la neutralidad de un dato.

Cerró el reloj.

No le dio cuerda.

Lo guardó en el bolsillo interior del chaleco, al otro lado del sobre, de modo que los dos objetos quedaran separados por la línea del botón central.

Las siguientes tres horas fueron las que Sophia le había ordenado.

Empezó por destruir.

Sacó del cajón izquierdo del escritorio la llave.

Abrió la carpeta de pacientes. De las treinta y ocho fichas, apartó cinco: las que contenían, intercaladas entre observaciones clínicas corrientes, las notas en código que Erik había desarrollado durante la última semana para documentar los pasos del plan.

El código era sencillo —⁠sustitución de sustantivos médicos por sustantivos de contabilidad comercial⁠—, pero era suyo, y cualquier inspector con formación química podría desentrañarlo en cuarenta minutos.

Las cinco fichas fueron al brasero que Erik encendió con la cuarta cerilla de una caja que había abierto hacía dos semanas.

Ardieron en setenta segundos. Erik removió las cenizas con el atizador hasta que no quedó fragmento legible.

Después recompuso la pila de las treinta y tres fichas restantes en orden alfabético.

El cuaderno de cálculos del plan estaba en el doble fondo del tercer cajón del aparador del salón, envuelto en un paño de algodón que tiempo atrás había sido mantel.

Erik lo sacó. Lo llevó al despacho. Arrancó las páginas con una a una, en grupos de cinco, y las fue echando al brasero.

Quemar cuarenta y dos páginas manuscritas con tinta densa le costó quince minutos.

La última fue la de los cálculos de difusión del cloruro de zinc a cuatro grados centígrados, con la corrección que Franz le habría hecho si hubiera vivido.

Erik la vio arder con la misma neutralidad con que había visto arder las anteriores.

Cuando terminó con las páginas, lavó las manos dos veces.

Volvió al despacho.

Sacó papel limpio. No del escritorio del despacho: del cajón superior del aparador del salón, donde Erik guardaba el papel con membrete profesional. Cogió dos hojas.

Escribió la primera, con la pluma girada que el visitante había movido, usando el ángulo habitual:

Excelentísimo Señor Decano de la Facultad de Medicina, Universidad Carolina de Praga.

Muy Señor mío:

Me dirijo a Vuestra Excelencia con el fin de presentar formalmente mi candidatura a la plaza docente de Clínica Patológica recién anunciada por esa Facultad…

Siguió durante treinta y dos minutos, con el tono exacto de solicitud académica del Imperio —⁠solemne sin ser obsequioso, profesional sin ser frío⁠— y las tres referencias clásicas de Virchow, Cohnheim y Rokitansky que un médico praguense de su generación citaba por obligación y por honestidad.

Firmó con la fecha del día anterior: Praga, 18 de noviembre de 1880 .

Dejó la tinta secar.

Mientras secaba, escribió la segunda carta.

La segunda carta era para un hombre que Erik no había visto en once años.

Doctor Vilém Kučera, Dpto. de Filología Comparada, Universidad de Viena.

Estimado Vilém: