Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 62 #3
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Capítulo 62 #3

—En algún momento —⁠dijo Erik⁠—. No antes de una semana. Y no por escrito.

Sophia se acercó a Erik y le tendió la mano. Erik la cogió un momento.

—Cuide el reloj —⁠dijo Sophia.

Erik asintió.

Salió a la lluvia de Malá Strana sin mirar atrás. La puerta de la sacristía chirrió al cerrarse y Karl pensó que tal vez no hubiera nadie ya en San Nicolás que engrasara esas bisagras en los próximos años, y que ese pensamiento era de una clase específica que todavía no tenía nombre.

Gabriel recogió las dos cartas. Fue a meterlas en el armario litúrgico, detrás de los ornamentos en desuso, donde había guardado el De Daemonibus . Se detuvo antes de cerrar el armario.

—Karl —⁠dijo.

Karl levantó la vista.

—Esto va a funcionar o no. Pero aunque funcione, Hawkins no va a detener la operación. Solo va a retrasarla. Dos semanas. Un mes. Lo bastante para que, si nosotros seguimos con vida, podamos actuar otra vez.

—Lo sé.

—Quería que quedara dicho.

—Lo sé.

Gabriel cerró el armario.

Se acercó a Sophia. No la tocó. Se quedó de pie a un paso de ella, con las manos junto al cuerpo, en la postura que había usado durante veinte años cuando despedía a los feligreses en el umbral de la iglesia y sabía que algunos no volverían.

—Voy a estar en la rectoría hasta la misa de siete —⁠dijo⁠—. Si necesita algo antes, llame a la puerta del patio lateral. Si no, la veré en la iglesia.

Sophia no contestó. Anotó la hora.

Gabriel salió de la sacristía.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, Sophia se quedó sola con Karl.

Karl la miró.

—¿Quiere que me vaya? —⁠preguntó, sin rodeos.

Sophia tardó un momento.

—Todavía no —⁠dijo⁠—. Pero pronto.

Karl asintió. Cogió el cuaderno, lo cerró, y lo metió en el bolsillo interior del abrigo, donde lo guardaba siempre. Recogió la pluma. Tapó el tintero. Dejó el De Daemonibus donde estaba.

Se quedó de pie a tres pasos de Sophia, con el abrigo puesto, sin saber qué se decía cuando uno se iba de un sitio como este a esta hora. Ella no le estaba pidiendo ninguna frase. Estaba esperando a que él entendiera por sí mismo que lo que tenía que hacer ahora era irse.

Lo entendió.

—Si me necesita —⁠dijo⁠—, Hotel Saxe. Habitación cuatrocientos dos. No voy a dormir.

—Lo sé.

—Buenas noches, Sophia.

—Buenas noches, Karl.

Karl salió.

La sacristía se quedó en silencio.

Sophia se quedó de pie un momento con las manos apoyadas en la mesa. Después se sentó en la silla que había ocupado Karl. Puso las dos manos abiertas sobre la madera, palmas hacia abajo, como Gabriel había puesto las suyas al empezar la conversación de las doce.

Sacó del abrigo la carta sellada del padre.

La había llevado consigo desde el sótano, envuelta en un pañuelo de seda para protegerla de la lluvia del río.

Se la había dado Frederick con su propia mano, unos minutos antes de morir, sacándola del bolsillo interior de la levita doblada a su lado: la había rescatado del escondite del estudio antes de bajar a la sala circular, para que no ardiera con la casa.

Por eso, cuando alguien forzara el cajón del escritorio horas después, encontraría el clavo vacío.

La llave del estudio que Frederick le había dejado al morir seguía sobre la mesa, a dos palmos de su mano derecha.

La carta era pequeña. Cuatro pliegues, sello de cera roja con el escudo del padre, el escudo pequeño de los Vránský de Viena, no el de Hradčany. Sophia reconoció la letra del exterior: Para mi hija. Abrir solo fuera de la casa.

La casa ya no existía.

Sophia podía cumplir la condición literal o podía cumplir la condición profunda. La sacristía era, técnicamente, no-la-casa. Era también el sitio donde la casa había dejado de importar.

Rompió el sello.

Abrió la carta.

Empezó a leer.

Afuera, el agua golpeaba los adoquines de Malá Strana como en las últimas catorce horas. La sacristía olía a cera apagada y a agua vieja. La llama del brasero se había reducido a un rescoldo.

Sophia leyó sin mover los labios, con la atención concentrada de quien repasa un contrato en un idioma que habla desde hace años pero no domina del todo.

Llegó al final de la primera página. Pasó a la segunda.

La segunda era más corta. Cuando terminó de leerla, volvió al principio de la primera y leyó otra vez, más despacio, la entera.

Después dobló la carta.

Volvió a guardarla en el interior del abrigo.

Se quedó mirando la mesa vacía durante un tiempo que no midió. Las dos manos seguían abiertas sobre la madera. La llama del brasero se apagó del todo en algún momento sin que ella lo registrara.

A las tres y cuarto, desde algún lugar lejano en el silencio de Malá Strana, un perro ladró tres veces y dejó de ladrar.

Sophia cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir, fue al armario litúrgico, sacó el papel hueso que quedaba en el cajón del fondo —⁠cinco hojas, porque Karl había usado una⁠— y se sentó de nuevo a la mesa con la pluma en la mano. El tintero estaba tapado. Lo destapó. Mojó la pluma.

Escribió en el ángulo superior de la primera hoja:

Para el hombre que firmó el contrato de 1442.

Se quedó mirando esa línea un momento.

Después empezó a escribir.