Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 62 #2
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Capítulo 62 #2

Karl escribió en silencio durante veinte minutos. El brasero crepitó dos veces. La lámpara de gas siguió zumbando. Nadie habló. Sophia se había sentado al otro lado de la mesa con la llave de Frederick entre los dedos, no girándola, solo tocándola. Erik seguía de pie.

Cuando Karl terminó, leyó la carta en voz alta.

Las peculiaridades estaban en los párrafos segundo y cuarto, envueltas en frases procedimentales.

La única concesión al contexto real fue una línea en el párrafo final: mi cliente ha indicado una urgencia particular en este asunto, debido al carácter perecedero del interés que motiva la adquisición .

Karl la dejó ahí. Era una frase que cualquier abogado escribiría por costumbre para acelerar respuestas.

Un abogado atento leería perecedero con otra atención.

Gabriel la escuchó sin comentar hasta el final.

—¿Firma? —⁠preguntó cuando Karl terminó.

—Karl Wagner, Apoderado. Con el sello del bufete.

—¿Tiene el sello aquí?

—Lo llevo siempre en el maletín. Nunca firmo documentos sin él.

—Firme dos copias. Una va por la red eclesiástica.

La otra por la red comercial ordinaria, con destino a Hamburgo y desde allí a Londres.

Que compitan en llegar. Si una se pierde o se intercepta, llega la otra.

Si llegan las dos, Hawkins tiene dos consultas idénticas archivadas en el mismo expediente, y eso va a llamarle la atención más que una sola.

Karl tomó la segunda hoja sin decir nada.

Mientras Karl copiaba, Gabriel se levantó. Fue al armario litúrgico. Abrió con la llave que llevaba en el bolsillo interior de la sotana el cajón bajo que había cerrado esta noche al salir para Hradčany. Sacó el De Daemonibus . Lo puso sobre la mesa, junto a las cartas.

—Hay que mandar también una página —⁠dijo.

Karl levantó la vista.

—¿Una página?

—Tres párrafos —⁠dijo Gabriel⁠—. El pasaje sobre el signum contactus y la marca inversa.

Copiados a mano, en latín, sin indicar procedencia.

Va con una de las dos cartas, envuelto en papel de estraza como un ejercicio escolar.

Hawkins no sabrá qué hacer con él y lo meterá en el expediente.

Pero cuando en primavera empiece a haber más información, habrá alguien —⁠su aprendiz, su socio, otro abogado que consulte sin saberlo⁠— que sepa leer latín eclesiástico.

Y entonces lo que hay ahí será una segunda llave para la caja que estamos dejando en Inglaterra.

Karl miró el libro.

—¿Puede salir del libro?

—Puede, porque voy a copiarlo a mano. El libro se queda en la sacristía. Lo que viaja es una copia. —⁠Gabriel cogió papel del mismo cajón donde habían estado las seis hojas hueso y se sentó al otro lado de la mesa⁠—. Voy a tardar cuarenta minutos.

—Cuarenta minutos son suyos.

Gabriel empezó a copiar. Su letra era pequeña y metódica, con las aes abiertas y las eses largas del tipo que copia manuscritos eclesiásticos desde hace veinte años.

Karl volvió a su carta. Erik, por primera vez en la noche, se sentó.

No en la silla libre junto a la mesa: en la banqueta baja del rincón, con los codos en las rodillas y la cara entre las manos, en la postura exacta que Karl le había encontrado en la escalera de su piso hacía cinco horas.

Sophia lo miró.

—Erik —⁠dijo.

Erik levantó la cara.

—Antes del amanecer tiene que estar en su piso —⁠dijo Sophia⁠—.

Tiene que destruir todos los papeles que haya sobre el plan.

Las notas del almacén. Los cálculos. Los frascos que queden.

Cualquier cosa que un inspector de la Gendarmería pueda leer mañana cuando vaya a preguntarle por qué el médico Schwartz no ha recibido pacientes en una semana.

Si encuentran en su piso un cuaderno sobre compuestos contra sustratos orgánicos activos, es usted quien se queda sin explicar el incendio, no ellos.

Erik no contestó. Estaba escuchando.

—Y después —⁠continuó Sophia⁠—, tiene que hacer dos cosas.

La primera: solicitar la plaza docente en la facultad que me dijo que iba a solicitar.

Mañana mismo por la mañana, antes de que llegue la noticia del incendio.

Una carta fechada con tinta fresca antes del suceso es la mejor coartada que puede construirse un médico de Praga.

Explica por qué lleva una semana sin consulta activa: está preparando su candidatura académica.

Quien verifique esto dentro de una semana va a encontrar una solicitud presentada. La segunda: el tratado.

Erik la miró con la atención que se reserva a una orden inesperada.

—¿Qué tratado?

—El que va a empezar a escribir la semana que viene —⁠dijo Sophia, sin levantar la voz⁠—.

No sobre strigoi . No sobre Praga. Sobre lo que vio esta noche.

Con la precisión que sabe usar. Sin nombres, sin lugares, sin fechas.

Solo la descripción clínica de una patología que no está en los manuales.

Once minutos de combustión. Calor máximo desregulado.

Ausencia de pulso con temperatura ascendente.

Lo que oyó desde fuera del sótano. Todo lo que sabe decir en el idioma de su profesión.

—¿Para quién?

—Para nadie. Lo va a guardar. Y si algún día, dentro de cinco años o de diez o de veinte, alguien llega a Praga preguntando por estos hechos con las preguntas adecuadas, usted va a saber que es alguien que puede leerlo. Y solo entonces lo va a sacar del cajón.

Erik se quedó en silencio un momento.

—¿Cómo sabré que son las preguntas adecuadas?

—Porque las preguntas adecuadas no vienen de la Gendarmería —⁠dijo Sophia⁠—. Vienen de otros médicos. De otros científicos. De la gente que ha leído cosas parecidas en otras ciudades y está tratando de entender el patrón. Esas son las preguntas que reconocerá cuando las oiga.

Erik asintió despacio.

—La plaza docente —⁠dijo.

—La plaza docente.

—Y un cuaderno nuevo.

—Un cuaderno nuevo.

Karl, desde la mesa, no levantó la vista mientras escribía, pero registró la conversación.

Sophia había hecho en diez minutos una operación que él habría tardado dos días en formular con la misma precisión.

Construía coartadas y dejaba archivos al mismo tiempo.

Tenía veintidós años. Karl pensó sin quererlo que en otro siglo Sophia Vránský habría sido la cabeza de una casa comercial.

Lo pensó sin amargura, porque Sophia ya lo sabía y estaba actuando como si el siglo no la limitara.

La copia de las dos cartas terminó a las dos menos veinte.

La transcripción de Gabriel del pasaje del De Daemonibus , a las dos y diez.

Karl selló las dos cartas con el sello del bufete Schneider & Preuss.

Gabriel metió una de las cartas y la copia latina en un sobre de papel de estraza ordinario, de los que usaban los sacristanes para los certificados de bautismo.

La otra carta la metió en un sobre distinto, con membrete comercial en blanco, del tipo que Karl compraba por docenas en Berlín.

—La eclesiástica sale mañana —⁠dijo Gabriel⁠—. Se la daré a Jan antes de la misa de siete. Él sabe a quién entregarla en la curia diocesana. No le va a preguntar de dónde viene ni adónde va.

—Mañana usted ya no estará en San Nicolás —⁠dijo Karl.

Gabriel tardó un segundo.

—Voy a estar hasta la misa de siete —⁠dijo⁠—. Después no. Pero antes sí. Tengo que despedirme de Jan en persona. Lleva seis años en esta sacristía y se merece algo más que una carta sobre la mesa.

Nadie comentó.

Erik se levantó de la banqueta. Se ajustó el cuello del abrigo. Miró a los tres.

—Me voy —⁠dijo⁠—. Tengo que estar en Dlouhá antes de las tres y preparado para recibir la noticia del incendio con cara de sorpresa cuando el portero venga a contármelo al amanecer.

Karl lo miró.

—¿Nos veremos?