Capítulo 62
Gabriel habló primero, contra lo que Karl había previsto.
—No por correo —dijo.
Llevaba sentado en la silla junto al brasero desde las doce. No se había levantado. Tenía la bolsa de cuero con la estola y el misal todavía entre los pies, sin haber decidido del todo si esa bolsa era suya o de un hombre que había dejado de existir hacía una hora. Los otros tres lo miraron.
—¿No por correo? —repitió Karl.
—Los intermediarios leen las oficinas postales —dijo Gabriel—.
No todas, y no todas a la vez, pero sí las que importan.
Una carta enviada desde Praga a Inglaterra pasa por cuatro manos antes de cruzar el mar.
Cualquiera de esas cuatro manos puede abrirla con vapor y cerrarla sin que el matasellos lo note.
Si el contenido es Drácula va a Purfleet , el intermediario lo sabe antes del destinatario.
Y si el intermediario lo sabe, llegan al destinatario antes que la carta.
Erik, que se había quedado de pie junto a la mesa sin quitarse todavía la levita ennegrecida, asintió despacio.
—¿Cómo entonces?
Gabriel miró la bolsa de cuero que tenía entre los pies. Se inclinó, la abrió con la mano derecha sin levantarla del suelo, y sacó de dentro el misal de bolsillo que había usado en el vestíbulo de la mansión. Lo puso sobre la mesa, junto al De Daemonibus cerrado y al cuaderno de Karl.
—Por parroquia.
Karl no entendió al primer segundo. Sophia sí. Se acercó a la mesa.
—La red eclesiástica —dijo.
—La red eclesiástica —confirmó Gabriel—.
Una carta entre un párroco y otro párroco no pasa por oficina postal.
Pasa por el sacristán de la diócesis, que la entrega al primer viajero que va hacia la diócesis siguiente, y ese viajero es casi siempre otro sacerdote o un seminarista o una hermana de la caridad.
De Praga a Viena, de Viena a Innsbruck, de Innsbruck a Múnich, de Múnich a Colonia, de Colonia a Amberes, de Amberes a Londres.
Son catorce manos. Todas verificadas. Ninguna de ellas lee lo que transporta porque está entrenada en siglos de no leer lo que transporta.
—¿Tarda? —preguntó Karl.
—Tres semanas. Quizás cuatro.
—¿La escrituración está prevista para la primavera?
—Para abril, según el papel que encontró usted. Tenemos margen.
Karl se sentó. Puso las manos sobre el cuaderno cerrado. Llevaba despierto desde las seis de la mañana del dieciocho y la última comida había sido un trozo de pan en el almacén de Karlín.
—¿Quién en Inglaterra? —preguntó.
Gabriel miró a los tres.
—Eso lo tienen que decidir ustedes. Yo no conozco a ningún párroco inglés.
En la red diocesana la carta llegará al obispado de Westminster.
Desde ahí habrá que redirigirla a un sacerdote de Essex que esté dispuesto a entregarla a un laico.
Ese paso es el más delicado de los catorce.
Se puede hacer, pero hace falta un nombre.
Karl cerró los ojos. Cuando los abrió, sacó la pluma y abrió el cuaderno por la página que ya había usado para escribir PURFLEET .
—Conozco a un solicitor —dijo—. Londres, en origen, aunque en realidad trabaja desde Exeter, que está en Devon.
—Miró a Gabriel—. Eso cambia su red: la carta no va a un sacerdote de Essex, sino a uno de Devon.
El destinatario no está donde está la casa.
Mejor así: nadie esperaría que la advertencia sobre una propiedad de Essex viajara hacia el otro extremo del país.
Es el único hombre inglés al que yo confiaría esta carta.
Se llama Hawkins. Peter Hawkins. Hicimos un arbitraje comercial juntos hace tres años, por cuenta de un armador de Hamburgo.
Él representaba a la parte inglesa. Era un hombre paciente y sin ambición visible.
La clase de abogado que no intenta nunca ganar más de lo que corresponde a su cliente. No es brillante. Pero no miente.
Sophia lo miró.
—¿Cree que va a creerle?
—No de inmediato —dijo Karl—. Pero no hace falta que crea.
Basta con que archive. Hawkins es el tipo de abogado que guarda todo lo que le llega en un expediente con el nombre del remitente y la fecha y una nota al margen.
Si le mando una carta con información sobre una propiedad en Purfleet que va a ser comprada por un cliente llamado Drácula en la primavera, él la archiva.
No hace nada. Pero cuando llegue la primavera y empiece el papeleo, mirará el expediente y recordará mi nombre y puede que actúe entonces, o puede que no, pero en cualquier caso la información estará ahí.
Y si no actúa Hawkins, actuará el aprendiz que tenga en ese momento.
Los aprendices en los bufetes ingleses son los que abren los expedientes viejos cuando hay algo que no cuadra.
Gabriel lo escuchó con atención y no dijo nada.
Erik tampoco.
—¿Por qué tan seguro de Hawkins? —preguntó Gabriel, después de un momento.
Karl tardó en responder.
—Porque cuando terminamos el arbitraje —dijo—, él me preguntó si quería cenar con él.
Yo dije que sí porque era lo cortés. Él me llevó a una taberna del East End que no habría elegido nunca un solicitor de su calibre, y pidió cerveza inglesa y un pastel de riñón, y durante dos horas me contó cosas de su trabajo que no eran ni cínicas ni resentidas.
Solo descriptivas. Dijo algo al final que me hizo decidir que podía confiarle los asuntos que fueran llegando a Inglaterra a lo largo de mi carrera.
Dijo: yo no resuelvo nada. Solo dejo todo listo para que alguien que llegue después tenga menos trabajo que hacer.
—Karl hizo una pausa—. Eso describe justo lo que necesitamos ahora mismo.
Sophia había ido al armario litúrgico mientras Karl hablaba.
Lo abrió con la mano, sin llave —Gabriel no había cerrado el armario esta noche—, y sacó de un cajón bajo un rollo de papel que Karl no había visto nunca.
Era papel grueso, de color hueso, con una filigrana de agua en el centro.
Lo puso sobre la mesa junto al cuaderno.
—Papel sin marca diocesana —dijo—. Está en el cajón del fondo. Hay seis hojas.
Gabriel la miró.
—¿Cómo sabía que estaba ahí?
—Porque miré todos los cajones de la sacristía cuando llegué —dijo Sophia, sin mirarlo—. Siempre hay que saber qué hay en los cajones de un sitio donde puede que tengas que quedarte más tiempo del previsto.
Nadie comentó.
Karl cogió una de las hojas. La alisó sobre la mesa. Mojó la pluma en el tintero de Gabriel. Se detuvo un segundo antes de escribir.
Sophia se acercó a él.
—Una cosa —dijo.
Karl levantó la vista.
—Si esa carta se escribe como advertencia, alguien la va a leer con ojos de advertencia —dijo Sophia—.
Y si la leen ojos que no deberían, el contenido llegará al Conde antes que al destinatario.
Hawkins es el primer lector seguro. Pero hay catorce manos antes de Hawkins.
No puede escribirse como advertencia. Tiene que escribirse como algo más aburrido.
Karl la miró.
—¿Más aburrido?
—Mi padre tenía un sistema —dijo Sophia, apoyándose con una mano en el borde de la mesa—.
En los libros de cuentas del negocio de Viena.
Dos lecturas. La lectura superficial era aburrida: cifras, nombres, fechas, rutinas.
La lectura verdadera estaba en lo que no aparecía.
En los huecos donde debería haber un asiento y no lo había.
En los nombres de agentes que aparecían dos veces con diferencias mínimas de ortografía.
En las fechas que no terminaban en cero cuando las rutinas terminaban siempre en cero.
Un lector sin contexto leía la versión aburrida y la dejaba estar.
Un lector con contexto leía la verdadera. Mi padre lo llamaba cifra doble .
Karl sostuvo la pluma sin mojarla otra vez.
—¿Propones que escribamos una carta que parezca algo distinto?
—Propongo que escribamos una consulta legal rutinaria sobre una propiedad con peculiaridades en los registros —dijo Sophia—.
Solicitor a solicitor. Sin nombres propios del otro lado.
Solo descripciones administrativas. Un cliente centroeuropeo, anónimo, que planea adquirir un terreno en Essex para residencia privada.
El bufete Schneider & Preuss —el tuyo— pide al bufete de Hawkins que realice una verificación catastral preventiva porque tienen sospechas razonables de que el título de propiedad podría tener defectos.
Es una consulta normal. Hawkins la archiva.
En primavera, cuando el expediente de Purfleet llegue a su mesa, va a mirar lo que ha archivado antes sobre ese terreno y va a encontrar la consulta. Y entonces va a hacer preguntas.
Karl no respondió de inmediato. Estaba pensando, con la concentración que usaba cuando revisaba un contrato. Después asintió una sola vez.
—La cifra doble está en las peculiaridades —dijo, completando la idea—.
Menciono tres detalles específicos. El vendedor es un gentleman extranjero sin residencia conocida en Inglaterra.
La compra se hace por intermediarios locales sin poder notarial directo del comprador.
El terreno tiene capilla antigua y el catastro de Essex no registra consagración válida en los últimos tres siglos.
—Eso es —dijo Sophia.
Karl guardó silencio un segundo. Mojó la pluma. Empezó a escribir.
Berlín, 19 de noviembre de 1880.
Se detuvo.
—Berlín —dijo—. No puedo fechar la carta desde Praga.
Hawkins tiene que creer que fue escrita en mi bufete.
Si la fecha dice Praga, la verificación en el sello de recepción contradice el origen y abre sospechas.
Voy a fecharla en Berlín. —Tachó la fecha y escribió de nuevo el membrete del bufete—.
Schneider & Preuss, Berlín. —Levantó la pluma—.
Y le pediré a Gabriel que la haga viajar de modo que llegue a Londres con sello de Berlín, como si hubiera salido de mi despacho.
Gabriel dejó la pluma sobre el secante.
—Sí.
—Se puede hacer. Pero añade una semana.
—Añádala.
Gabriel apuntó la fecha al margen del pliego.