Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 61 #3
75%

Capítulo 61 #3

Karl notó, sin decirlo, que Sophia había dejado de caminar por detrás de él y de Erik.

Iba a su lado, un paso más adelante, con la chaqueta de Jan todavía abotonada hasta el cuello y los zapatos del sargento raspando los adoquines.

Ya era otra distinta de la que había escapado por una ventana con los pies descalzos: con menos peso y más eje.

Erik caminaba con la mano izquierda apretada contra el bolsillo del chaleco donde guardaba el reloj. Tenía una cifra en la cabeza que iba a pasar el resto de su vida sin poder explicarle a ningún colega de facultad.

Once minutos.

Cuando llegaron a la subida empedrada que daba a la plaza de San Nicolás, vieron a Gabriel de pie en el pórtico, con la bolsa de cuero colgada del hombro y la sotana todavía mojada del agua de Hradčany.

Los estaba esperando. No había entrado en la sacristía: prefirió esperarlos en la puerta, a la vista, por si no volvían: para que el primer sitio donde los vieran sus ojos fuera aquel donde se habían prometido encontrarse.

Gabriel los contó sin disimularlo.

Uno. Dos. Tres.

Vio que faltaba uno.

No preguntó. Karl se lo diría en su momento, o Sophia, o se lo contaría el silencio a medida que fuera ocupando el hueco de la ausencia. Gabriel abrió la puerta de la sacristía y se hizo a un lado.

Entraron.

El brasero estaba apagado. La lámpara de gas sobre el escritorio seguía zumbando con la misma presión baja de tres horas antes.

La habitación tenía la cara de no haber pasado nada, como si los cuatro acabaran de volver de un paseo corto, y en el escritorio siguieran el De Daemonibus bajo llave, el cuaderno de Karl abierto por la página de los guantes grises y las tres fotografías de archivo con las cuatro firmas idénticas separadas por siglos.

Gabriel cerró la puerta detrás de sí.

Se quedó apoyado un momento contra la madera, con los ojos cerrados.

Respiró dos veces hondo. Cuando los volvió a abrir, miró a los tres uno por uno con la atención concentrada del sacerdote que hace inventario de una feligresía después de una catástrofe, que es justo lo que estaba haciendo, aunque ya no fuera sacerdote.

—Frederick —⁠dijo.

Sophia asintió una vez.

—¿Completo?

—Once minutos —⁠dijo Erik.

Gabriel cerró los ojos otro segundo.

—Gracias —⁠dijo, aunque no quedaba claro a cuál de los tres se lo decía.

Se apartó de la puerta. Fue al brasero. Encendió el papel con una de las cerillas de Sophia, que quedaban quince en la caja de seda. El carbón prendió despacio.

Karl dejó el cuaderno sobre la mesa. Sacó la pluma. Anotó, en la página nueva, con la letra sin margen que había aprendido a usar en las últimas dos horas:

23:15⁠ — Arcón abierto. Compuesto inyectado.

Cajas cincuenta prendidas. Fuego consumó la sala.

Frederick ejecutado a petición propia en el muelle cuatro: once minutos de combustión, con fenómenos de llama interna que no explico.

Ceniza al Moldava. Conde: depósito de Praga destruido; destino, Inglaterra. Una caja de reserva: falta. Vlad 1442.

Subrayó las últimas tres palabras dos veces. Cerró el cuaderno.

Gabriel, desde el brasero, lo miró.

—¿Qué significa eso último?

Karl tardó en responder.

—Que aunque parezca que ganamos esta noche —⁠dijo⁠—, lo único que hemos hecho es retrasarle.

—¿Cuánto?

—Diecisiete años —⁠dijo Karl, que había hecho la cuenta en algún punto del puente sin saber que la estaba haciendo⁠—. Puede que menos.

Sophia lo miró. Erik no. Gabriel, de pie junto al brasero, tomó una silla y se sentó con la lentitud del hombre que descubre por primera vez en la noche que el cuerpo también paga.

Sophia puso la llave de Frederick sobre la mesa. No la empujó hacia nadie. La dejó en el centro, equidistante de los tres hombres, con la cabeza del hierro todavía algo caliente contra la madera.

—La mansión sigue siendo mía —⁠dijo, sin énfasis⁠—. Los terrenos también. Y lo que quede en el estudio cuando el humo se disipe. No pienso venderlo.

Karl la miró.

—Sophia.

—No ahora —⁠dijo ella⁠—. Mañana. Pero que lo sepan los tres esta noche, porque mañana va a ser tarde para cambiar de idea.

Gabriel, desde la silla, asintió una sola vez. Erik tardó un poco más. Después también asintió.

Karl no asintió. Guardó la información como guardaba todas las cosas que todavía no había decidido cómo nombrar.

Afuera, las campanas de San Nicolás dieron las doce.

Los cuatro las oyeron. Ninguno contó. Contar era un hábito que había servido para medir la proximidad de algo, y ahora ese algo se había ido. Las campanas eran, por primera vez en muchos días, solo campanas.

Karl puso el cuaderno sobre el De Daemonibus . Se quedó mirando los dos objetos juntos sobre la mesa, el cuaderno nuevo de berlinés encima del libro del siglo XVI, con la misma superposición accidental con que el presente se apoya en el pasado cuando el pasado está dispuesto a sostenerlo.

Levantó la vista.

—Hay una cosa que hay que decidir esta misma noche —⁠dijo⁠—. Antes de que amanezca.

Los otros tres lo miraron.

Karl abrió el cuaderno otra vez. Pasó a una página limpia. Escribió una sola palabra arriba del todo, con mayúsculas, y giró el cuaderno para que los otros pudieran leerla.

PURFLEET.