Capítulo 61 #2
El cuerpo empezó a arder por dentro. La llama naranja se retiró y desde el pecho subió otra: más alta, más azul, más callada, sin combustible que la alimentara, como si algo que Frederick había contenido durante cuarenta días hubiera encontrado al fin una salida y se vaciara por la única que le quedaba.
No crepitaba. Ardía con un zumbido grave que se notaba en la planta de los pies.
El calor pasó de molesto a insoportable. Los tres retrocedieron sin acordarlo.
—Es la sustancia —dijo Erik, sin apartar la vista, con la voz exacta de siempre—.
Lo que llevaba dentro. Compuestos orgánicos con sales metálicas.
Arden más caliente que el tejido humano.
La llama es azul porque la combustión es completa: no queda carbono suelto que la enrojezca.
Es química, no milagro. —Una pausa—. Lo extraordinario fue contenerlo dentro de un hombre todo este tiempo.
No se movió. No se tapó la cara. Tenía los dedos en el bolsillo del chaleco, sobre el reloj, contando.
Sophia tampoco se movió.
A los siete minutos la llama azul empezó a bajar. Lo que quedaba sobre la lona era todavía una forma de cuerpo, treinta centímetros más corta, con el hueso intacto pero frágil, como cocido en un horno de alfarero durante horas y no quemado al aire durante minutos.
A los once, la última llama se apagó sola.
No quedó humo. Esa fue la cosa más extraña de todas: el fuego se había tragado su propio humo a medida que ardía, como si lo que se consumía no pudiera permitirse dejar rastro en el aire. La losa del embarcadero, bajo la ceniza, estaba ennegrecida pero entera.
Erik se acercó. Con la punta de la bota, apartó con cuidado la ceniza desde el centro hacia los bordes.
Debajo de la capa superior había un polvo más claro, casi blanco, con la textura de la ceniza de madera después de un incendio largo.
Y en el polvo, cuatro o cinco objetos pequeños que habían sobrevivido: los botones metálicos de la camisa de Frederick, un pedazo corroído de la cadena del reloj de bolsillo que siempre llevaba, y, en el sitio donde había estado el bolsillo del chaleco, una llave de hierro.
Sophia se acercó entonces.
Se arrodilló sobre la ceniza. Tocó la llave con la punta de los dedos, preparada para retirarlos.
Estaba apenas tibia. Once minutos de una llama que cocía hueso, y el metal apenas tibio: Erik lo registró sin comentar, una cifra más que no cuadraba y que había que anotar de todos modos.
Sophia la cogió, la limpió con el borde del vestido, y la miró un segundo contra la luz del farol.
—El estudio —dijo.
Karl no entendió de inmediato.
—La llave del cajón inferior —aclaró Sophia—. Lo había cerrado con llave. No quería que nadie abriera el cajón excepto yo.
Karl tendió la mano y se la devolvió. Sophia se guardó la llave en el bolsillo del vestido. El otro bolsillo, el del abrigo, todavía llevaba el crucifijo de hierro que le había dado Gabriel.
Erik se había girado hacia el río.
—Tenemos que irnos —dijo—. Ha pasado demasiado tiempo. Si alguien del otro lado ha visto el fuego aquí, alguien vendrá pronto.
Karl miró la posición de las luces de Malá Strana.
Nada se había movido. Las farolas seguían como estaban.
La ribera parecía dormida. Pero el humo de Hradčany ya era visible contra el cielo sobre la colina, una columna gris más oscura que el negro del cielo, extendiéndose hacia el norte con el viento bajo que venía del Moldava.
—¿Qué hacemos con la ceniza? —preguntó Karl.
—Al agua —dijo Sophia, sin dudar—. Quiso que lo quemaran. No dijo dónde quedar después.
Erik se quitó la levita ennegrecida por el borde inferior y la usó para recoger la ceniza de la losa.
La dobló como un envoltorio. Caminó hasta el extremo del embarcadero.
Soltó la levita entera al agua. La tela se hundió durante dos segundos, empapándose, y después quedó a flote a media agua, arrastrada por la corriente, flotando hacia el sur.
No miró cómo se alejaba.
Volvió hasta donde estaban los otros dos. Los tres subieron a la barcaza. Karl cogió el remo. Soltó el cabo del noray. Empujó contra la piedra y la barcaza se deslizó río abajo, pegada a la orilla.
Cuando estaban a medio cruce, Sophia rompió el silencio.
—La concavidad del túnel —dijo.
Karl la miró.
—¿La viste?
—Cuando pasé. Tenía una mano sobre la tierra todavía. Pequeña. De guante.
Erik, que remaba desde la popa para complementar el empuje de Karl, levantó la vista.
—¿De guante?
—La huella —dijo Sophia—. De una mano enguantada.
La marca en la tierra del borde era lisa, sin la textura de la piel, con la costura del guante en el canto y los dedos demasiado estrechos: un guante de vestir.
En esta ciudad nadie trabaja con guantes de vestir, salvo una clase de gente. El aparato llegó antes que nosotros.
Karl sostuvo el remo sin seguir remando un segundo. Después volvió a remar.
—Se llevaron tierra antes de que entráramos nosotros —dijo.
—Una caja —dijo Sophia.
—Una reserva.
—Sí.
Erik, desde la popa, murmuró una cifra que ni Karl ni Sophia oyeron al principio pero que Erik repitió al tercer remo. Cincuenta y uno .
—¿Cómo? —preguntó Karl.
—Cincuenta cajas y un arcón son cincuenta y uno —dijo Erik—. Estamos contando mal. Hay una cincuenta y dos. La que se llevaron antes de salir. Esa no la hemos contado.
Karl no respondió. Siguió remando. La ribera de Malá Strana se deslizaba a un costado, con sus farolas de gas pasando despacio en la bruma baja mientras la barcaza bajaba hacia el embarcadero de más abajo. En algún lugar al norte, arriba de la ciudad, la columna de humo seguía subiendo.
Cuando llegaron al embarcadero de más abajo y ataron la barcaza al primer noray que encontraron libre, Karl miró una última vez hacia Hradčany.
Las llamas eran ya visibles por encima del tejado de la mansión, anaranjadas contra el cielo negro.
Media Praga iba a verlas cuando amaneciera, si no las había visto ya alguien desde una ventana alta.
Los diarios del día siguiente hablarían de un incendio por causa desconocida en una propiedad noble.
La Gendarmería recogería testimonios contradictorios.
Alguien, en algún sitio, registraría como curiosa la ausencia de los propietarios en el momento del siniestro.
Nadie sabría nunca lo que había ardido debajo.
Subieron por la rampa del muelle. Malá Strana a las once y cuarenta de una noche de noviembre estaba casi muerta en esa parte de la ribera.
Las pocas ventanas iluminadas que quedaban correspondían a tabernas cerradas donde los dueños contaban la caja del día.
Un farolero pasó con su escalera por la otra acera de la calle Míšeňská sin mirarlos.
El hombre contaba las farolas por hábito y sabía que le quedaban cuatro, y su trabajo terminaba donde terminaban las cuatro, y nada fuera de esa cuenta le interesaba a esa hora de la noche.
Los tres caminaron hacia San Nicolás.