Capítulo 61
Corrieron en la oscuridad durante noventa metros sin ver nada más que la luz intermitente del farol de Sophia, treinta pasos por delante, apareciendo y desapareciendo por los codos del túnel.
El suelo estaba más húmedo de lo que había estado al bajar.
Karl lo notó en las suelas: una humedad nueva, olorosa, como si el río hubiera empezado a filtrarse por las juntas de la piedra con una prisa que no tenía antes.
Erik corría detrás de él. Respiraba fuerte pero con ritmo.
El grito de la sala circular los siguió los primeros treinta metros.
Después empezó a atenuarse, no porque hubiera terminado: la roca del túnel iba absorbiendo el sonido con la paciencia de una esponja muy vieja.
Pero no desapareció del todo. En algún punto de los huesos de Karl, detrás del esternón, el grito siguió sonando aunque el oído ya no lo registrara.
Llegaron al tramo de los depósitos.
Karl los vio primero porque Sophia, adelante, los había pasado sin detenerse. Los veinte montoncitos de tierra que habían visto al entrar, regulares, de medio kilo cada uno, dispuestos a lo largo de diez metros contra la misma pared del túnel.
El quinto desde la entrada no estaba.
En su lugar había una concavidad pequeña en la tierra del suelo, del tamaño exacto de un cuenco, con los bordes limpios y cortados por algo que había recogido el contenido con cuidado.
El aire por encima de la concavidad estaba bastante más frío que el del resto del túnel.
Karl lo notó al pasar, porque su mejilla izquierda lo notó antes que su cabeza.
—Erik —dijo, sin detenerse.
—Lo vi.
—¿Cuándo?
—Hace tres segundos.
Siguieron corriendo. No había tiempo para nada que no fuera llegar al muelle cuatro.
La explicación de la concavidad podía esperar; lo que importaba en ese instante era que el fuego detrás de ellos se propagaría ahora a las estructuras de madera del túnel y que todo el aire de la galería se estaba ya consumiendo más rápido de lo que lo reponía el río.
A los ciento sesenta metros el túnel se ensanchó y oyeron, por primera vez en casi media hora, el sonido del agua del Moldava contra la piedra del embarcadero.
Sophia estaba fuera.
La vieron contra el rectángulo gris de la boca del túnel, arrodillada, con el farol apoyado en una piedra y las dos manos sobre el pecho de Frederick.
Karl y Erik salieron detrás de ella. El aire libre les llegó con una violencia que Karl no esperaba: frío, hirsuto, mezclado con el olor del río y con algo más lejano que Karl tardó un segundo en identificar y que era humo.
Humo del norte. De Hradčany. Del sótano.
No subía todavía por el suelo. Subía por la colina. En media hora llegaría al primer vecino de la mansión Vránský. En una hora llegaría a la Gendarmería.
Erik se arrodilló junto a Sophia.
Sus manos ocuparon el lugar donde habían estado las de ella, con la transición exacta que hacían los médicos cuando relevaban a un familiar en la cabecera de un enfermo. Sophia retiró las suyas despacio. Las dejó apoyadas en el regazo. No se levantó.
Frederick estaba consciente, en algún sentido.
Los ojos abiertos pero opacos, como vidrio empañado por dentro.
La respiración audible: corta, rápida, con un pitido fino al final de cada exhalación que Karl había oído una vez en un tío abuelo suyo el día en que murió, y que se llamaba estertor agónico, pero que Karl ahora comprendía que podía significar cosas distintas según qué estuviera agonizando.
Erik puso dos dedos en la muñeca. La otra mano en el cuello. Esperó seis segundos.
—Todavía no hay pulso —dijo—. Pero la piel quema, y un cuerpo sin pulso debería estar enfriándose. Este sube. No es agonía normal.
Sophia miró a Erik.
—¿Qué es?
Erik tardó en responder.
—Algo que está decidiendo cuál de las dos cosas va a ser —dijo—. O humano que se muere. O lo otro que empieza.
—¿Cuánto tarda en decidir?
—No lo sé. —Erik le tocó la cara a Frederick con el dorso de la mano, notando el calor en la mejilla—. Pero cuando lo decida lo veremos.
Sophia miró la barcaza, amarrada todavía al noray donde Karl la había dejado hacía dos horas.
Miró el río. Miró la otra orilla, la Ciudad Vieja, casi toda a oscuras excepto por las farolas de gas de la ribera, una fila irregular de luces amarillas que se reflejaban en el agua oscura y que se deshacían en hilos al paso de la corriente.
—La barcaza —dijo, a Karl.
—Sí.
—¿Cuánto tarda en cruzar?
—Cuatro minutos si voy yo. Siete si vamos los tres con él.
Sophia miró a Frederick.
—No lo vamos a cruzar —dijo.
Karl entendió antes de que ella terminara la frase. Erik también. Los tres se miraron un segundo.
Frederick había pedido que lo quemaran antes de que volviera.
No había dónde quemarlo al otro lado del río sin testigos.
La mansión ardía ya. El sótano era inaccesible.
Y tampoco podían esperar: el cuerpo estaba decidiendo, en palabras de Erik, y si la decisión se iba hacia el lado equivocado iban a tener en los brazos algo que no querrían haber cargado.
Karl miró río arriba. El muelle cuatro estaba situado en una lengua de piedra que se adentraba dos metros sobre el agua, con las aguas más profundas a la derecha, hacia el canal principal.
El cuerpo podía ir al agua. Pero el agua era, para lo que venía, lo peor de todos los destinos posibles: agua corriente que iba a un río, y un río que iba al Elba, y el Elba que iba al mar del Norte, y el cuerpo llegando a algún sitio a lo largo de ese trayecto donde a alguien le resultaría mucho más difícil saber qué hacer con él.
—Aquí —dijo Erik, señalando la losa de piedra del embarcadero, seca en el centro porque los dos metros de techo del túnel la habían protegido de la lluvia—. Le queda alcohol en la garrafa pequeña. Queda lona en la barcaza. Queda una manta.
Karl fue a la barcaza. Recogió la lona y las dos mantas.
Volvió. Erik se quitó la levita para usar las mangas como guantes.
El cuerpo ya no estaba frío: el calor de Frederick había subido tanto en los últimos tres minutos que tocarle la piel empezaba a producir esa incomodidad que los manuales médicos llamaban calor máximo desregulado , y que Erik había visto dos veces en pacientes con tifus terminal y que nunca había visto en un cuerpo sin pulso.
Sophia se levantó. Se apartó tres pasos. No miró.
Entre Karl y Erik movieron a Frederick desde la arena hasta la losa de piedra.
Lo tendieron sobre la lona, con la manta de lana doblada bajo la cabeza porque ninguno de los dos pudo evitar ese último gesto de dignidad aunque ambos sabían que la cabeza no iba a notar el cambio.
Erik cogió la garrafa pequeña de alcohol.
La vertió sobre el cuerpo: despacio, con la regularidad del químico que dosifica, empezando por el pecho y bajando hacia las piernas y después subiendo hacia la cabeza, sin prisa y sin titubeo.
Cuando la garrafa se vació, Erik la dejó a un lado.
Se quedaron un momento los tres. La lluvia había parado en algún punto de la última media hora sin que ninguno lo hubiera registrado. El cielo seguía negro y bajo, pero no caía agua. Praga parecía concederles treinta segundos de atención limpia.
—¿Quién? —dijo Karl.
—Yo —dijo Sophia.
Karl la miró. No la contradijo. Le dio el mechero de alcohol, que Erik había recogido apagado del suelo del túnel y había vuelto a encender con una cerilla.
Sophia se acercó. Se arrodilló junto a Frederick.
Le puso una mano sobre la frente un segundo —seco, rápido, con el tipo de caricia que se hace cuando se comprueba que una fiebre alta ya ha pasado un límite— y después retiró la mano.
Se inclinó. Dijo algo en checo, muy bajo, dos frases cortas que ni Karl ni Erik intentaron oír.
Acercó la llama al borde del hombro izquierdo de la lona.
El fuego se propagó rápido. El alcohol al noventa y seis estaba en todas partes del cuerpo y la llama encontró combustible limpio.
En tres segundos Frederick estaba envuelto en una mortaja naranja que proyectó luz sobre el embarcadero y sobre la cara de Sophia, que se había apartado tres pasos y se había quedado de pie, con las manos juntas delante del vestido y la mirada en el fuego sin parpadear.
Karl la miró a ella, no al fuego.
Notó que no lloraba. Aquello tenía la calma del inventario completado, del folio final de un libro de cuentas que ha sido revisado y cerrado y dejado sobre la mesa con el cuidado que se le debe a los documentos que tendrán que defenderse por sí solos.
Erik, a tres pasos de Karl, tenía los dedos en el bolsillo del chaleco donde llevaba el reloj.
—Lo estoy cronometrando —dijo, en voz baja, sin sacarlo.
—¿Por qué?
—Porque si vuelve de esto, necesito saber cuánto tarda.
Karl lo entendió. Erik era médico. Lo era todavía, a pesar de todo lo que se había dicho a sí mismo en la escalera de su casa tres horas antes.
Un médico que ha decidido que algo que no conoce tiene que dejar de existir sigue siendo un médico lo suficiente como para tomarle el tiempo al proceso, por si acaso, por si algún otro médico, en algún otro caso, alguna vez necesita saber que se tardan seis minutos, o cuatro, o nueve.
Frederick ardió durante once minutos.
Los tres primeros fueron fuego de este mundo.
El alcohol prendió de golpe, con un golpe de aire caliente que les echó la cara hacia atrás a los tres, y la luz naranja saltó sobre el embarcadero, sobre el agua negra, sobre la piedra mojada.
Olía a alcohol, a tela, a pelo. La piel se ennegreció de los bordes al centro.
Los ojos abiertos y opacos se hundieron bajo los párpados.
Karl sentía el calor en la mejilla a dos metros, y a tres, y dio un paso más atrás, y seguía sintiéndolo.
Los cuatro minutos siguientes fueron otra cosa.