Capítulo 60 #3
Fue un crujido seco y metálico, como el que hace un plomo que lleva cuatrocientos años aguantando presión y de repente cede en un punto. Karl vio a Erik girar la cabeza por un instante hacia el arcón. No se detuvo. Siguió con el mechero.
Cuarenta. Cuarenta y cinco.
Erik llegó a la última caja.
Prendió la mecha.
Echó a correr hacia el túnel con la zancada larga y poco elegante del hombre que nunca ha tenido que correr para salvar la vida y que está descubriendo que el cuerpo sabe hacerlo aunque la cabeza no lo haya practicado.
Soltó el mechero en el suelo al cruzar el umbral.
El mechero rodó dos metros dentro del túnel y se apagó contra la pared.
Detrás de él, la sala circular se convirtió en fuego.
Karl no esperó a Erik. Echó a correr por delante, sin luz, con los pasos de memoria, buscando el farol de Sophia muy adelante en la negrura.
El calor le llegó a la espalda antes que el sonido: una bofetada seca, química, que le hervía la nuca y le secaba la garganta de un trago.
Detrás, la sala circular rugía. El aire del túnel se volvió espeso, ácido, irrespirable.
Cada bocanada raspaba como tragar arena caliente.
Treinta metros. A los cuarenta lo alcanzó el humo —negro, sin oxígeno dentro— y de pronto Karl corría ciego, los ojos llorando, el farol de Sophia reducido a una mancha que latía y desaparecía.
Y entonces, por encima del fuego, empezó el grito.
No era humano. No era animal. Salía de la sala circular largo, sostenido, subiendo de tono: el sonido de algo que llevaba cuatrocientos años sin garganta y acababa de descubrir que todavía tenía una. No le llegó por los oídos. Le llegó por el esternón, por los dientes, por la raíz de las muñecas.
Karl tragó humo. No se giró. Corrió.
Al otro lado del río, en la posada U Zlaté Studně , el huésped de la habitación cuatro se apartó de la ventana por primera vez desde el anochecer.
No corrió. No recogió nada. Abrió la puerta de la habitación cuatro, bajó los tres peldaños del descansillo, cruzó el vestíbulo donde el posadero Brouček dormía con la cabeza sobre el libro de registro sin haber sentido pasar una sombra por delante, y salió a la calle.
En el umbral se detuvo un instante.
El hombre de los guantes grises lo esperaba en la acera de enfrente, bajo la lluvia, con un carruaje de viaje cerrado y cuatro caballos enganchados que no relinchaban.
El cochero miraba al frente, inmóvil, con la paciencia profesional de los hombres que cobran por adelantado y no preguntan a quién esperan.
El Conde subió al carruaje.
El hombre de los guantes grises cerró la portezuela y subió al pescante junto al cochero.
El carruaje se puso en marcha hacia el norte, hacia la puerta de la muralla de Poříč, con la dirección que lo sacaba de Praga por el camino que conducía, en pocos días, a los ferrocarriles que iban hacia el este, hacia el Danubio, hacia los puertos donde los barcos sin registro podían cargar lo que llegara sin hacer preguntas.
En Hradčany, siete metros bajo tierra, una sala circular llena de fuego y siseos cancelaba una custodia que había durado cuatrocientos treinta y ocho años.
En la sacristía de San Nicolás, vacía, el De Daemonibus seguía cerrado con llave en su estante del armario litúrgico, detrás de los ornamentos en desuso.
Y en el vestíbulo de la Mansión Vránský, arrodillado sobre el umbral que separaba el vestíbulo del pasillo, Gabriel Novotný terminó de leer la última línea de la página ciento cuarenta y siete del misal, cerró el libro con las dos manos, y se quedó en esa postura unos segundos más con los ojos cerrados, esperando a sentir lo que el libro había prometido que iba a sentir.
No sintió dolor.
No sintió frío.
Sintió, con la misma claridad con que un hombre reconoce el gesto familiar de una persona querida en una multitud, que algo al noreste de Praga — una cosa en movimiento, con peso, viva con una vida que no era la suya — acababa de volverse en la dirección exacta en que él estaba arrodillado, y lo había reconocido, y había guardado esa información en el lugar de sí mismo donde guardaba todas las informaciones que no olvidaba nunca.
Gabriel se levantó.
Las rodillas le dolieron. Los dedos estaban entumecidos. Todo lo demás era suyo, todavía, en la forma ordinaria en que los cuerpos son de sí mismos después de haber hecho algo que no se deshace.
Recogió la bolsa de cuero. Guardó el misal. Guardó el recipiente del agua bendita.
Se quitó la estola. La dobló sobre el brazo izquierdo con el mismo cuidado con que la había doblado miles de veces en la sacristía después de una extremaunción. La metió en la bolsa.
Miró el vestíbulo de la mansión Vránský por última vez.
Después caminó hacia la puerta principal, que seguía entreabierta como la había dejado el intermediario al marcharse, y salió a la lluvia de Hradčany a buscar el camino que bajaba a Malá Strana por la rampa de palacio.
Tenía que llegar a la sacristía.
Tres personas le estaban esperando al otro lado de la ciudad, si todo había salido bien.
Y si no había salido bien, tenía que estar allí para saberlo.