Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 60 #2
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Capítulo 60 #2

Después, desde dentro de la caja, llegó el mismo siseo que había salido del arcón central. Más pequeño. Más agudo. Pero idéntico en naturaleza.

Karl pasó a la segunda caja. Erik, que había dejado la jeringa vacía en el suelo y había cogido la garrafa pequeña de alcohol puro, empezó a verter alcohol sobre las cajas del círculo exterior.

Vertía menos: solo una línea fina a lo largo del tapón de cada caja.

El alcohol era el iniciador. El cloruro de zinc era el compuesto. El fuego vendría después.

Era el plan.

Estaba funcionando.

Karl contaba en voz baja mientras vertía las cajas, no los segundos: una, dos, tres, cuatro . Erik contaba las suyas: cinco, seis, siete . Entre los dos cubrirían las cincuenta en algo menos de cuatro minutos si no se equivocaban y si nada interrumpía.

Fue entonces cuando Frederick se desplomó.

Más que caer, se plegó. Las piernas cedieron primero, después la cintura, después los hombros, con la secuencia ordenada de un edificio que se demuele desde los cimientos hacia arriba.

Karl lo vio caer por el rabillo del ojo y no se detuvo, porque Erik estaba más cerca y porque el plan no permitía detenerse.

Erik sí se detuvo.

Un segundo. Dejó la garrafa de alcohol en el suelo y se arrodilló junto a Frederick. La mano izquierda en el cuello buscando el pulso carotídeo con la precisión automática que conservaba de veinte años de ejercicio. La mano derecha en el pecho, entre las clavículas. Los dedos contando.

—¿Qué? —⁠preguntó Karl, sin dejar de verter.

Erik no respondió de inmediato.

—No hay pulso —⁠dijo al fin⁠—. Pero la temperatura está subiendo.

—¿Subiendo?

—La piel, bajo mi mano —⁠dijo Erik⁠—. Un cuerpo se enfría cuando el corazón se para.

Este se está calentando. —⁠Levantó la mano del pecho, despacio⁠—.

Frederick ha muerto. Pero lo que lo ocupaba no ha terminado con él.

—⁠Se quedó un segundo mirando a Frederick con la concentración de quien revisa algo que ya creía cerrado⁠—.

La sustancia sigue trabajando el cuerpo.

Frederick abrió los ojos por última vez.

Miró a Erik. Solo a él. Y con un esfuerzo que Karl no habría creído posible en un hombre sin pulso, movió los labios y emitió dos palabras que hubo que acercarse para oír.

—Quémenme —⁠dijo⁠—. Antes de que vuelva.

Cerró los ojos.

Sophia se había acercado, en algún momento que Karl no había registrado, desde el umbral hasta el borde del arcón.

Estaba de pie junto a Frederick. Lo miraba sin acercarse más, sin arrodillarse, sin tocar.

Era la mirada con la que se despide uno de alguien a quien nunca ha tocado en vida y a quien no va a empezar a tocar ahora, pero al que tampoco va a negar con la distancia lo que los dos saben que han sido.

Dijo algo en voz muy baja, en un checo que Karl no entendió del todo, y que tampoco se esforzó en entender porque no estaba dirigido a él.

Después se apartó.

—Sigue —⁠dijo, a Karl.

Karl siguió. Caja ocho. Caja nueve. El olor del cloruro de zinc mezclado con el del alcohol había saturado el aire de la sala circular hasta el punto en que los tres respiraban por la boca para no marearse, y la cercanía de la llama azul del mechero de alcohol de Erik sobre el taburete central era ahora el factor que más preocupaba a Karl, porque cualquier gota derramada fuera de una caja y arrastrada por la pendiente mínima del suelo podía alcanzarla.

Erik volvió a la operación. Recogió la garrafa de alcohol del suelo. Retomó desde donde había dejado. Sus manos estaban firmes. Karl no sabía cómo.

Caja quince. Caja dieciséis.

El arcón central, detrás de ellos, respiraba ahora con una frecuencia irregular.

El sonido había empezado siendo una inhalación larga y se había convertido en algo más parecido a una respiración consciente que va tomando el ritmo.

Y cuando lo encontró, por debajo del siseo empezó a latir algo: grave, sordo, regular.

No era un latido —⁠ninguna sangre lo movía⁠—, pero tenía la forma exacta de uno; la misma que Erik había encontrado, imposible, en el pecho de los cadáveres vaciados de la primera semana.

El arcón acababa de ponerse un corazón. Karl no miró atrás.

Erik tampoco. Sophia, de pie junto al cuerpo caído de Frederick, miraba a ratos el arcón y la escalera que subía al sótano oeste, con la atención dividida del que vigila dos cosas a la vez porque sabe que cualquiera puede cambiar primero.

Caja veinte. Caja veintiuno.

Erik cogió el mechero de alcohol del taburete.

La llama azul se alargó en el desplazamiento y volvió a su forma al estabilizarse.

Erik lo sostuvo a la altura del pecho, cuidando la corriente de aire, y empezó a caminar hacia el círculo exterior con la prudencia del técnico que ha calculado la distancia mínima de seguridad y no se permite acortar ni un centímetro.

—Cuando dé la señal —⁠dijo⁠—, salgan los dos. Por el túnel. Sin esperar.

Sophia lo miró.

—¿Los dos?

—Tú con Frederick. No podemos dejarlo aquí aunque pese lo que pese. —⁠Erik no giró la cabeza hacia ella; tenía los ojos en la llama⁠—. Lo que pidió se le cumple. Pero no en este sótano. Afuera.

Sophia tardó un segundo en comprender. Después asintió.

Se arrodilló junto a Frederick. Le pasó los brazos por debajo de los hombros, calculando el ángulo, y tiró hacia atrás.

Frederick se movió como se movería un hombre de setenta kilos inconsciente: todo él peso muerto y articulaciones sueltas.

Lo desplazó medio metro y tuvo que parar, con los brazos temblando. Sola no iba a poder.

Karl se acercó a ayudar. Erik no lo detuvo: eran tres segundos de margen que el plan podía absorber.

Entre los dos lo arrastraron por el suelo hasta meterlo en la boca del túnel; los talones de Frederick dejaban dos surcos paralelos en la tierra apisonada.

Allí Karl tuvo que soltarlo: las cajas no esperaban.

Sophia cogió el farol. A partir de ahí fue ella sola.

El suelo liso dejaba resbalar el cuerpo si tiraba con las dos manos del cuello del abrigo: un palmo cada vez, clavando los talones, parando a respirar, volviendo a tirar.

Avanzaba más despacio que un hombre caminando, pero avanzaba.

Karl no miró cómo se alejaban.

Caja treinta. Caja treinta y uno.

—Últimas diez —⁠dijo Erik⁠—. Yo las termino. Váyase a ayudarla.

—No.

—Karl.

—No.

Era la segunda vez en la semana que Karl decía no a Erik Schwartz en un momento en que el médico tenía razón. Erik no discutió. Siguió con el mechero a la altura del pecho, calculando la primera línea de fuego.

Caja cuarenta. Caja cuarenta y uno. Caja cincuenta.

Karl se detuvo. Erik se detuvo.

Las cincuenta cajas estaban empapadas. El arcón central seguía siseando, y el sonido se había convertido en una vibración de la piedra del suelo que llegaba por las suelas de las botas. El olor químico en el aire era ahora tan denso que Karl notaba la lengua gruesa.

Erik lo miró.

—Salga —⁠dijo.

—¿Usted?

—Yo prendo y salgo. No puedo prender y salir a la vez si no hay nadie al final del túnel con el farol. Necesito referencia visual. Váyase al primer recodo. Cuando vea la luz del fuego detrás, corra.

Karl asintió.

Echó a correr por el túnel, tropezando en los primeros pasos con algo que había quedado en el suelo —⁠una de las lonas que había usado Sophia para envolver a Frederick, descartada a tres metros de la entrada⁠— y recuperando el equilibrio sin caer.

La luz del farol de Sophia se veía ya lejos, treinta metros adelante, moviéndose por el codo de la galería hacia la bifurcación.

Llegó al primer recodo. Se giró.

Desde allí veía la entrada de la sala circular como un rectángulo naranja opaco al fondo del túnel, con la silueta de Erik contra la luz de las cincuenta mechas de alcohol que acababa de empezar a prender con el mechero.

Una. Dos. Cinco. Erik se movía alrededor del círculo exterior con la regularidad de un metrónomo, tocando el alcohol de cada caja con la llama y pasando a la siguiente.

El fuego se propagaba por detrás de él, envolviendo la madera del tapón y subiendo en una línea azul que dos segundos después se volvía naranja.

Veinte. Treinta.

El arcón central crujió.