Capítulo 60
Cuando el arcón dejó de pulsar, la primera cosa que cambió fue la presión del aire.
Karl no supo describirlo. Fue como si el espacio circular hubiera estado conteniendo una respiración muy larga y al soltarla las paredes se hubieran retirado dos centímetros hacia atrás.
La llama del mechero de alcohol de Erik, que ardía azul y recta sobre el taburete portátil, se inclinó un milímetro hacia el centro.
Volvió a su vertical un segundo después. Pero se había inclinado.
Frederick abrió los ojos.
Los abrió con la apertura pequeña y parpadeante del hombre que se despierta después de una anestesia larga y no está seguro de dónde está.
Nada del Centinela de las últimas semanas.
Miró el techo abovedado. Miró el farol de Sophia en el umbral.
Miró a Karl, que estaba con la garrafa de cloruro de zinc en la mano y los dedos todavía sin destapar la rosca.
—Abogado —dijo. Y la voz sonaba ahora plena, la voz de Frederick Vránský que había recibido a Karl la noche del once, en el salón con la chimenea encendida, con la cortesía cansada del hombre que hace cuarenta años de anfitrión por costumbre heredada.
Karl no habló. Tenía la impresión de que cualquier palabra podía romper lo que fuera que estaba sosteniendo esa voz.
—Tienen poco tiempo —dijo Frederick—. El arcón está cancelado. El plomo y la tierra siguen ahí. En cuatro minutos, quizás cinco, empezará a reactivarse.
Karl lo miró. La pregunta no la formuló, pero estaba en su cara.
—Lo que hizo el sacerdote me ha soltado un momento —dijo Frederick, sin entonación de pregunta—. No va a durar. El momento es para ustedes.
Erik se había girado desde el taburete. Tenía la jeringa de latón en la mano derecha y la garrafa pequeña de alcohol puro en la izquierda, a medio abrir.
—¿Reactivarse? —dijo.
—El plomo recuerda —dijo Frederick—. Vuelve. Como un reloj parado al que alguien le da cuerda.
Karl miró el arcón. Era la primera vez que lo veía con luz suficiente para examinarlo.
Era de madera oscura reforzada con bandas de hierro, del tamaño de un baúl de viaje largo, con los cantos redondeados por el uso.
La madera tenía la textura de algo que ha estado en contacto con agua muchas veces.
En el lateral izquierdo, pegada con engrudo sobre la madera, había una etiqueta de envío. Impresa en tipografía de imprenta, no manuscrita, con tres sellos de tránsito superpuestos en el margen derecho.
Karl se agachó para leerla.
El remitente era la Karpatia Speditionsgesellschaft , Trieste: el mismo agente expedidor que figuraba en el Manifiesto de Carga que Sophia había sacado de la biblioteca semanas antes, aunque con un número de referencia distinto, de otra serie.
La fecha de expedición: octubre de 1880.
Las cajas habían viajado por el Danubio; el arcón, por el Adriático: dos envíos hermanos despachados por la misma casa, por rutas distintas, para no figurar juntos en ningún registro.
Y el destino: Carfax, Purfleet, condado de Essex, Inglaterra.
La dirección estaba impresa con la misma tipografía que el resto. Había sido preparada con la etiqueta, en octubre, antes de que el arcón llegara a Praga. Antes de que Karl firmara el contrato. Antes de que ninguno de los cuatro supiera nada.
Praga había sido solo una escala para el arcón.
Frederick se levantó.
Fue el movimiento intermedio de alguien que está calculando cada articulación antes de usarla, que ha olvidado si las rodillas todavía obedecen y lo comprueba un grado cada vez. Se apoyó en el lado este del arcón con la mano abierta. La mano tembló. Se estabilizó.
Miró a Sophia.
Estaba en el umbral del túnel, a diez pasos, con el farol levantado y la chaqueta de Jan abotonada hasta el cuello.
Sostuvo la mirada de Frederick con la misma quietud con que la había sostenido antes.
Pero ahora Karl vio que en su cara había algo que no había estado allí hace un minuto: reconocimiento.
—Tío —dijo Sophia.
Era la primera vez que Karl se la oía usar esa palabra.
Frederick cerró los ojos. Los abrió. Alargó la mano hacia la levita negra doblada a su lado, la que había llevado la tarde del quince, y del bolsillo interior sacó un sobre pequeño, de cuatro pliegues, con un sello de cera roja intacto. Lo sostuvo un instante antes de tendérselo a Sophia.
—Una carta de tu padre —dijo—. Sellada.
No la he abierto. La tuve escondida en el estudio, clavada bajo el cajón del escritorio, desde el veintitrés de octubre, antes de que esto llegara, porque sabía que tenía que esconder algo aunque todavía no supiera por qué.
Antes de bajar aquí la saqué de allí. No quería que ardiera con la casa.
Sophia no se movió.
—¿De mi padre?
—Para ti. De cuando su enfermedad empezaba y todavía podía escribir.
Me pidió que te la diera cuando entendiera algo que él no quiso nombrar.
Yo no lo entendí en aquel momento. Hoy sí.
—Una pausa. Frederick respiró de una manera que parecía más el hábito de respirar que la necesidad—.
Ábrela cuando estés fuera de esta casa. No antes.
Sophia tomó el sobre. Se lo metió en el bolsillo interior sin mirarlo. Asintió una sola vez. Con la economía del recibo.
Frederick se volvió hacia Karl.
—El arcón —dijo. Y después, con una certeza que no parecía aprendida, que no parecía de nadie—: Se abre para mí. No sé por qué. Lo sé como se sabe el camino a casa.
—En 1744 lo intentaron tres hombres con palancas —dijo Sophia desde el umbral, sin levantar la voz—. Y otros dos en 1851. Está en los libros de la casa. El plomo no cedió.
Karl miró el arcón. Era una caja alargada de plomo oscuro, de dos metros y medio de largo por ochenta centímetros de ancho, con los cantos reforzados con flejes de hierro del siglo XV.
No tenía cerradura visible. La tapa estaba ajustada a presión sobre el cuerpo, sellada con una masa negra que Karl había supuesto que era resina y que ahora comprendía que era algo distinto.
—Va a abrirlo —dijo.
—Sí.
—¿Y después?
Frederick no respondió. Puso las dos manos sobre la tapa del arcón, una en cada extremo.
La tapa, que habría necesitado cuatro hombres para levantarla por su peso, cedió bajo sus dedos con la suavidad de una cosa que conoce a la mano que la toca.
Se elevó tres centímetros. Frederick la corrió hacia un lado con un movimiento controlado.
La tapa se deslizó sobre el canto del arcón con un siseo mínimo, como el que hace la piedra sobre la piedra cuando ambas han sido talladas por la misma mano.
Dentro había tierra.
Nada de ataúd, nada de cuerpo: tierra negra, densa, en apariencia inerte, hasta que uno miraba más de dos segundos y entonces se daba cuenta de que respiraba.
No con la respiración de los organismos vivos.
Con la respiración lenta y paciente de una cosa que había estado respirando así durante cuatrocientos años y que no iba a parar por una sola negación litúrgica pronunciada por un sacerdote indigno a seis metros sobre su superficie.
Erik se acercó con la jeringa. Los pasos medidos. La mano izquierda buscó el borde del arcón, lo rozó con las yemas para calcular la altura exacta. Su cara había perdido todo color pero los músculos de la cara estaban en el sitio en que los ponía cuando operaba: relajados, atentos, sin exceso.
Erik miró el rectángulo de tierra. Si aquello se comportaba como un cuerpo —y toda esa semana le había dicho que se comportaba como un cuerpo—, lo que buscaba estaría hondo, en el centro de la masa, donde un órgano queda a resguardo.
Calculó el centro con la mirada. Diez centímetros, pensó. Quizá más.
Frederick no dijo nada. Aquello ya no era asunto suyo.
Acercó la jeringa. El émbolo era de latón pulido, cincuenta mililitros, con una aguja de acero más larga que el dedo índice de Karl.
Metió la aguja.
La tierra cedió los primeros tres centímetros y después se resistió.
La resistencia era buena señal: significaba que había algo sólido que alcanzar.
Erik empujó con la palma de la otra mano sobre el cuerpo de la jeringa, despacio, con una fuerza controlada, la de quien lleva veinte años poniendo inyecciones.
La aguja entró. Diez centímetros. Once. Se detuvo.
Presionó el émbolo.
El compuesto bajó del cuerpo de la jeringa a la aguja y de la aguja a la tierra, cincuenta mililitros en seis segundos, con la fluidez de un líquido denso pero no demasiado.
Cuando el émbolo llegó al fondo, Erik lo sostuvo tres segundos más antes de retirar.
Esa pausa era protocolo médico: permitir que la presión interna se iguale antes de extraer, para no dejar un trayecto hueco al salir.
Retiró la aguja.
La tierra se cerró detrás de ella sin dejar marca.
Hubo un segundo de silencio.
Después, desde dentro de la tierra negra del arcón, empezó a salir un siseo.
El siseo de algo muy grande inhalando muy despacio, con la sorpresa mínima de un animal que ha recibido un pinchazo que no esperaba. La tierra no se movió. Pero el aire que salía del arcón se caldeó de golpe. Karl lo notó en la mejilla derecha, que estaba vuelta hacia el rectángulo abierto.
Frederick dio un paso atrás.
—Ahora las periféricas —dijo—. Deprisa. Antes de que el arcón entienda lo que le han hecho.
Karl abrió la primera garrafa.
El tapón de rosca saltó con un pop pequeño.
El olor del cloruro de zinc inundó la sala circular de golpe, fuerte, penetrante, con esa agresividad química que a Karl siempre le había recordado los despachos de los forenses de Berlín a los que había tenido que ir dos veces en su carrera.
Vertió el contenido sobre la primera caja del círculo interior, dejando que el líquido empapara la madera del tapón y se filtrara al interior.
La tierra de esa caja, visible a través de la rendija, absorbió el cloruro de zinc con la misma pasividad con que había absorbido el agua de las filtraciones durante siglos.
Durante un segundo no pasó nada.