Capítulo 59 #3
Siguió sentado. Siguió con la rata en la mano. La miró con la misma neutralidad con la que había mirado todas las cosas en las últimas semanas. Y después, con una lentitud deliberada, bajó la mano. Dejó la rata en el suelo junto a la levita doblada.
Se limpió la barbilla con el dorso del puño.
Se limpió los dedos contra la camisa.
Miró a Karl.
—Abogado —dijo.
Era la primera palabra que Karl le oía en seis días.
La voz sonaba distinta. Más baja. Más seca.
Como si el aparato vocal hubiera dejado de ser del todo un aparato vocal y se hubiera convertido en algo que usaba el aire por costumbre.
Karl recordó sin quererlo el grabado del libro de Ignaz que Gabriel le había descrito una vez: el cuerpo saliendo de la tierra con dos corazones dibujados en el pecho, uno muriendo, el otro despertando.
Frederick estaba hablando con el que se apagaba.
El otro todavía no había terminado de tomar la voz.
—Frederick —dijo Karl.
—Llega tarde.
—Lo sé.
Erik había entrado detrás. Sophia se quedó en el umbral con el farol levantado, como habían acordado, diez pasos atrás. Ninguno de los tres se movía. El arcón seguía pulsando: uno, dos, tres, cuatro.
Frederick miró a Sophia.
Fue una mirada de inventario. Como quien repasa una partida en un libro de cuentas. Sophia le sostuvo la mirada sin apartar los ojos, con el farol firme en la mano, y Karl notó que no había miedo en la cara de ella. Había cálculo.
Frederick habló.
—No borré el mapa —dijo, a Sophia.
Sophia no respondió.
—Lo tuve delante —continuó Frederick, con esa voz baja y seca—. Con las manos a los lados del cuerpo. No las moví. —Una pausa—. No lo decidí. Las manos no obedecieron la orden. No sé por qué.
Sophia tardó en responder.
—Gracias —dijo, al fin. Con la voz plana del recibo.
Frederick asintió una sola vez.
Después miró a Karl. Y por primera vez en la escena hubo un gesto pequeño en su cara que no era Centinela: una tensión en la comisura izquierda, casi una sonrisa, pero una sonrisa que no había sabido terminar de formarse porque los músculos que la habrían formado llevaban semanas sin hacer ese uso.
—Ha venido con compuesto químico —dijo Frederick—. Lo huelo.
—Sí.
—Y con un sacerdote. Aunque el sacerdote no ha bajado al sótano.
—No.
—Está en el umbral de arriba. —Frederick inclinó la cabeza hacia el techo, como si pudiera oírlo a través de seis metros de piedra—. Pronunciando algo.
—Sí —dijo Karl.
Frederick miró el arcón detrás de él, al que estaba apoyado. El arcón seguía pulsando. Pero entre el tercer y el cuarto golpe del último ciclo, Karl notó algo distinto: un temblor. Un titubeo mínimo en el ritmo, como cuando un reloj muy preciso se atrasa una fracción de segundo.
El ritmo volvió a estabilizarse.
Pero había titubeado.
Frederick lo había notado también. Volvió a mirar a Karl.
—Gabriel está pronunciando algo que el arcón siente —dijo—. Hace diez segundos no lo sentía. Ahora sí.
Karl dejó la garrafa en el suelo al pie de la caja.
—¿Usted lo siente?
—Yo soy parte de él, abogado. —La voz de Frederick era tranquila, casi pedagógica—.
Lo que el arcón siente, yo lo siento. Lo que el arcón decide, yo lo obedezco.
Si dentro de treinta segundos el arcón decide que lo que ustedes han venido a hacer es inaceptable, yo me pondré de pie y haré lo que sea necesario para impedirlo.
No por mi voluntad. Porque esa voluntad ya no está disponible.
Erik había sacado el mechero de alcohol del bolsillo del chaleco.
—¿Cuánto margen? —preguntó, a Frederick, con la voz clínica de siempre.
Lo miró. Apreció la pregunta.
—No mucho. Treinta segundos. Cuarenta si el umbral se resiste.
—El umbral no se resistirá —dijo Karl.
—No —dijo Frederick—. No se resistirá.
Hubo un silencio de dos segundos. El arcón pulsó otra vez. Titubeó otra vez. El titubeo duró más.
Frederick habló por última vez, con esa voz baja que ya no era su voz pero que por un instante, un instante muy breve, volvió a serlo.
—Hagan lo que vinieron a hacer —dijo—. Dense prisa. Y si sobreviven, díganle a Sophia que el mapa no fue lo único que no borré.
Cerró los ojos.
Erik encendió el mechero de alcohol.
Karl empezó a destapar la primera garrafa.
Arriba, en el vestíbulo de la mansión, Gabriel Novotný llegó a la séptima línea de la página ciento cuarenta y siete del misal y pronunció en voz alta, por primera vez en la noche, las palabras que iban a costarle todo lo que le quedaba.
—Benedictionem loci quae Novacensis familia suscepit in anno Domini millesimo quadringentesimo quadragesimo secundo, ego, indignus sacerdos Gabriel, revoco et infirmo in perpetuum.
El arcón dejó de pulsar.
No durante un segundo. Del todo.
Y en la posada U Zlaté Studně , al otro lado del río, el huésped de la habitación cuatro, que había estado de pie junto a la ventana desde hacía una hora sin moverse, inclinó la cabeza un centímetro.
Con el mismo gesto exacto con que la había inclinado al entrar en el vestíbulo de Brouček dos noches antes.
Como quien confirma algo que ya sabía.