Capítulo 59 #2
Sacó el recipiente del agua bendita. Lo dejó en el suelo junto al misal.
Sacó la cruz pectoral. La sostuvo un momento en la mano. No se la colgó al cuello: la metió en el bolsillo interior de la sotana, al lado del pecho, en el mismo lugar donde durante veinte años había llevado el otro crucifijo.
Se arrodilló.
No en el centro geométrico del vestíbulo: justo en el umbral que separaba el vestíbulo del pasillo que conducía al estudio.
Había calculado ese punto la noche anterior, todavía sin el plano de Sophia, sobre un croquis propio que había trazado de memoria y medido con la regla de la sacristía la línea donde la casa pasaba de ser un espacio de tránsito a ser un espacio de residencia.
El umbral no era la puerta principal. El umbral era el punto donde la propiedad empezaba a ser propiedad en el sentido canónico: donde dejaba de ser acceso y pasaba a ser interior.
In limine proprietatis.
Gabriel apoyó las dos manos en el misal abierto.
Miró la página.
La página llevaba cuatro siglos esperándolo, según las cuentas del Documento A y de las firmas de Hofmann.
Cuatro siglos en el armario litúrgico de una sacristía de Malá Strana, en un libro que en teoría era un breviario corriente pero que en la página ciento cuarenta y siete contenía, entre dos fórmulas ordinarias de bendición de aguas, la negación que cancelaba la Benedictionem loci .
Alguien había copiado esa página allí en una fecha que no podía precisarse. Alguien que sabía.
Gabriel empezó a leer.
No en voz alta al principio. Movió los labios.
Las palabras salían como habían salido todas las oraciones de los últimos veinte años: automáticas, latinas, precisas, con el peso muerto del rito que ya no funciona aunque el oficiante sepa cómo recitarlo.
Gabriel había dejado de consagrar en octubre sin decírselo a la diócesis.
No era la primera vez que su voz pronunciaba algo que ya no le pertenecía.
Pero esta no era una consagración.
Era lo contrario.
Ego, sacerdos indignus…
* * *
SÓTANO OESTE — SALA CIRCULAR. 23:01 h.
Karl no vio a Frederick al principio.
La sala circular tenía ocho metros de diámetro, con el arcón central elevado sobre una plataforma de piedra a la altura de una mesa de comedor.
Las cincuenta cajas periféricas estaban dispuestas en dos círculos concéntricos alrededor, con pasillos radiales que permitían caminar entre ellas.
El techo abovedado, de ladrillo antiguo, goteaba en tres puntos distintos con la constancia ciega de las filtraciones que llevan siglos abriéndose paso.
Las paredes eran de granito. El aire era irrespirable y, para su sorpresa, seco: el plomo del arcón y la Terra Patrum dentro de las cajas había creado un microclima que la humedad del río no conseguía penetrar.
El pulso del arcón era ahora audible.
Un golpe lento cada tres segundos. Un golpe más fuerte cada treinta.
Sophia se detuvo dos pasos dentro del umbral. Levantó el farol.
Karl entró detrás con las dos garrafas. Dejó una al pie de la primera caja periférica del círculo exterior izquierdo.
Cogió la otra y avanzó hacia el círculo interior, caminando por el pasillo radial norte con la atención del hombre que sabe que el sonido de sus propios pasos va a ser registrado por algo que no puede ver.
Fue entonces cuando vio a Frederick.
Estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el lado este del arcón central, en el espacio entre el arcón y las cajas del círculo interior.
Tenía las piernas estiradas, los pies descalzos, la camisa sin almidón abierta hasta el pecho.
La levita negra que había llevado la tarde del quince estaba doblada a su lado como una manta que hubiera dejado de servir.
Los ojos abiertos, clavados en algo del techo que solo él veía.
En la mano derecha, un trozo de pelo y hueso que Karl tardó dos segundos en identificar.
Una rata.
Muerta. El cuello roto en un ángulo imposible.
Frederick estaba inclinado sobre el cuerpo con las dos manos abiertas sobre el delantal manchado de la cocinera, sin saber, era evidente que sin saber, qué tenía que hacer con ellas ahora que el gesto había terminado.
La mancha en la barbilla del hombre que fue el barón Vránský era ceniza.
Frederick se había arrastrado por el suelo de carbón del fogón antes de matarla, y la había encontrado allí, agazapado, esperándola en la penumbra.
El hombre que en este momento era el Centinela que custodiaba el arcón de Drácula mientras el arcón completaba la vascularización final de la tierra de Praga no parecía ya un asesino.
Parecía un niño grande sentado al lado de algo que él mismo no había decidido del todo.
Frederick los vio entrar.
Karl estaba preparado para muchas cosas. No para esto. Se quedó un momento inmóvil, con la garrafa suspendida en el aire a medio camino entre el pasillo radial y la caja donde tenía pensado depositarla.
Frederick no se movió.