Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 59
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Capítulo 59

El muelle cuatro olía a madera podrida y a pescado seco de hacía una semana.

Karl bajó el primero, con la linterna de aceite apagada en la mano izquierda y las dos garrafas de cloruro de zinc balanceándose en la derecha.

La escalera de piedra del embarcadero tenía los peldaños gastados en el centro, con un brillo oscuro de humedad que los hacía resbaladizos incluso con las botas secas.

Los suyos no estaban secos. Contó los siete peldaños por reflejo, de arriba abajo, y pensó que en otra vida un abogado berlinés nunca habría bajado a un embarcadero abandonado de Praga a las diez cuarenta de la noche con dos garrafas de un producto químico bajo el brazo, y que saber reconocer eso era tal vez lo único que le quedaba de aquel abogado.

Detrás de él bajaron Erik y Sophia.

Erik con la jeringa de latón en el bolsillo interior de la levita, el mechero de alcohol de su padre en el bolsillo del chaleco, y en la mano izquierda la tercera garrafa, la más pequeña, la de alcohol puro al noventa y seis por ciento.

Sophia con la chaqueta de Jan abotonada hasta el cuello, el crucifijo de hierro en el bolsillo interior, y en las manos un farol de aceite encendido a la mitad para que la luz no se viera desde el río.

La barcaza estaba donde Karl la había encargado al sargento Vodička aquella mañana: atada al último noray del muelle, pequeña, de fondo plano, del tipo que los pescadores del Moldava usaban para moverse entre los remansos de la orilla.

Vacía. Dentro, bajo el asiento de popa, una lona enrollada que al desplegarse reveló lo que Karl había pedido: tres mantas de lana, un farol de reserva con aceite, una cuerda gruesa de veinte metros, y una palanca de hierro del tipo que los carreteros llevaban para desatascar ruedas de los surcos del empedrado.

Vodička había entendido.

Karl cargó las garrafas en el centro de la barcaza.

Sophia pasó a bordo con una ligereza que le sorprendió en alguien que llevaba diecinueve horas sin dormir.

Erik entró último. Karl soltó el cabo del noray, empujó con el pie contra la piedra del muelle, y la barcaza se deslizó hacia la oscuridad del río.

Nadie habló.

El Moldava a las once menos veinte de la noche del dieciocho de noviembre era un animal plano y lento, con la superficie picada por la lluvia que seguía cayendo.

La corriente los empujaba hacia el sur, hacia el Puente de Carlos, pero ellos no iban al sur.

Karl cogió el remo único y empezó a llevar la barcaza hacia el norte, pegado a la orilla de Malá Strana, en silencio, con los golpes del remo amortiguados por la profundidad.

Trescientos metros río arriba, donde la ladera de Hradčany empezaba a elevarse sobre la orilla, había una entrada baja en la piedra del muelle antiguo.

Karl la había visto en los planos del Documento B, superpuesta a la red medieval de galerías.

El inspector municipal de octubre la había descrito como acceso fluvial, altura 1,60 m, anchura 1,40 m, cegada desde el siglo XVII.

El mismo inspector, en la hoja siguiente del expediente, había anotado que las marcas de arrastre en la tierra del tramo siguiente indicaban el paso reciente de objetos de gran peso, transportados sin ruedas, arrastrados por varios hombres.

La galería no estaba cegada. Nunca lo había estado, en los términos que al Conde le importaban.

Llegaron.

Karl ató la barcaza a un saliente de piedra.

Sophia subió la primera, con el farol, y la luz amarilla reveló el arco bajo: piedra medieval, pátina de siglos, y en el dintel una cruz griega casi borrada por el agua y el tiempo.

Detrás de la cruz, la boca del túnel se abría hacia dentro de la colina con la oscuridad plana de los sitios donde el aire no ha circulado nunca del todo.

Sophia miró la cruz en el dintel.

—No sirve —⁠dijo, en voz baja, sin que quedara claro si se lo decía a los otros dos o a sí misma.

—No —⁠dijo Erik.

Entraron.

El túnel era más estrecho de lo que Karl había imaginado a partir del plano.

Los tres tenían que avanzar en fila india, con Sophia delante por el farol, Erik en el medio con la jeringa y el alcohol, Karl cerrando con las garrafas de cloruro de zinc.

El suelo era de tierra apisonada, fría, húmeda.

Los primeros diez pasos olieron a agua estancada.

Los siguientes veinte olieron a algo que Karl no supo nombrar pero que el cuerpo reconoció antes que la razón: el mismo olor mineral y dulzón de la mansión Vránský la noche del catorce, mezclado con algo más frío y más viejo.

Terra Patrum , pensó sin querer. La tierra que llevaba siete días vascularizándose bajo las calles de Praga. La tierra que conectaba las cajas del sótano Vránský con este túnel bajo la colina de Hradčany.

Los depósitos que el inspector municipal había descrito al pie del expediente aparecieron a los cincuenta pasos.

Tierra de color distinto, amontonada contra la pared izquierda del túnel en pequeños cúmulos regulares, como los montoncitos que dejan los topos en los campos.

Sophia se detuvo. Levantó el farol. La luz reveló doce, quince, veinte cúmulos a lo largo de diez metros del túnel, todos más o menos del mismo tamaño, todos separados por la misma distancia.

—Medio kilo cada uno —⁠dijo Erik⁠—. A intervalos de dos pasos. Son marcadores.

—¿Para qué? —⁠preguntó Sophia.

—Para saber dónde está la tierra original cuando se mezcla con la de Praga. Y para tener reservas pequeñas en el camino, por si el arcón principal se ve comprometido.

Karl miró los cúmulos. Era lo que hacía un comerciante de tierra cuando planificaba una retirada. Justo lo que hacía un hombre que llevaba cuatrocientos años perfeccionando el arte de trasladar su propia base operativa entre ciudades.

Siguieron caminando. A los ochenta pasos el aire se enfrió de golpe en un punto concreto, sin corriente que lo explicara. El inspector municipal lo había atribuido a filtraciones. Los tres caminaron en silencio a través del punto frío sin comentarlo.

A los ciento veinte pasos el túnel se bifurcó.

Sophia consultó el mapa mental sin sacar el papel. Levantó el farol hacia la bifurcación derecha.

—Por aquí —⁠dijo⁠—. La izquierda sube a la cripta de la catedral. La derecha baja al sótano.

Tomaron la derecha.

A los ciento sesenta pasos oyeron por primera vez el pulso.

Era una vibración, hablando con propiedad, más que un sonido.

Llegaba por la piedra de las paredes y por la tierra del suelo, con la regularidad lenta de un latido que hubiera perdido hace mucho la prisa de los organismos vivos.

Karl la notó primero en los huesos de las muñecas, al llevar las garrafas.

Erik se detuvo un segundo a apoyar la mano libre en la pared.

Sophia siguió caminando sin detenerse porque la había reconocido: era la misma vibración que había estado sintiendo desde el suelo de su habitación durante las últimas cuatro noches, solo que aquí estaba concentrada, sin distancia, sin muros entre ella y la fuente.

—Arcón central —⁠dijo Erik.

—A cuarenta pasos más —⁠dijo Sophia.

Karl no dijo nada. Apretó las garrafas contra el pecho para que no chocaran entre sí.

A los doscientos pasos el túnel desembocó en la sala circular.

* * *

MANSIÓN VRÁNSKÝ⁠ — PORTÓN PRINCIPAL. Misma hora. 22:48 h.

Gabriel subió por la vieja rampa de palacio desde Malá Strana porque era el único camino en el que no encontraría gendarmes a esa hora.

La subida estaba empinada y la lluvia la había vuelto resbaladiza.

Gabriel no se apresuró. Llevaba la bolsa de cuero al hombro, con la estola de viaje, el misal de bolsillo, el recipiente pequeño de agua bendita y la cruz pectoral sin cadena que Sophia había empujado al fondo con el índice antes de cerrarla.

Los cuatro objetos sumaban menos de un kilo, pero Gabriel los notaba a cada paso como si pesaran más de lo que pesaban: porque llevaba consigo la última vez que esos objetos iban a serle útiles.

Llegó al portón principal de la mansión Vránský a las once menos cinco.

El portón estaba entreabierto.

No forzado. No roto. Entreabierto como si alguien lo hubiera dejado así a propósito, con el cuidado exacto de quien quiere que una puerta parezca abandonada sin llegar a estar cerrada.

Gabriel lo miró durante un segundo. Pensó en los hombres de guantes grises.

Pensó en el intermediario que Karl había visto a la una de la tarde en la Plaza del Casco Antiguo.

Pensó en que una puerta entreabierta era, para los intermediarios, lo mismo que una puerta cerrada era para los sacerdotes: una indicación de dónde había que estar.

Empujó.

El portón cedió sin ruido. Las bisagras habían sido engrasadas hacía poco, y el sonido que no hicieron fue más elocuente que cualquier chirrido.

Entró en el vestíbulo de la mansión.

Estaba vacío. Tan vacío que el vacío se notaba: más allá de la ausencia de personas, que era obvia, había una ausencia de aire.

El frío era más denso que el frío exterior.

Las lámparas de gas del pasillo estaban apagadas, aunque Gabriel sabía, por lo que Karl le había contado los días anteriores, que la Compañía Imperial y Real de Gas de Praga llevaba manteniendo activo el suministro hasta esta noche.

No había habido corte. Las lámparas estaban apagadas por otra razón.

Gabriel se detuvo a cinco pasos del pie de la escalera principal.

Dejó la bolsa de cuero en el suelo. La abrió.

Sacó la estola de viaje, una tira estrecha de seda morada con los bordes de hilo dorado que llevaba veinte años en el cajón de la sacristía, usada por los párrocos de San Nicolás en las extremaunciones y en las bendiciones de enfermos.

Gabriel nunca la había llevado a un sitio que no fuera una casa de enfermo.

Se la colgó al cuello con el gesto mecánico de las miles de veces que se la había colgado en los últimos veinte años.

Sacó el misal. Lo abrió por la página que había marcado con un pliegue de papel hacía semanas.