Capítulo 58 #3
—Sophia. Usted no baja al túnel.
—No, claro —dijo Sophia, en el tono llano del que desmonta una idea sin elevar la voz—. Usted va a dejarme en la sacristía mientras los dos bajan al sótano de mi casa.
—Es una sala circular sellada con plomo a seis metros bajo tierra. No es sitio para nadie que no tenga que estar.
—Erik calculó los tiempos para tres personas en el sótano. Me lo acaba de decir.
—Eso era antes.
—Sigue siendo ahora.
Karl abrió la boca. La cerró.
Erik miró a Gabriel. Gabriel no dijo nada.
—Yo dibujé el mapa —dijo Sophia—. Yo sé dónde están las cajas porque bajé al pasillo del sótano hace dos noches, cuando Frederick durmió por primera vez desde la descarga.
Las conté desde el peldaño que crujía, sin entrar a la sala.
Yo sé qué baldosas suenan y cuáles no. Yo sé qué puerta abre hacia fuera y cuál hacia dentro.
Ninguno de ustedes dos ha pisado nunca ese sótano.
—Una pausa—. Si los tiempos están calculados para tres, las tres manos que menos tardarán en abrir garrafas, encender mecheros y llegar al arcón son las mías y las suyas y las de Schwartz. No las suyas solas con las de Schwartz.
Karl no contestó de inmediato.
Porque tenía razón. Porque era la única de los tres que conocía la casa por dentro, la que había crecido en ella y la que había copiado de los planos del estudio de Frederick la ruta entera del túnel.
Porque toda la geometría del espacio subterráneo de Hradčany con la que trabajaban se basaba en el mapa que ella había reproducido de memoria, trazo a trazo, hasta que los dedos lo sabían sin que el pensamiento interviniera.
Porque decirle que se quedara arriba era pedirle que confiara en una cadena de decisiones técnicas que no incluía su testimonio como variable.
Erik lo dijo antes que él.
—Entra ella —dijo, a Karl—. La dejamos a diez pasos del umbral del sótano y la recogemos al salir. Si algo sale mal, ella es la única de los tres que conoce el camino de vuelta.
Karl miró a Sophia.
—Al umbral. No más adentro.
—Al umbral —aceptó Sophia, sin negociar lo que no tenía ganas de negociar ahora.
Gabriel, que había estado en silencio junto al armario, asintió una sola vez. Después fue a la mesa. Cogió la bolsa de cuero con la estola y el agua bendita. Se la colgó al hombro.
—Salimos a las diez y media —dijo—. Separados. Yo voy derecho a Hradčany por la subida de palacio. Ustedes tres por el Moldava hasta el almacén de Malá Strana, y entran por el túnel desde el muelle cuatro. A las once menos cuarto yo estoy en el portón principal de la mansión.
—¿Va a ir solo? —preguntó Sophia.
—Tengo que cruzar el umbral solo. Llevar a alguien hasta allí es llevarlo donde no debería estar.
—¿Y la vuelta?
—La vuelta se decide en la vuelta.
Era la respuesta de Gabriel Novotný cuando no tenía la respuesta, pero era también la respuesta de un hombre que había dejado de esperar que las respuestas completas existieran. Karl la reconoció por segunda vez en la noche.
Nadie dijo nada más durante un rato largo.
Karl se quitó el abrigo empapado y lo puso sobre el respaldo de la silla para que se secara durante los próximos cuarenta minutos.
Sophia fue hacia la bolsa de cuero de Gabriel, la abrió un segundo, y volvió a dejar dentro la pequeña cruz pectoral que Gabriel había metido y que había dejado encima sin mucha convicción. La empujó hasta el fondo con el índice.
—Úsela —dijo—. Aunque piense que ya no sirve.
Gabriel la miró.
—Gracias —dijo.
Era la primera vez que Karl le oía pronunciar esa palabra en toda la semana, y se la estaba diciendo a una mujer de veintidós años que hacía menos de un día dormía con una silla bajo el pomo de su puerta.
Afuera, las campanas de San Nicolás dieron las diez.
Diez campanadas. Las cuatro personas de la sacristía las contaron sin mirar el reloj ni mirarse entre sí.
Cuando terminaron, el silencio que quedó era distinto al de antes: tenía un peso específico, como la presión que antecede a una tormenta pero sin tormenta, la presión de un acontecimiento que ha dejado de ser un plan y ha empezado a ser un hecho con hora.
Gabriel cogió el De Daemonibus de la mesa.
Lo guardó en un estante del armario litúrgico, en un estante distinto del que había ocupado estas semanas: otro más bajo, detrás de una hilera de ornamentos en desuso.
Cerró el armario con llave. Guardó la llave en el bolsillo interior de la sotana, al lado del pecho, en el lugar exacto donde durante veinte años había llevado el crucifijo de bolsillo que ya no llevaba.
Miró a los otros tres.
—Vamos —dijo.
Salieron a la lluvia de Malá Strana en cuatro direcciones distintas durante los siguientes diez minutos, para no parecer un grupo.
Karl fue el último en cerrar la puerta de la sacristía. Al hacerlo, notó que las bisagras habían empezado a chirriar en los últimos días con la humedad del noviembre, y pensó sin querer que mañana, si había mañana, habría que engrasarlas.
Ese pensamiento le permitió caminar sin mirar atrás.