Capítulo 58 #2
—Significa que si Gabriel tiene que quedarse en el umbral de arriba para pronunciar la negación, no puede bajar al sótano.
Y si no baja al sótano, somos dos abajo.
Usted y yo. El plan calculado para tres lo tenemos que ejecutar dos.
—Esperó un momento—. Esta tarde en el almacén rehice los cálculos suponiendo dos personas.
Los tiempos salen justos. No cómodos. Justos.
—¿Cómo de justos?
—Si uno de los dos tarda dos segundos más de lo previsto en cualquier tramo, no salimos. Ni lo que quede del Conde, ni nosotros.
Karl caminó tres pasos sin decir nada.
—Bien —dijo.
Erik lo miró de reojo.
—¿Bien?
—Bien, porque si me lo dice ahora y no dentro de dos horas, es porque todavía cree que hay algo que hacer. Si no lo creyera, no lo diría. —Karl se ajustó el cuello del abrigo—. Cuénteme los tramos.
Erik los contó. Mientras caminaban hacia el puente: las distancias dentro del sótano, los pasos desde la boca del túnel hasta las primeras cajas periféricas, el tiempo exacto que Erik tardaba en destapar una garrafa de cloruro de zinc, el tiempo que Karl tardaría en encender el mechero de alcohol de su padre, la ventana de diez segundos entre la apertura del arcón y la inyección, si llegaba a haber apertura de arcón.
Karl escuchaba y asentía y memorizaba, porque en la cabeza de un abogado que ha pasado quince años memorizando cláusulas los números se quedan donde uno los pone.
Cruzaron el Puente de Carlos.
El río bajaba negro y espeso, con placas de hielo naciente pegadas a los pilones y una barcaza solitaria cargada de turba moviéndose corriente arriba con el faro de popa oscilando en el ángulo de la lluvia.
Karl miró la estatua de San Juan Nepomuceno sin pararse.
El halo de estrellas doradas estaba cubierto de agua y no de nieve esta vez, y las estrellas brillaban mojadas bajo la luz de las farolas del puente con una intensidad que no tenían en seco.
Erik no miró al santo. No lo había hecho en toda la semana y no iba a empezar esa noche.
—Schwartz —dijo Karl, a mitad del puente.
—¿Sí?
—Si algo sale mal esta noche y uno de los dos se queda, el otro saca a Gabriel.
—Gabriel quizás no se deje sacar.
—Lo saca usted igual. Inconsciente si hace falta. Lo carga en la barcaza de Malá Strana si hace falta. —Karl no se detuvo al hablar—. Gabriel ya va a pagar lo suyo esta noche. No va a pagar también quedarse.
Erik caminó dos pasos más en silencio.
—De acuerdo —dijo.
—De acuerdo.
Al final del puente, bajo la Torre de Malá Strana, los dos gendarmes de guardia los miraron pasar sin interés.
Uno de ellos, el más bajo, el del bigote, era el sargento Vodička, que había recibido a Sophia en el camino norte hacía diecinueve horas.
No los saludó. Karl entendió el silencio como lo que era: el sargento había decidido no reconocerlos hasta que el asunto terminara, para que, cuando hubiera que redactar los informes de lo que fuera que ocurriera esta noche en Hradčany, él pudiera jurar que no había visto nada.
Era la forma de ayudar que tenían los cabos prácticos.
Subieron la cuesta de Ostruhová hacia San Nicolás.
La lluvia había aminorado lo justo para que el agua no entrara por los cuellos de los abrigos, pero no lo suficiente para dejar de oírla.
Los adoquines brillaban bajo las pocas farolas encendidas, y las ventanas de las casas señoriales de Malá Strana estaban casi todas a oscuras a esta hora, con solo algunas luces amarillas aisladas donde alguien leía en su salón privado sin sospechar lo que se movía a doscientos metros bajo sus pies.
Bajo los pies de todos ellos, pensó Karl sin quererlo. Cuatrocientos años de galerías que llevaban de Malá Strana a Hradčany y de Hradčany al río, y nadie en ninguna de esas casas iluminadas sabía que en su propio sótano podía haber una puerta de hierro forjado con un cerrojo nuevo por dentro.
Las propiedades no son el destino. Son las puertas.
Llegaron a la sacristía.
Gabriel abrió antes de que llamaran. No preguntó dónde había encontrado Karl a Erik ni cuánto había tardado.
Miró a los dos hombres empapados en el umbral con las garrafas, se hizo a un lado, y Erik entró primero con la naturalidad del que ha entendido que ya no quedan jerarquías útiles en lo que falta por hacer.
Sophia estaba en la mesa.
Se había puesto la chaqueta corta de montar del monaguillo Jan —Gabriel debía habérsela dado mientras Karl estaba fuera— y tenía el mapa del sótano extendido delante de ella, el que había reproducido de memoria, y estaba añadiendo con un lápiz nuevas anotaciones a cada punto de acceso.
Cuando Erik entró, ella levantó la vista.
—El arcón está en el centro —dijo, sin preámbulo—.
Tres metros del umbral de la sala circular.
Dos metros de las cajas periféricas más próximas.
He marcado la densidad de las cajas por zonas: el lado oeste tiene más, el lado este tiene menos.
Si entran desde el norte, las primeras cajas que verán están a la izquierda.
Erik dejó las garrafas en el suelo. Se acercó a la mesa. Miró el plano.
Durante un minuto largo no dijo nada. Lo estudió con la atención del químico que recibe un diagrama de una reacción y lo compara en silencio con los cálculos que llevaba en la cabeza.
Karl vio el momento exacto en que algo en los ojos de Erik cambió —un cambio mínimo, visible solo para quien llevara una semana observándolo como Karl—, el instante en que un plan imaginado en un almacén se convertía en un plan que iba a ejecutarse en un lugar físico con geometría verificable.
—Está bien —dijo Erik—. Los tiempos salen. Entramos a las once.
Sophia lo miró.
—¿Los dos?
—Los dos.
No preguntó por qué no los tres. Ya sabía que Gabriel se quedaba arriba. Karl vio que ella también lo había calculado, quizá desde que el crucifijo de hierro había aparecido sobre la mesa hacía media hora.
Gabriel fue al armario litúrgico. Abrió el cajón del fondo, el que abría con resistencia porque la madera se había hinchado con la humedad.
Sacó una estola de viaje, de las que los sacerdotes llevan cuando tienen que dar la comunión a enfermos fuera de la parroquia, y la metió en una bolsa de cuero junto con un recipiente pequeño de agua bendita, un misal de bolsillo y una pequeña cruz pectoral sin cadena.
Cerró la bolsa.
La dejó sobre la mesa junto al De Daemonibus .
—Son las diez menos cuarto —dijo.
Nadie respondió, porque nadie necesitaba que se lo dijeran.
Karl sacó el cuaderno. Escribió la hora en la página de los guantes grises.
Cerró el cuaderno. Lo puso al lado del libro y de la bolsa y del plano.
Los cuatro objetos formaban sobre la mesa, sin que nadie los hubiera ordenado así, una fila ordenada cronológicamente: primero el pasado (el libro del siglo XVI), después los instrumentos del presente (el cuaderno y el plano), después el futuro (la bolsa con lo que Gabriel iba a usar en menos de dos horas).
Sophia miró la mesa. Miró a los tres hombres.
—¿A qué hora Karl y yo salimos hacia el almacén de Malá Strana? —preguntó.
Karl se detuvo. La miró.