Capítulo 58
Karl encontró a Erik en la escalera de su propio piso.
Ni subiendo ni bajando: sentado en el cuarto peldaño del primer tramo, con la espalda contra la pared y las dos garrafas de cloruro de zinc envueltas en lona a su lado, como si hubiera ido a su casa a recoger algo y hubiera decidido a medio camino que no podía entrar todavía.
La puerta del piso estaba cerrada. Erik tenía las llaves en la mano derecha y no las había usado.
Karl subió tres escalones y se detuvo. No dijo nada. Esperó.
Erik no levantó la vista.
—Sabía que iba a venir usted —dijo—. No ella. —Una pausa—. Aunque en parte esperaba que fuera ella.
Karl se sentó en el escalón de enfrente, con el codo apoyado en la rodilla y las manos colgando. No intentó preguntar nada.
La escalera olía a piedra fría y a la cera de los pasamanos que la portera había pulido el viernes por la tarde.
Desde el piso de arriba llegaba, amortiguado por el suelo, el sonido de alguien tocando el piano: una escala ascendente repetida tres veces, después un silencio, después la misma escala otra vez.
Un estudiante. Erik debía de llevar semanas oyendo ese piano sin saber que lo oía.
—Entré a por la levita nueva —dijo Erik—. La del armario del fondo. La que no está manchada. Pensé que si esta noche salíamos vivos, querría tener algo limpio que ponerme mañana. Y si no salíamos vivos, querría que la encontraran conmigo puesta.
Karl no comentó.
—Subí los dos tramos. Puse la llave en la cerradura. No la giré. —Erik miró la puerta cerrada del rellano superior—. Estuve ahí diez minutos. Después me senté aquí.
—¿Por qué no entró?
—Porque lo que hay dentro es el piso de un médico. Y yo no soy médico desde hace nueve días.
Karl miró al mismo sitio que Erik estaba mirando.
La puerta era una puerta normal de Praga, de madera oscura barnizada, con una placa pequeña de latón que decía Dr. Schwartz — Horas de consulta por cita previa . Había perdido el brillo. La portera había dejado de pulirla desde que Erik llevaba días sin recibir pacientes.
—No es verdad —dijo Karl, después de un momento.
Erik lo miró.
—¿Qué no es verdad?
—Que no sea médico. —Karl habló despacio, con voz plana, para que lo que decía no sonara a consuelo—.
Esta semana ha identificado una patología que no está en los manuales.
Ha formulado un compuesto que ataca el sustrato que esa patología usa.
Ha corregido dos veces el plan de acción cuando ha detectado variables nuevas.
Ha calculado la difusión del cloruro de zinc por la tierra a cuatro grados centígrados. Eso es medicina.
—Eso es química aplicada.
—Eso es lo que hace un médico cuando los manuales no alcanzan.
—Karl se inclinó hacia delante—. Franz no sabía química.
Franz sabía reconocer a tiempo lo que usted tardó cuarenta y ocho horas en aceptar.
Son dos formas distintas de hacer medicina.
Las dos eran válidas. A él le costó lo que le costó.
A usted le está costando lo que le está costando.
Ninguno de los dos dejó de ser médico por eso.
Erik dejó pasar unos segundos.
Miró las garrafas envueltas en lona. Miró la llave en su mano. El estudiante de arriba empezó otra vez con la escala, sin prisa, y esta vez la completó entera antes de pararse.
—¿Sabe qué estaba pensando cuando subí? —dijo Erik.
—No.
—Estaba pensando que si sobrevivo esta noche, mañana tengo que pedirle al decano de la facultad una plaza docente.
Porque ya no voy a poder ejercer en clínica.
—Se giró hacia Karl—. Mientras subía los dos tramos estaba redactando ya la carta al decano.
Y me di cuenta a mitad de la escalera de que llevaba quince minutos planificando la siguiente semana.
Karl asintió despacio.
—Eso es lo que hacen los hombres que tienen planes —dijo.
—Eso es lo que hacen los hombres que creen que va a haber un mañana.
—Son la misma cosa.
Erik bajó la vista a las manos. Las tenía limpias con la minuciosidad de siempre, las uñas cortadas rectas, los nudillos enrojecidos por haberse lavado con ácido fénico antes de salir del almacén.
La marca del antebrazo izquierdo estaba bajo la manga, pero Karl sabía que estaba ahí.
Los cuatro dedos y el pulgar impresos en negro en la carne de Erik, sin inflamación, sin calor, con la misma permanencia de las cosas que han decidido quedarse.
—Gabriel ha dicho algo más sobre la marca —dijo Karl.
Erik levantó la vista.
—¿Nuevo?
—Nuevo.
—Cuénteme.
Karl se lo contó en pocas frases. Le dijo lo que importaba: que la marca era permanente, que el Conde sabría reconocer a Gabriel hasta el fin de su vida en cualquier ciudad y bajo cualquier nombre, y que Gabriel lo había callado todo este tiempo porque pensaba que decírselo los habría hecho intentar disuadirle.
Erik escuchó sin interrumpir. Cuando Karl terminó, se quedó un momento en silencio.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó.
—La misma razón que cuando calló lo suyo. Dice que nos lo habría hecho intentar convencerle.
—Y eso habría sido una descortesía.
Erik no contestó enseguida. En vez de mirarle la cara, se fijó en la muñeca derecha de Karl, la que asomaba bajo el puño de la camisa.
—Enséñeme la mano —dijo.
—¿Cuál?
—La derecha. Con la que le tomó el pulso al estudiante.
Karl se quedó muy quieto. Lo había hecho la noche de la morgue, en la sala de aislamiento, mientras la cosa que había sido un estudiante de medicina le hablaba de Sophia: le había buscado el pulso en la muñeca para confirmar lo que ningún sentido aceptaba, que aquel cuerpo que conversaba no tenía latido.
Un gesto profesional. Tres segundos. No lo había vuelto a pensar.
Se subió el puño. La muñeca no tenía nada: ni moratón, ni la huella negra que el Estudiante le había dejado a Erik en el brazo. La piel estaba intacta.
—No tiene marca —dijo Karl.
—No de las que se ven —respondió Erik.
—El moratón es solo lo que pasa cuando una de esas cosas te agarra con ganas.
A usted no lo agarró: lo dejó tocarlo. Pero lo tocó despierto, y eso basta.
—Se bajó la manga sobre su propio brazo—.
No es infección. Es memoria. No se ve, no se cura, no duele.
Lo suyo fue tan breve que apenas es nada.
Pero está, y los de su especie lo leerán en usted como leen el rastro del Estudiante en mí.
—¿Significa que él también me reconocería?
—Significa que, si alguna vez se cruza con uno de ellos, sabrá que usted estuvo cerca de uno de los suyos. Para siempre. —Hizo una pausa—. Bienvenido al registro, abogado. Ya no hay forma de borrarse de él.
Se pasó una mano por la cara. Era un gesto cansado y sencillo y Karl lo notó porque era uno de los pocos gestos que había visto a Erik hacer sin que la mano rozara primero el borde de una mesa para calcular el equilibrio.
—Sophia lo sabe —dijo. No era pregunta.
—Estaba delante cuando lo dijo.
—¿Y?
Karl tardó en responder.
—Lo decidirá después. Esa fue toda la respuesta que dio.
—¿Después de esta noche?
—Después de esta noche.
Erik miró la puerta cerrada del rellano superior.
Después miró las garrafas a su lado. Después se puso de pie, con la economía de movimientos de siempre pero un segundo más lento de lo que habría sido una semana antes.
Cogió las garrafas. Se las colgó al brazo izquierdo. Bajó dos escalones y se detuvo.
Miró la placa de latón de la puerta.
Volvió a subir. Sacó un pañuelo de su bolsillo interior.
Pulió la placa con tres pasadas cortas y eficientes, como si fuera el gesto más normal del mundo y no hubiera ninguna ambigüedad en hacerlo a las nueve y cuarto de una noche de jueves antes de bajar a cometer lo que iba a cometer.
El latón recuperó el brillo. Erik guardó el pañuelo. Bajó.
—Vamos —dijo.
Karl se levantó y lo siguió.
En el portal, Erik se detuvo con la mano en el pomo de la puerta que daba a la calle.
—Karl —dijo.
—¿Sí?
—Si Gabriel sale vivo y tiene que desaparecer, no le escriba cartas. Ni siquiera para saber que está bien. Los strigoi no leen, pero sus intermediarios sí leen, y un sobre con matasellos alemán dirigido a un pueblo de Moravia es lo mismo que una bandera.
Karl lo miró.
—¿Usted le va a escribir?
—No —dijo Erik—. Por eso mismo se lo digo a usted. Porque yo ya lo he decidido. Y sé lo que me cuesta decidirlo. Por eso también sé que usted lo va a intentar.
No esperó respuesta. Abrió la puerta. Salieron a la lluvia.
La calle Dlouhá a las nueve y cuarto de la noche estaba casi vacía.
Los adoquines mojados reflejaban la luz de las lámparas de gas con ese brillo oleoso de las calles que han sido lavadas por la lluvia durante horas.
Un coche de punto pasó en dirección al puente, con el caballo cabizbajo y el cochero encogido bajo la manta.
Nadie miró a los dos hombres que salían del portal número veintitrés con las garrafas y los abrigos pesados.
Erik giró hacia el sur, hacia Malá Strana.
Caminaron en silencio los primeros doscientos metros. Después Erik habló, sin mirar a Karl, con la voz que usaba cuando dictaba observaciones al cuaderno en el almacén.
—Hay algo que no le dije ayer —dijo.
Karl no preguntó qué. Esperó.
—Cuando calculé el tiempo de difusión del cloruro de zinc asumí que íbamos a entrar los tres por el túnel —dijo Erik—.
Gabriel, usted, yo. Los tres. El plan entero está calculado para tres personas en el sótano a la vez: uno enciende el mechero de alcohol, otro destapa las garrafas, otro espera en el umbral del arcón con la jeringa.
Los tiempos funcionan para tres. Para dos no.
—¿Qué significa eso?