Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 57 #2
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Capítulo 57 #2

Gabriel se levantó. Fue al armario litúrgico, el que tenía detrás de Sophia, y ella se apartó un centímetro sin mirarlo para dejarle abrir el cajón inferior. Sacó un objeto envuelto en un paño negro. Lo puso sobre la mesa. Desenvolvió el paño despacio.

Era un crucifijo de hierro forjado, más grande que el de bolsillo, con la pátina oscura de los objetos que han tocado muchos dedos.

Karl lo reconoció sin haberlo visto antes: era el tipo de crucifijo que cuelga en los altares laterales de las iglesias de Bohemia desde el siglo XVII, enmarcado por el hierro de los talleres de Kutná Hora, fundido en molde y pulido a mano. Tenía tres siglos. Quizás cuatro.

—No lo voy a usar —⁠dijo Gabriel⁠—. Ya no me sirve para consagrar nada, y dentro de unas horas tampoco me servirá para invocar nada. —⁠Miró el objeto sobre la mesa⁠—. Pero el hierro sigue siendo hierro. Y ustedes dos sí pueden usarlo.

Karl alargó la mano. El hierro estaba frío, como recién sacado del agua.

—¿Quién de los dos? —⁠preguntó Sophia, desde el suelo.

Gabriel la miró.

—Quien esté más cerca cuando haga falta.

Sophia asintió. No discutió la indefinición. Había aprendido en los últimos días que aquellas respuestas de Gabriel eran la única forma honesta de contestar con lo que sabían.

Karl dejó el crucifijo sobre la mesa. Miró el reloj de bolsillo. Las nueve menos veinte.

—Erik debería haber llegado —⁠dijo.

—Vendrá —⁠dijo Gabriel.

—Sí. Pero debería haber llegado.

Silencio. El brasero crepitó. Por la ventana alta, la lluvia insistía sobre Malá Strana como había hecho todo el día, sin intención de parar y sin interés en ser notada.

Fue entonces cuando Gabriel dijo la cosa que llevaba desde el Puente de Carlos sin decir.

No la preparó con un anuncio. No pidió que se hiciera silencio antes, porque ya había silencio. Solo la pronunció, con el tono plano de quien informa del contenido de un documento que ha estado leyendo durante semanas hasta saberse las cláusulas de memoria.

—Hay algo más que el libro dice sobre el sacerdote que pronuncia la negación —⁠dijo⁠—. No solo que no podrá volver a consagrar. Hay una segunda consecuencia.

Karl lo miró. Sophia levantó la vista desde el suelo.

— Qui benedictionem loci revocaverit, signum accipit inversum quo strigoi eum agnoscunt per omnia saecula. —⁠Gabriel tradujo sin detenerse⁠—. Quien revoca la bendición del lugar recibe una marca inversa por la cual los strigoi lo reconocen durante todos los siglos que le resten.

Karl no habló durante un momento.

—Quiere decir —⁠dijo al fin⁠— que el Conde va a saber dónde está usted.

—Siempre —⁠dijo Gabriel⁠—. En cualquier ciudad.

Con cualquier nombre. El día que pronuncie la Benedictionem loci en el umbral del sótano Vránský, entro en un registro que él puede leer de la misma manera que los strigoi se reconocen entre sí.

Solo que invertido. Yo no soy strigoi . Soy la señal de que alguien canceló una custodia.

Por eso me reconoce. Y por eso me busca.

Sophia se puso de pie despacio. No dijo nada todavía.

—¿Durante cuánto tiempo? —⁠preguntó Karl.

—Hasta que uno de los dos deje de existir. El libro no especifica más.

Karl miró el crucifijo sobre la mesa. Miró el De Daemonibus cerrado.

Miró las tres hojas fotográficas con las cuatro firmas idénticas separadas por siglos.

Fue desmontando lo que acababa de escuchar con la misma metodología con que había desmontado todas las cosas que no cabían en el derecho civil del Imperio Austrohúngaro: ordenando los hechos en columnas, buscando los huecos lógicos, comprobando que no hubiera otra interpretación posible antes de aceptar la que tenía delante.

—Por eso no lo dijo antes —⁠dijo Karl por fin.

—Sí.

—Porque si lo decía antes, uno de nosotros dos habría intentado convencerle de que no lo hiciera.

—Sí.

—Y eso habría sido una forma de condescendencia que el momento no merece.

—Eso mismo —⁠dijo Gabriel, y por primera vez en toda la conversación había algo en su voz que se parecía a la gratitud, aunque Gabriel Novotný no era el tipo de hombre que pronunciaría esa palabra en voz alta ni siquiera si le costara la vida.

Sophia se acercó a la mesa.

—Usted no va a volver a Praga después de esta noche —⁠dijo. Tampoco era una pregunta.

Gabriel la miró.

—No.

—¿Adónde irá?

—Donde no haya sacristías. Y donde los strigoi tengan que cruzar más tierra para encontrarme que la que yo pueda cruzar para perderlos. —⁠Una pausa⁠—. Moravia, quizás. O más al norte. Todavía no lo he decidido.

—Lo decidirá después.

—Después.

Sophia se quedó un momento en silencio, de pie junto a la mesa.

Después tomó el crucifijo de hierro. Lo sopesó en la mano.

Era demasiado grande para su palma pero no pesaba más que una herramienta de cocina, y Sophia Vránský había aprendido en los últimos cuatro días que las cosas útiles se sostienen, no se admiran.

Lo guardó en el bolsillo interior del abrigo ajeno, al lado del costurero que había traído desde la pensión de la calle Karmelitská.

—¿Erik? —⁠dijo.

—Vendrá —⁠dijo Gabriel por segunda vez⁠—. Karlín está a cuarenta minutos. Si no ha llegado a las nueve, Karl va a buscarlo.

Karl asintió.

La lluvia arreciaba contra el cristal de la ventana alta.

En algún lugar al otro lado del río, el Orloj daba los tres cuartos.

Los tres lo oyeron llegar atenuado por la distancia y la lluvia y la piedra, tres campanadas cortas, y los tres contaron sin darse cuenta, porque contar era lo que los tres llevaban haciendo los últimos días con todo lo que llegara desde fuera: pasos, campanadas, minutos.

En algún sitio de la Ciudad Vieja, un hombre de guantes grises estaba esperando sin sombrero, en silencio, el momento exacto en que la posada U Zlaté Studně cesara de parecerse a una posada para volver a ser lo que llevaba siglos siendo: una de las puertas.

En algún sitio bajo la colina de Hradčany, Frederick Vránský estaba sentado en el suelo del sótano oeste, con la espalda contra la pared de granito, contando cosas también: las respiraciones que no oía, los pulsos que ya no le llegaban, los minutos que quedaban hasta que alguien entrara por el túnel del norte.

Y en la sacristía de San Nicolás, tres personas que no se habían conocido cinco días antes terminaban de prepararse para la única guerra que les quedaba disponible, con el inventario que tenían: dos garrafas de cloruro de zinc que Erik traía desde Karlín, una jeringa de latón con cincuenta mililitros de compuesto, un crucifijo de hierro, una nota latina de un monje del siglo XVI que ya sabía cómo iba a terminar todo esto, y una negación litúrgica que iba a costarle a uno de ellos lo que le quedaba de sacerdote y todo el tiempo que le quedara por vivir.

Karl se levantó.

Se puso el abrigo empapado sin comentar que estaba empapado. Dejó el cuaderno sobre la mesa, abierto por la página donde había anotado al hombre de los guantes grises, porque eso era todo lo que le quedaba por dejar escrito y porque Sophia sabría leerlo si él no volvía.

Salió a buscar a Erik.

Afuera, la lluvia había bajado un grado de intensidad sin que ninguno de los cuatro lo notara. Lo que faltaba por ocurrir esa noche iba a ocurrir por debajo del nivel del agua de todas formas, y la lluvia, por una vez, no era ya la cosa que más importaba.