Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 57
63%

Capítulo 57

Karl llegó con el abrigo empapado y sin sombrero.

Lo había perdido en la Ciudad Vieja, entre el Archivo Municipal y la posada U Zlaté Studně , en algún punto en que una ráfaga de viento le había pasado por detrás y él no había girado la cabeza para verlo caer.

Era la primera vez en quince años que Karl Wagner perdía un sombrero.

Lo registró en el cuaderno mental de las cosas que habían dejado de importarle, junto con las manos que ya no temblaban por nada y con el horario del tren a Berlín que llevaba dos días sin consultar.

Empujó la puerta de la sacristía.

Lo que encontró fue a Gabriel sentado a la mesa con el De Daemonibus cerrado frente a él, y a Sophia de pie junto a la ventana pequeña, con los zapatos del sargento demasiado grandes y el abrigo ajeno sobre los hombros, la frente apoyada en el cristal en una postura que Karl reconoció de inmediato: la de alguien que usa el frío para mantenerse despierto sin tener que reconocer que lo necesita.

Sophia se giró.

Lo miró. No dijo nada.

Karl tampoco lo hizo. Se quedó en el umbral con el agua goteando sobre las baldosas, mirándola con el cuidado del hombre que ha estado imaginando durante cuatro días esta escena exacta y que ahora descubre que la imaginación no había sido nunca tan precisa como había creído.

El pelo sin recoger. Los pies dentro de los zapatos equivocados.

El vestido arañado en la espalda donde Karl no podía ver pero donde sabía que tenía que haber marca.

Todos los detalles que las cartas no habían sabido decir.

Sophia se apartó de la ventana.

—Llegó —⁠dijo, con el tono neutro de quien informa de un hecho verificado.

—Llegué.

—Mi habitación tenía fuego hasta que crucé el muro.

—Lo vimos desde el camino. El sargento me lo dijo al mediodía.

Eso fue todo. Dos frases. Karl dejó el cuaderno sobre la mesa.

Se quitó el abrigo empapado y lo colgó en la percha junto al de Gabriel.

Sus movimientos eran deliberados y un poco más lentos de lo necesario, con la economía exacta del hombre que ha aprendido que las ceremonias pequeñas son lo que separa a un hombre de lo que le ha ocurrido.

Fue al brasero. Puso las manos sobre las brasas a cinco centímetros, casi tocándolas. No se quemó, o se quemó y no lo notó.

—¿Hofmann? —⁠preguntó Gabriel.

—Las comparó con la lupa. Usó la palabra idénticas .

Dijo que el tiempo deja rastro siempre. Que estas firmas no lo tienen.

—⁠Karl se giró hacia la mesa⁠—. La nota del archivero del XVII al pie del folio de 1620 pide que el Señor se apiade de nosotros.

Hay una K al final. No llegué a averiguar de quién.

Sophia se acercó. Miró las tres hojas fotográficas que seguían extendidas sobre la mesa desde la mañana.

La reproducción del folio de 1620, con su nota marginal.

La de 1744. La de 1851. Las miró con la misma atención concentrada con que había medido en silencio los ruidos de la mansión durante cuatro noches.

—Cuatro siglos —⁠dijo, sin pregunta.

—Cuatro siglos —⁠confirmó Gabriel.

Sophia no añadió nada. Volvió a la ventana.

Karl notó que no se sentaba. Era una decisión: si se sentaba, el cuerpo iba a recordarle que llevaba diecisiete horas despierta, con los pies helados y la espalda arañada y el frío metiéndosele por cada costura del vestido, y esa era una información que Sophia había decidido gestionar más tarde.

Karl reconoció la decisión porque él mismo la había tomado hace tres días en el mostrador de la posada, delante de un libro de registro que no podía verse.

—¿Fue a la posada? —⁠preguntó Gabriel.

—Fui.

—¿Entró?

—No.

Silencio. Karl fue a la mesa. Abrió el cuaderno por la página donde había anotado aquella tarde las tres palabras rodeadas con un círculo: Bistritz. Conde. Sin equipaje. Pasó la página. Cogió la pluma.

—Hay otra cosa —⁠dijo⁠—. La vi cuando salía del archivo.

Gabriel levantó la vista. Sophia se volvió desde la ventana.

Karl escribió en la página nueva con la letra ordenada y sin margen de error de los documentos que tienen que sobrevivir a quien los escribe, y después giró el cuaderno para que los otros dos pudieran leer lo que acababa de anotar.

Tres líneas.

Hombre, guantes grises, cuarenta y tantos. Cruzaba la Plaza del Casco Antiguo hacia el norte. Mismo andar. Misma ropa. Mismo silencio alrededor.

Es el intermediario que me entregó el contrato de Praetor en Berlín el cuatro de noviembre.

Está en Praga.

Gabriel leyó. Lo leyó dos veces. Levantó la vista.

—¿Está seguro?

—Lo tuve sentado enfrente una hora y cuarenta minutos en un despacho de Unter den Linden —⁠dijo Karl⁠—. Sé reconocerlo.

—¿Lo ha seguido?

—Lo habría seguido si hubiera sido otro hombre. Pero quien camina así no se deja seguir. Lo perdí a los dos minutos, no por habilidad mía. Por decisión suya.

Sophia se había acercado a la mesa. Leyó la anotación sin tocar el cuaderno.

Después miró a Karl con la mirada quieta y total que Karl había empezado a reconocer como la forma en que ella recibía lo nuevo: sin aspavientos, sin preguntas de inventario, solo el registro silencioso de una variable que había que incorporar al sistema.

—Viene a recogerlo —⁠dijo.

No era una pregunta.

—Eso creo —⁠dijo Karl.

Gabriel puso las manos sobre la mesa, a los lados del cuaderno. Abiertas, palmas hacia abajo. Era el gesto que hacía cuando tenía que decir algo que llevaba tiempo sin decir y que había calculado en silencio el peso de cada palabra.

—Entonces la noche del diecisiete —⁠dijo⁠— no era la fecha en que tenía que actuar. Era la fecha en que tenía que estar listo para irse.

Karl lo miró.

—¿Irse?

—Praga es una ciudad entre otras —⁠dijo Gabriel⁠—.

El Documento B lo dice con otras palabras.

Las propiedades no son el destino. Son las puertas.

Lleva cuatrocientos años abriendo puertas en ciudades distintas y cerrándolas detrás cuando termina.

Viena, Cracovia, Budapest, Praga. Siempre el mismo método.

Siempre la misma secuencia: llega, firma, establece, alimenta, se va.

La vascularización completa no es el principio del asentamiento.

Es el final. Cuando la tierra está lista, él ya no la necesita como base.

Puede cargar con lo suficiente y marchar.

—¿Cargar con qué? —⁠preguntó Karl.

Gabriel tardó un segundo.

—Con tierra que ha dejado de ser tierra —⁠dijo⁠—.

Cuatrocientos treinta y ocho años de custodia bajo el contrato Vránský no han sido conservación.

Han sido maduración. La tierra transilvana que llegó en las cajas el diez de noviembre era sustrato crudo.

La que sale esta noche por el camino del norte es otra cosa: material activo, capaz de producir descendencia por su cuenta cuando se asiente en otro sótano, en otra ciudad, en otro siglo.

Praga ha sido durante cuatro siglos una fábrica lenta. Lo que se lleva es el producto.

Karl no habló de inmediato. Se sentó, esta vez sí, en la silla frente a Gabriel. La silla crujió bajo él con el sonido ordinario de una silla de madera de sacristía aguantando el peso de un hombre, y ese sonido pequeño y normal fue el único que hubo en la habitación durante cuatro o cinco segundos.

—Entonces el intermediario no está aquí para traer algo —⁠dijo Karl⁠—. Está aquí para llevárselo.

—Sí.

—¿Adónde?

Gabriel miró el cuaderno. Miró el De Daemonibus cerrado a su lado.

Lo abrió con el mismo cuidado con que se abre una cosa que se sabe que va a seguir diciendo lo que ha dicho siempre.

Pasó las páginas sin urgencia hasta una que Karl no había visto todavía, hacia el final del volumen, con el margen emborronado de haber sido tocado muchas veces.

No leyó el latín en voz alta. Lo tradujo sobre la marcha, en la voz neutra del que ha decidido que el texto ya no merece la ceremonia del original.

— Cuando el strigoi decide partir, busca lugares donde el tiempo haya perdido el hábito de contar. Islas. Costas lejanas. Ciudades jóvenes que no tienen todavía archivos ni memoria. La nueva tierra no lo conoce. Por eso la escoge.

Sophia miraba el libro abierto.

—¿Dice dónde?

—No por nombre. El libro es de 1588. —⁠Gabriel pasó la vista por la página⁠—. Pero menciona dos direcciones. Hacia el oeste, el mar abierto. Hacia el sur, los puertos del Mediterráneo donde los imperios han dejado de mirar.

Karl cogió el cuaderno. Lo abrió en la página donde había escrito hacía una semana, en el Hotel Saxe, la anotación del papel de Purfleet. La leyó otra vez, aunque la tenía memorizada.

Casa y terrenos, condado de Essex, margen norte del Támesis. Compra a través de intermediarios locales. Fecha prevista de escrituración: primavera de 1881. Destino declarado: residencia de un caballero extranjero que busca tranquilidad junto al río.

Cerró el cuaderno.

—Inglaterra —⁠dijo.

Gabriel asintió.

—Es joven administrativamente —⁠dijo⁠—. Más joven que el Imperio.

Los registros catastrales ingleses llevan sistematizándose solo unas décadas.

Hay propiedades rurales que no se han catalogado nunca desde el punto de vista central.

Los notarios son locales. La verificación cruzada entre condados es débil.

—⁠Hizo una pausa⁠—. Es la siguiente ciudad.

—No es una ciudad —⁠dijo Karl⁠—. Es un país.

—Es la misma cosa para él. —⁠Gabriel cerró el libro⁠—. La escala no importa. Importa la verificabilidad.

Sophia se había sentado por fin. No en la silla libre junto a la mesa: en el suelo, con la espalda apoyada en el armario litúrgico, los pies descalzos dentro de los zapatos demasiado grandes, las rodillas recogidas contra el pecho.

Era la misma postura que había usado durante cuatro noches en su habitación de la mansión Vránský.

Se había traído con ella esa forma de estar, y no iba a abandonarla todavía.

—Entonces lo que hagamos esta noche —⁠dijo, sin levantar la vista⁠—, decide con qué llega allí.

Karl la miró.

—Sí —⁠dijo Karl.