Capítulo 56
Sophia llegó cuando ya era de noche.
La señal de Karl había funcionado: el farol del camino norte, muerto entre las dos y las cuatro mientras todos los demás ardían.
Frederick, que ya no soportaba la luz, no iba a fijarse en una lámpara apagada.
Sophia la entendió la primera noche, porque era justo la señal que ella habría elegido.
La segunda noche corrió. El sargento la había dejado en una pensión de la calle Karmelitská al amanecer, con una instrucción de Wagner repetida en un checo lento para que no quedara duda: no salir, no asomarse, no abrir a nadie que no dijera su nombre completo.
Alguien iría a por ella en cuanto fuera seguro.
No fue nadie, y Sophia entendía por qué sin necesidad de que se lo explicaran.
A la luz del día seguía siendo, para la ley imperial, la pupila de Frederick Vránský: una sobrina descalza y sin papeles a la que cualquier gendarme tenía la obligación de devolver a la casa de su tutor antes del anochecer.
Y no eran solo los gendarmes quienes vigilaban el rastro de los Vránský.
Que vieran a alguien sacarla de aquella pensión a plena luz era entregarla y entregarse; por eso el sargento, que era gendarme, la había dejado quieta y se había alejado sin mirar atrás, y por eso Wagner, que era el que más prisa habría tenido en venir, era también el que mejor sabía que no debía.
La habían dejado allí a propósito, escondida en el único sitio de Praga donde nadie iría a buscarla.
A las siete de la tarde, con la noche ya cerrada sobre los tejados, Sophia hizo la única cuenta que importaba.
Si el plan seguía en pie, sería esa misma noche, y nadie volvería a la sacristía hasta entonces; moverse ahora, amparada por la oscuridad, había pasado a ser el riesgo menor.
Caminó hasta la sacristía con los zapatos del sargento —demasiado grandes, atados doble— porque los suyos habían quedado en la nieve del jardín norte.
Empujó la puerta sin llamar.
Gabriel estaba sentado a la mesa. No levantó la vista de inmediato. Cuando lo hizo, tardó un segundo en registrar lo que veía: los zapatos que no eran suyos, el abrigo ajeno sobre los hombros, el pelo sin recoger, el frío de dieciséis horas impreso en la cara.
Se levantó antes de decidir que se levantaba.
Preguntarle si estaba bien habría sobrado: saltaba a la vista. Acercó al brasero la silla que daba al calor y le sirvió café sin esperar a que lo pidiera.
—Siéntese —dijo—. Entre en calor primero.
Se quedó un momento de pie a su lado, una mano cerca de su hombro sin llegar a posarla, con el gesto antiguo del que ha velado a mucha gente y sabe dónde termina el consuelo y empieza la intrusión.
—¿Cuándo salió? —preguntó al fin.
—Las dos pasadas. —Sophia rodeó la taza con las dos manos, pero no bebió todavía—. El plano del túnel está en el armario de mi habitación. La madera interior. Marcado con carboncillo desde el ala sur hasta el acceso norte.
Gabriel la miró.
—¿Está segura de que sigue ahí?
—No puedo saberlo. Pero lo dibujé con cuidado. Y Frederick llevaba semanas sin tocar ese armario.
Gabriel cogió papel del cajón. Lo deslizó por la mesa hacia ella junto con la pluma.
Sophia miró la pluma. No la tomó de inmediato.
—¿Quiere que lo reproduzca de memoria?
—Si puede.
—Puedo.
Cogió la pluma. Empezó a dibujar sin vacilación: primero los límites exteriores del sótano, el eje central, después las ramificaciones.
Su mano se movía sin vacilar: había pasado semanas estudiando la misma geometría bajo condiciones distintas —con luz, sin ella, con miedo, sin él— hasta que la información deja de ser información y se convierte en algo que los dedos saben sin que el pensamiento intervenga.
Gabriel la observó sin interrumpirla.
Cuando Sophia dejó la pluma, el papel mostraba el sótano completo con los accesos marcados: la escalera principal, el corredor oeste, el túnel que salía al norte bajo el muro de la propiedad.
Junto a cada punto de acceso había una anotación de su letra pequeña y apretada: distancia en pasos, tipo de suelo, si había puerta o no y si la había visto cerrada con llave.
—La sala es esta —dijo Sophia, señalando el centro del dibujo—.
El plano del estudio de mi tío marcaba un espacio circular aquí, al final del corredor oeste.
No bajé nunca; esto es lo que copié de sus planos.
Lo que haya colocado dentro tendrá que decírselo Wagner, que sí estuvo.
—Trazó un círculo aproximado—. Pero por las dimensiones, el espacio da para tres personas si no se mueven mucho.
Gabriel estudió el plano.
—¿El Conde?
—Ala oeste. Primera puerta a la derecha del corredor del primer piso. Anoche lo vi moverse hacia el estudio.
Gabriel levantó la vista.
—¿Cómo caminaba?
Sophia tardó un momento. Las palabras las tenía; lo que costaba era pronunciarlas la primera vez, porque decirlas en voz alta fija algo que antes era solo una imagen.
—Como si el suelo no importara —dijo—. Sin los microajustes de equilibrio que hacen los cuerpos cuando se desplazan en la oscuridad. Como si la dirección fuera un dato que había decidido y el cuerpo fuera solo el trámite para ejecutarla.
El brasero crepitó. Desde la calle llegaba el sonido de la lluvia sobre los adoquines, persistente, sin urgencia.
—¿Y Frederick? —preguntó Gabriel.
—Bajó al sótano antes de que me fuera. —Sophia miró la mesa—. No sé si sigue ahí.
Gabriel dobló el plano con cuidado, como se doblan los documentos que pueden ser los últimos. Lo dejó junto al De Daemonibus , que seguía sobre la mesa donde lo había puesto al comienzo de la tarde, cerrado.
Sophia miró el libro.
—¿Qué hay en ese libro que Karl no sabe todavía?
Gabriel levantó la vista.
—¿Cómo sabe que hay algo?
—Porque lleva días diciéndole pronto y usted no parece el tipo de hombre que aplaza las cosas por comodidad.
Gabriel se tomó un momento.
—Ya se lo diré cuando llegue Karl —dijo—. Solo quiero decirlo una vez.
—¿Es sobre el Conde?
—No del todo.
—¿Sobre Frederick?
—No.
Sophia lo miró. Gabriel sostuvo la mirada sin apartar los ojos, y en esa negativa había contención medida: la de alguien que sabe bien lo que va a decir y ha calculado el peso de cada palabra y ha decidido de todas formas que hay que pronunciarlas.
—Está bien —dijo Sophia.
Se levantó. Fue a la ventana pequeña que daba al patio trasero. La lluvia caía sobre los adoquines con esa insistencia de noviembre hecha de permanencia: el mismo frío, la misma agua, sin descanso.
Por la ventana, la cúpula de San Nicolás era una masa oscura contra el cielo sin estrellas.
—¿Esta noche? —preguntó, sin girarse.
—Sí.
—¿Todos?
Gabriel tardó un momento.
—Todos los que queden.
Sophia no preguntó qué significaba eso. Apoyó la frente un instante en el cristal frío de la ventana. Un segundo. Dos. Después se apartó.
Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Malá Strana con la paciencia de todo lo que no distingue entre lo que cae sobre piedra y lo que cae sobre lo que estuvo vivo.
Esperaron a Karl.