Capítulo 55 #2
Era la misma respuesta que había dado en el puente, y en la sacristía la noche anterior, y casi con certeza la misma que daría la próxima vez que alguien le preguntara. Karl la reconoció. No la forzó.
Salió a la lluvia de Malá Strana.
Caminó sin dirección concreta durante un rato, con el cuaderno bajo el brazo y el agua cayéndole por el cuello del abrigo.
No pensaba en las fechas ni en las firmas.
Pensaba en el sello del bufete Schneider & Preuss al pie de un contrato que había verificado en Berlín con toda la diligencia profesional que se esperaba de él y que había resultado ser la ratificación de algo que llevaba cuatrocientos años en pie antes de que él naciera.
Había hecho bien su trabajo.
Eso era lo peor.
En los archivos municipales, Hofmann —un hombre alto y meticuloso de unos sesenta años, que llevaba más de tres décadas clasificando registros de propiedad del Imperio y a quien Karl había sido derivado por el archivero diocesano la tarde anterior— le mostró los originales.
Karl los comparó con la copia de la firma de 1442 que llevaba en el cuaderno.
Hofmann cogió su lupa y estuvo en silencio un tiempo que a Karl le pareció más largo de lo razonable.
—Son idénticas —dijo Hofmann al cabo, con el tono de quien ha llegado a una conclusión que preferiría haber evitado—.
No similares. Idénticas. El mismo ángulo.
La misma presión. El mismo remate. —Dejó la lupa—.
Las firmas cambian. Todo cambia con el tiempo.
La musculatura, el peso sobre la muñeca.
A los veinte años y a los cincuenta se firma de forma diferente aunque uno no lo sepa.
—Miró los cuatro documentos—. Esto no tiene rastro de tiempo.
Karl tomó el documento de 1442. Lo sostuvo a la luz de la lámpara de escritorio que Hofmann tenía sobre la mesa.
El papel era pergamino, grueso, amarillento en los bordes.
El sello de lacre rojo seguía intacto en el margen inferior derecho, aunque la cera tenía la fragilidad de algo que ha sobrevivido cuatro siglos por accidente más que por cuidado.
Debajo del sello, visible solo porque la luz de la lámpara lo atravesaba desde abajo, había una impresión en el pergamino.
Karl lo giró. Era más clara desde el reverso: una palma. Completa. Los cinco dedos, la almohadilla del pulgar, el talón de la mano. Presionada en el pergamino cuando todavía estaba húmedo de la tinta del escriba, con una fuerza suficiente para dejar el relieve en el reverso.
Lo sostuvo más cerca de la lámpara. Las líneas de la palma eran visibles.
Eran correctas en su geometría general —los ejes principales, los pliegues de las articulaciones, el arco del pulgar— pero había demasiadas.
Donde una palma humana tiene tres o cuatro líneas primarias que se cruzan en un centro reconocible, esta tenía decenas.
Se ramificaban desde cada punto de cruce hacia nuevos cruces, formando una red tan densa que el centro de la mano, la zona que un quiromante llamaría el monte de Venus, parecía el delta de un río visto desde el aire.
Karl lo miró durante un tiempo que no supo cuantificar.
Después lo dejó sobre la mesa con el mismo cuidado con que había aprendido, en quince años de bufete, a dejar sobre la mesa los documentos que no quería que el cliente viera que le habían afectado.
Karl le pidió ver el legajo completo del folio de 1620. Hofmann lo trajo. Karl lo revisó página por página con la paciencia del que busca sin saber qué busca.
En el margen inferior del último folio había una nota manuscrita con letra diferente al texto principal.
—¿Puede traducirme esto?
Hofmann se inclinó. Leyó. Volvió a leer. Hubo un silencio breve en el que Karl vio que el archivero movía los labios apenas, como cuando se intenta estar seguro de algo antes de decirlo en voz alta.
—Es checo arcaico —dijo Hofmann—. Algunas construcciones no tienen equivalente directo.
—Volvió a leer, moviendo los labios—. Dice algo como que el firmante estuvo presente en persona en el momento de la firma.
Que fue verificado. Y luego… —Se detuvo—.
La última parte es difícil. Algo como «que el Señor tenga misericordia de nosotros».
Karl miró la nota.
—¿Y la inicial?
—Una K. —Hofmann dejó la lupa sobre la mesa—. No hay más.
Karl copió la nota en el cuaderno con una lentitud que no era caligráfica. Después señaló las fechas de los cuatro documentos que seguían extendidos sobre la mesa.
—¿Qué ocurrió en Praga en estos años? —preguntó—. En términos de administración de archivos. De registros de propiedad.
Hofmann los miró por encima de las gafas, la expresión de alguien a quien le hacen una pregunta técnica en un momento en que esperaba que la conversación hubiera terminado.
—1620 es el peor —dijo—. Después de la Montaña Blanca, la reorganización habsburguesa destruyó o transfirió buena parte de los registros de propiedad de Bohemia.
Hay lagunas documentales de décadas enteras.
—Señaló el segundo documento—. 1744 es la ocupación prusiana durante la guerra de Silesia.
Menos grave, pero los archivos estuvieron bajo administración militar durante meses.
En 1851 fue la nueva legislación catastral: se rehízo el registro de propiedades del Imperio casi desde cero.
Funcionarios nuevos, criterios nuevos. —Hizo una pausa—. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque alguien firmó estos cuatro documentos —dijo Karl— en los cuatro momentos en que era más difícil verificar quién firmaba.
Hofmann miró los documentos. Después miró a Karl. Después volvió a mirar los documentos.
No dijo nada.
Antes de recoger el maletín, Karl señaló el registro de propiedad que Hofmann había dejado al final de la mesa.
—¿Tienen también el padrón municipal de Hradčany?
Hofmann tardó veinte minutos en traerlo.
Era un volumen encuadernado en tela gris, con una cinta de marcador desgastada.
Karl lo abrió en la sección de la Mansión Vránský.
Fue pasando páginas hacia atrás en el tiempo: 1870, 1850, 1820, 1790.
El formato del formulario cambiaba con cada reorganización administrativa.
La letra cambiaba. El idioma oscilaba entre el alemán imperial y el checo con cada cambio de régimen.
Pero en el campo de residente permanente, el nombre no cambiaba.
Karl lo leyó tres veces. Era el mismo nombre en cada padrón.
No el nombre de una familia: el de una persona.
Escrito de formas distintas según la ortografía de cada época, con acentos que aparecían y desaparecían, con una letra inicial que variaba entre P y la abreviatura latina Pr.
, pero reconocible como el mismo nombre a pesar de todo.
Fue hacia atrás hasta el primer registro disponible. 1652, después de la reorganización post-Montaña Blanca. El mismo nombre.
En el campo de edad, el funcionario de 1652 había escrito: no determinada.
El de 1790 había escrito: avanzada.
El de 1850: indeterminada.
El de 1870, el más reciente, había trazado una línea horizontal en el campo y había seguido con el siguiente formulario. No había escrito nada: era la salida de un hombre que ha encontrado una pregunta para la que no tiene respuesta y ha decidido que la línea es más honesta que cualquier número.
Karl cerró el padrón. Lo devolvió a Hofmann sin decir nada sobre lo que había encontrado. Hofmann tampoco preguntó.
Karl le dio las gracias. Salió.
Fue a la posada «U Zlaté Studně».
No entró. Se quedó en la acera de enfrente, bajo el alero de un edificio, con el agua cayendo en la calle entre los dos.
Las palabras de Gabriel en la sacristía.
Una vez que lo sepa, no habrá nada que deshacer.
Quizás. O quizás lo que necesitaba era el momento exacto en que un hombre que ha construido su vida sobre la verificación de los hechos acepta que hay hechos que no encajan en ninguna categoría que conozca y que encajan de todas formas.
Desde donde estaba podía ver la ventana de la habitación número cuatro. Oscura.
Sacó el cuaderno. Escribió tres palabras debajo de la nota del archivista del siglo XVII.
Bistritz. Conde. Sin equipaje.
Las rodeó con un círculo. Cerró el cuaderno.
El Orloj dio las seis desde la plaza. La Muerte agitó su campanilla. Los Apóstoles desfilaron y se retiraron.
Karl se subió el cuello del abrigo y echó a caminar bajo la lluvia hacia el Hotel Saxe.
Todavía no había entrado.
Pero ya sabía que lo haría.