Capítulo 55
La lluvia había comenzado antes del amanecer y a las nueve de la mañana Malá Strana olía a carbón mojado y a estiércol de caballo disuelto en los adoquines.
Karl llegó a la parroquia con el abrigo empapado desde los hombros y los pies fríos y la cabeza con esa claridad específica de quien ha dormido tres horas y ha pasado el resto de la noche ordenando lo que sabe en columnas que no terminan de cuadrar.
Gabriel lo esperaba en la sacristía. Había café. Karl lo cogió sin decir nada y se quedó de pie junto al brasero porque tenía los pies fríos y porque sentarse habría requerido decidir dónde sentarse y en ese momento no tenía energía para esa clase de decisiones pequeñas.
Ninguno de los dos habló durante un rato. Por la ventana alta, el agua resbalaba por los tejados de Malá Strana. El brasero se había apagado casi del todo, con solo un rescoldo anaranjado en el centro que crepitaba a ratos sin calor.
Fue Karl quien habló primero.
—Lleva días con algo —dijo—. No ahora. Desde el puente. Desde antes del puente, quizás.
Gabriel estaba de pie junto al armario litúrgico con una mano apoyada en la madera. No negó nada.
—Sí —dijo.
—¿Qué es?
Gabriel no respondió de inmediato. Miró el armario.
Llevaba veinte años en esta sacristía y conocía cada cajón de ese mueble con la misma intimidad con que se conoce el propio cuerpo: sabía qué había en cada uno sin necesidad de leer las etiquetas, sabía cuáles abrían con resistencia y cuáles cedían solos, sabía el sonido exacto que hacía el cajón del fondo cuando el frío de noviembre hinchaba la madera.
Conocía ese armario desde mucho antes de que existiera ningún motivo para temer lo que había dentro de él.
Abrió el cajón de las copias de trabajo, sacó tres hojas y las dejó sobre la mesa sin decir nada.
Karl dejó el café y se acercó.
Eran reproducciones fotográficas de documentos de archivo, cada una con un membrete institucional distinto: el archivo municipal de Praga en las dos primeras, el archivo diocesano en la tercera.
Karl las miró. No necesitó que Gabriel le explicara lo que tenía delante.
Desde la noche anterior, sobre esa misma mesa, ya había visto las cuatro firmas reunidas, y ya había aceptado lo que significaban.
Lo que tenía delante ahora era distinto: era algo distinto de la conjetura de dos hombres en una sacristía: membrete oficial, sello de archivo, folio numerado.
Era la misma evidencia vestida con la ropa que el derecho civil del Imperio reconocía como prueba.
En el margen inferior de cada fotografía, enmarcada con un trazo de lápiz de Gabriel, la firma del cedente.
Karl las ordenó por fecha sobre la mesa, la más antigua primero. 1620. 1744. 1851. Acercó cada hoja a la lámpara, una por una, con atención metódica, aunque ya supiera lo que iba a encontrar.
No dijo nada durante un tiempo que Gabriel no midió pero que notó en el cuerpo como se notan las cosas que no tienen vuelta atrás.
—¿Cuándo las pidió? —preguntó Karl, resignado a conocer la respuesta antes de oírla.
—Fui al archivo municipal el dieciséis por la mañana —dijo Gabriel—. Pedí los registros de propiedad de la Mansión Vránský desde el siglo XV. El archivero tardó medio día. Me los trajo a última hora de la tarde.
—¿Por qué no me lo dijo anoche?
Gabriel tardó en responder. La respuesta la tenía. Lo que costaba era pronunciarla, porque su sencillez pesaba más que cualquier complejidad.
—Porque anoche, mientras usted y Schwartz hablaban del arcón y del cloruro de zinc y de los metros cuadrados del sótano —dijo—, yo miraba estas tres hojas y pensaba que si las ponía sobre la mesa todo lo que estábamos planeando dejaba de ser un plan para convertirse en otra cosa.
—Una pausa—. Un plan asume que hay variables que puedes controlar.
Lo que estas firmas dicen es que llevamos cuatrocientos años siendo una variable que alguien más controla.
Karl lo miró.
—Y esta mañana ha decidido decírmelo de todas formas.
—Esta mañana he decidido que no decírselo tampoco era una opción.
Karl volvió a mirar las hojas una vez más, despacio, como cuando repasaba un contrato antes de firmarlo: buscando la cláusula que cambiaba el sentido de todo lo anterior.
—Estas fechas —dijo—. ¿Le dicen algo?
Gabriel lo miró.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de si tienen algo en común.
—Karl señaló las tres hojas una por una sin tocarlas, y después escribió en el cuaderno la fecha del contrato original que ya conocía de Berlín—.
Mil cuatrocientos cuarenta y dos, la cesión original.
Y luego mil seiscientos veinte, mil setecientos cuarenta y cuatro, mil ochocientos cincuenta y uno.
Cuatro visitas en cuatrocientos años. No son fechas al azar.
Hay un patrón, pero no conozco a fondo la historia de Praga para saber cuál es.
Gabriel miró las fechas. Tardó un momento, como quien comprueba algo que creía saber pero quiere estar seguro antes de decirlo.
—Son momentos de ruptura —dijo—. 1442 es el final de las guerras husitas.
1620 es la Batalla de la Montaña Blanca y la reorganización habsburguesa de Bohemia.
1744 es la guerra de Silesia, cuando Praga fue ocupada por poco tiempo por los prusianos.
1851 es la reorganización administrativa posterior a las revoluciones del 48.
—Momentos en que los archivos de propiedad estarían en desorden —dijo Karl.
—Sí.
—Momentos en que un documento antiguo podría reactivarse sin que nadie verificara si había un precedente.
—Sí.
Karl no dijo nada más. Cogió el cuaderno y anotó las cuatro fechas sin el contexto histórico, solo los números, y dejó el espacio para llenarlo después.
El brasero crepitó. Desde la calle llegaba el sonido de un carro sobre los adoquines mojados, el caballo resoplando, las ruedas en los surcos del empedrado. Sonidos de una ciudad que no sabía lo que estaba ocurriendo en la sacristía de San Nicolás y que no iba a saberlo.
—Yo verifiqué ese contrato —dijo Karl, sin girarse desde la ventana—. El de Berlín. El que Praetor me mandó verificar. Lo revisé durante tres días. Lo declaré válido. Lo firmé con el sello del bufete.
Gabriel no dijo nada.
—Sabía que el cedente original era un voivoda del siglo XV —continuó Karl—. Estaba en la documentación de la servidumbre que usted me describió en el puente. Lo anoté. No pregunté más. —Una pausa—. Debería haber preguntado más.
—No había nada que le dijera que debía preguntar —dijo Gabriel.
—No. —Karl se giró—. Pero tampoco había nada que me dijera que no debía hacerlo, y en derecho inmobiliario esa asimetría es suficiente para invalidar la diligencia debida.
Era una condena pronunciada en el único lenguaje en que Karl Wagner podía pronunciar condenas. Gabriel lo escuchó sin intentar contradecirlo porque contradecirlo habría sido una forma de condescendencia que el momento no merecía.
Karl se acercó a la mesa. Cogió el cuaderno. Anotó las cuatro fechas con sus contextos históricos, los mismos que Gabriel había reconstruido en voz alta un momento antes, pero ahora escritos con la letra ordenada y sin margen de error de los documentos que tienen que sobrevivir a quien los escribe.
—¿Hay algo más? —preguntó, sin levantar la vista del cuaderno.
—Sí.
Karl levantó la vista.
Gabriel fue al armario. Esta vez abrió el cajón de las copias personales, el que no tenía etiqueta, el que abría con resistencia porque la madera se había hinchado con la humedad de los años. Sacó una sola hoja. La dejó sobre la mesa.
Era de su propia letra. Cuatro líneas.
Jan llegó a la sacristía esta mañana antes de misa.
Dijo que su madre sigue viviendo en el segundo piso de la posada U Zlaté Studně, Ciudad Vieja.
En la madrugada del 16 al 17 alguien llamó a la puerta del posadero pasadas las dos.
Jan lo oyó todo desde arriba: los golpes, el cerrojo, los pasos en el vestíbulo.
Por la mañana el posadero le dijo a su madre que el huésped era un Conde.
Que venía de Bistritz. Que no traía equipaje.
Karl leyó la nota. La leyó dos veces.
No dijo nada durante un momento.
Bistritz. Los conocimientos de embarque de la Karpatia Speditionsgesellschaft que había revisado el 8 de noviembre: tierra extraída de fincas en la región de Transilvania, cerca de Bistritz y el Paso del Borgo.
Y ahora había un Conde procedente de Bistritz alojado en la Ciudad Vieja desde la misma madrugada en que la vascularización se completaba.
—Es él —dijo Karl, en voz baja—. El del registro de la posada. Vlad Drácula.
—Jan no oyó el nombre —dijo Gabriel—. Solo que era un conde, y que venía de Bistritz. Pero encaja con lo que usted leyó ayer.
Karl dobló la nota con cuidado y la guardó en el cuaderno.
—Voy a los archivos municipales —dijo—. Quiero ver los originales de estas tres firmas con mis propios ojos, no las copias. —Recogió el maletín—. Y después voy a la posada.
Gabriel no respondió de inmediato. Estaba mirando la mesa: las tres hojas fotográficas, el cuaderno de Karl, el café que ninguno de los dos había terminado de beber.
—Karl —dijo.
Era la primera vez que usaba su nombre sin el apellido. Karl se detuvo en la puerta.
—Cuando vaya a la posada —dijo Gabriel—, no entre todavía. Mire lo que necesite mirar. Pero no entre todavía.
Karl lo miró.
—¿Por qué?
Gabriel se quedó un momento callado. No porque buscara las palabras: las tenía. Pero pronunciarlas las hacía verdad de otra manera.
—Porque aún no sabe con certeza lo que va a encontrar —dijo—. Y una vez que lo sepa, no habrá nada que deshacer.
Karl estuvo un momento en la puerta, con el abrigo empapado goteando sobre la piedra de la sacristía.
—¿Y usted? —dijo—. ¿Cuándo va a contarme lo que hay en el De Daemonibus que todavía no me ha dicho?
Gabriel bajó la vista a la mesa.
—Pronto —dijo.