Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 52
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Capítulo 52

El niño se llamaba Lukáš y tenía ocho años y conocía el Orloj mejor que su propio nombre.

Lo había memorizado por partes, como se memorizan las cosas que importan: primero las cuatro figuras del exterior, las que flanqueaban la esfera principal y que se movían cada hora cuando el reloj daba la señal.

La Muerte estaba a la derecha: un esqueleto con un reloj de arena en una mano y una campanilla en la otra, y cuando llegaba el momento agitaba el brazo y hacía sonar la campanilla, y a Lukáš siempre le había parecido que no avisaba solo de la hora.

Enfrente de la Muerte estaba el Turco, que sacudía la cabeza como negando.

A los lados, la Vanidad mirándose en un espejo y la Avaricia aferrando su bolsa.

Estas cuatro figuras eran el aviso: cuando empezaban a moverse, sabías que venía lo mejor.

Lo mejor era la ventana que se abría encima de la esfera, por donde desfilaban los Apóstoles: doce figuras de madera, cada una con su atributo, pasando de izquierda a derecha por la ventanilla mientras sonaban los golpes.

Lukáš los conocía a todos. Conocía el sonido exacto del mecanismo, el chasquido seco que hacía el engranaje cuando las figuras empezaban a moverse, el chirrido suave cuando se retiraban al final.

Llevaba dos años escuchándolo y ya lo tenía en el cuerpo.

Su madre lo había llevado a buscar al padre, que era carretero y que a veces paraba en la taberna de la calle Melantrichova cuando el trabajo le iba bien.

Habían tardado más de lo previsto. Ahora cruzaban la plaza de vuelta a casa y el Orloj comenzó a dar las doce justo cuando pasaban frente a él, y Lukáš decidió que eso era una señal de que la noche no había sido del todo mala.

La Muerte agitó la campanilla. El Turco sacudió la cabeza.

Lukáš se detuvo. Su madre tiró de él. Él resistió.

La ventanilla se abrió. Los Apóstoles empezaron a desfilar. Uno, dos, tres. Lukáš los contó aunque no hacía falta contarlos. Ocho, nueve. El mecanismo sonaba como siempre, el chasquido rítmico y preciso del engranaje. Once, doce.

Sonó el duodécimo golpe.

Y entonces nada.

No el chasquido. No el chirrido de las figuras retirándose.

Las figuras de la ventanilla se quedaron detenidas a mitad de su retirada, visibles todavía en el hueco, como si el engranaje hubiera olvidado la siguiente instrucción.

En el exterior, la Muerte tenía la campanilla todavía levantada, el brazo en alto, el gesto interrumpido.

El Turco con la cabeza girada y sin terminar de volver. La Vanidad con el espejo a medias.

Un segundo.

Dos.

Lukáš esperó el chasquido. No llegó. El silencio donde debería haber un sonido conocido era más raro que cualquier ruido extraño. Como cuando un reloj de pared que llevas años escuchando se para de noche y te despiertas sin saber por qué.

Su madre lo arrastró. El padre pasó a su lado sin mirar. Lukáš volvió la cabeza mientras caminaba y vio que el Orloj había vuelto a moverse: las figuras retiradas, la Muerte con la campanilla baja, el chasquido final llegando con retraso, como una disculpa.

Nadie más en la plaza había mirado.