Capítulo 51
El frío llegó primero.
No el frío de noviembre, que se cuela por las rendijas y se instala en los huesos con la paciencia de algo que tiene toda la noche por delante.
Este llegó de golpe, entero: el aire de la habitación había dejado de ser aire en el espacio de un latido.
Lo notó en los dedos. Luego en la nuca. Luego en la raíz de los dientes, en ese punto del cráneo donde el cuerpo guarda los miedos que todavía no ha aprendido.
Sophia estaba en el suelo, junto al armario —con el mapa de carbón trazado en la madera interior, para quien supiera dónde mirar—.
Llevaba cuatro noches sin dormir más de dos horas seguidas, y el cuerpo le funcionaba a cierta distancia de sí mismo, separado de ella por una capa fina de niebla.
El frío la disolvió de un tirón, como un cubo de agua helada.
Las lámparas de gas se apagaron a la vez.
No parpadearon. No fueron bajando. Dejaron de estar encendidas, sin más, con la brusquedad con que se corta una frase por la mitad. Y la oscuridad que quedó pesaba. No era la falta de luz: era algo que había venido a ocupar el sitio de la luz.
Sophia no se movió.
Contó los segundos porque contar era lo único que le quedaba.
Uno. Dos. A través de la piedra le llegaba el eco de las campanas de San Vito —el sonido se lo tragaba el grosor de los muros; llegaba la vibración: el temblor que la catedral pasaba a la roca de Hradčany, y la roca a los cimientos, y los cimientos al suelo bajo sus pies—.
La casa entera resonaba muy por debajo del oído, como un animal grande que contiene la respiración.
Entonces, abajo, un sonido que conocía: la puerta del sótano. La que Frederick había cerrado con llave la noche del quince, cuando Anna dejó de contestar desde la cocina. No fue una llave girando. Fue el ruido de algo que cede porque ya no queda nada al otro lado dispuesto a sostenerlo.
Y después, pasos.
Lentos. Regulares. Sin el peso desigual de Frederick, sin el arrastre de sus zapatillas por la tarima.
Sophia se levantó sin hacer ruido —en aquel silencio, el crujido de sus propias rodillas le pareció un escándalo— y cruzó hasta la puerta.
Se pegó al lado de la rendija, la pared a la derecha, la hoja entornada como un escudo entre ella y el corredor.
Desde ahí veía la barandilla, el arranque de la escalera, el hueco del vestíbulo tres metros más abajo.
Fue entonces cuando notó lo primero.
La vela del corredor, la que había dejado encendida sobre el aparador de la pared este, seguía ardiendo.
Pero la llama no se movía. Y no como se está quieta una llama cuando no hay corriente —ese temblor mínimo, esa vida pequeña que el fuego tiene siempre—.
Quieta del todo: detenida, fija, como si una mano la hubiera pintado en el aire y se hubiera marchado.
Sophia la miró un segundo sin comprender qué miraba.
Entonces, al otro lado del río, el reloj de la Ciudad Vieja empezó a dar las doce. Lejano, amortiguado por los tejados y por el noviembre entero de Praga, pero limpio: la primera campanada, y la segunda, cayendo en el silencio como piedras en un pozo.
Y con la segunda campanada, los pasos se detuvieron. Donde un instante antes solo estaba el hueco vacío del vestíbulo, ahora, en el centro, había una figura.
Alta. Los hombros anchos, pero sin el volumen de la carne: anchos como es ancha una cosa que no necesita músculo para sostenerse en pie.
Vestida de oscuro, tan de oscuro que la negrura de la habitación parecía menos negra a su alrededor, como si la figura fuera el lugar del que procedía toda aquella oscuridad.
Se detuvo en el centro del vestíbulo.
Y Sophia dejó de respirar. La gobernaba algo más antiguo que cualquier decisión, más antiguo incluso que el miedo —el miedo vino después, con nombre y con cuerpo—: el instinto exacto del animal pequeño que, sin haber visto nunca a un depredador, reconoce en los huesos la quietud del que está muy por encima de él en el orden de las cosas.
Su cuerpo entendió, antes que su cabeza, que aquello de abajo no compartía con ella ninguna de las reglas que ella daba por seguras.
Ni el tiempo. Ni el peso. Ni la necesidad de respirar.
La tercera campanada. La cuarta.
La figura no se giró. No levantó la cabeza hacia el corredor, hacia la rendija, hacia ella. No hizo nada de lo que hace un intruso que comprueba que está solo. Hizo algo mucho peor.
Ladeó la cabeza.
Un grado, quizá dos. El gesto mínimo de quien percibe, a su espalda y muy por encima, un detalle insignificante —una respiración contenida, un pulso demasiado rápido en una garganta a tres metros de distancia— y lo registra, y decide que no merece volverse a mirarlo.
No era el gesto del cazador que ha localizado a su presa.
Era el del dueño que, al entrar en una casa que es suya desde antes de que la casa existiera, advierte que uno de los objetos pequeños ha cambiado de sitio, y sigue caminando.
Sophia comprendió, con el pecho todavía sin aire, que la había encontrado en el primer segundo; que sabía dónde estaba; que sabía, tal vez, quién era; y que nada de aquello le importaba lo suficiente para alterar un solo paso.
Fue lo más aterrador que le había ocurrido en su vida, y no había consistido en nada.
Después la figura siguió hacia el estudio.
Y caminó mal. No torpe: mal. Sin los mil reajustes invisibles que hace un cuerpo al avanzar en la oscuridad, sin el tanteo de los pies buscando el suelo, sin ese rumor de fondo de materia viva —tela, aliento, articulaciones— que acompaña a cualquiera que se mueve.
Solo pasos, idénticos entre sí, espaciados con una regularidad que ningún ser que respirara habría podido sostener; como si, más que andar, se limitara a estar cada vez un poco más allá.
La séptima campanada cayó cuando una puerta se abrió al fondo del corredor. La octava, cuando se cerró, sin el menor ruido.
Sophia no se apartó de la rendija. Siguió mirando el vestíbulo vacío, la vela que había vuelto a temblar como tiemblan las velas —normal, viva, ajena—, y supo, con esa certeza que no necesita prueba, que él la había localizado desde el instante en que entró por la puerta del sótano.
Igual que se sabe dónde está la única mosca de una habitación a oscuras.
No era Frederick.
Se quedó con la espalda contra la pared mientras las campanadas seguían cayendo a lo lejos, una tras otra, hasta el final.
Las contó. Al llegar a la duodécima se dio cuenta de que tenía las uñas clavadas en la palma de la mano izquierda; no recordaba habérselas clavado.
Abrió el puño despacio, en la oscuridad, sin mirarse la mano porque no había luz para mirar nada.
Y volvió a contar desde el principio, aunque los golpes ya hubieran terminado, porque contar era lo único que sabía hacer con las cosas que no tenían un nombre con el que nombrarlas.
* * *
SACRISTÍA DE SAN NICOLÁS — MALÁ STRANA. Noche del 17 al 18 de noviembre de 1880. 23:58 h.
Gabriel llevaba cuarenta minutos arrodillado. Las velas ardían delante de él, sobre el altar. Su sombra debería caer hacia atrás, hacia la nave, proyectada por esa luz. Caía hacia delante. Sobre el altar. Como si la fuente de luz estuviera detrás de él.
Gabriel abrió los ojos.
La nave estaba vacía. Las velas en los candelabros laterales, quietas. Ninguna corriente de aire. Ninguna otra fuente de luz que las velas del altar delante de él.
Se quedó sin moverse durante un momento. Después, muy despacio, volvió la vista al altar.
La sombra estaba en la posición correcta.
No rezaba. O rezaba de una forma que no tenía palabras, que era solo la postura y el silencio y la voluntad de estar en ese silencio sin llenarlo.
La sacristía olía a cera fría y a la humedad que subía del Moldava en noviembre, filtrándose por la piedra de los cimientos de San Nicolás igual que llevaba siglos filtrándose, indiferente a todo lo que ocurría encima de ella.
Por la ventana pequeña, alta en la pared, se veía el rectángulo de cielo negro sobre los tejados de Malá Strana.
Tenía los fragmentos del Golem en el bolsillo del hábito. Los notaba como temperatura, no como peso. Más fríos que la tela que los rodeaba. Arcilla de Praga. Arcilla que había sido una cosa y después había dejado de serlo, y que guardaba en su materia el rastro de haber sido las dos.
El reloj de la Ciudad Vieja comenzó a sonar al otro lado del río.
Uno. Dos.
Gabriel contó sin quererlo. Era un hábito de sacerdote, contar las campanadas, orientarse en el tiempo litúrgico por el sonido.
Seis. Siete. La presión en el esternón llegó con el octavo golpe, no como dolor: como cuando el aire cambia antes de una tormenta eléctrica y el cuerpo lo sabía antes de que la razón lo alcanzara. Gabriel dejó de contar.
Se levantó.
Fue un reflejo anterior a cualquier decisión: la misma clase de movimiento que hace un animal cuando detecta en el olfato algo que cambia la naturaleza del espacio a su alrededor.
Cruzó la sacristía hasta la ventana. Desde allí se veía la cúpula de San Nicolás recortada contra el cielo, y más allá los tejados negros de Malá Strana, y más allá la oscuridad del río, y más allá las luces escasas de la Ciudad Vieja.
El Orloj terminó de sonar.
Gabriel miró la ciudad. No buscaba nada visible. Lo que había cambiado no era visible.
—Ya está aquí —dijo en voz baja.
Lo que tenía se parecía más al reconocimiento que al miedo: la sensación de que algo que había estado rondando el perímetro durante semanas acababa de cruzar hacia dentro, y que ahora el tiempo que quedaba era el tiempo que quedaba, no más.
Su mano derecha se movió hacia su pecho. Se quedó suspendida en el aire, los dedos curvados sobre la sotana, incapaz de completar el gesto.
La dejó caer.
Volvió a la mesa. Abrió el De Daemonibus por la página de siempre. La leyó una vez más. Después cerró el libro y lo cubrió con la mano, como si el tacto de la tapa pudiera transmitirle algo que las palabras no habían terminado de transmitir.
Por la ventana, la cúpula de San Nicolás era una silueta oscura contra el cielo sin estrellas.
En algún lugar de la ciudad, alguien acababa de empezar a moverse.