Capítulo 50
El problema era simple.
Erik lo había formulado tres veces en el cuaderno, con tres niveles distintos de precisión, y las tres veces había llegado a la misma conclusión.
El cloruro de zinc en concentración alta coagula el sustrato orgánico activo por contacto directo con la tierra empapada.
Eso era correcto. Lo que no había calculado con suficiente rigor era la variable de temperatura.
Necesitaba calor.
No mucho. Diez grados adicionales reducirían a menos de una hora el tiempo que la solución tardaba en difundirse por la tierra y coagular el sustrato.
Veinte grados lo reducirían a minutos. El problema era introducir una fuente de calor suficiente en un sótano sellado con plomo sin que esa fuente de calor destruyera también el plan, a las personas que ejecutaban el plan, o ambas cosas.
Erik dejó el cuaderno sobre la mesa y se quitó las gafas.
Las limpió con el borde de la bata, el gesto automático de siempre, y las volvió a poner.
La patilla rota seguía sujeta con el hilo de bramante.
Llevaba tres días mirando el mundo a través de esa reparación provisional y había dejado de notarla, que era justo lo que ocurría con todas las cosas que no podías permitirte arreglar todavía.
En el cajón derecho de la mesa había tres números atrasados del Archiv für Pathologie und Pharmakologie .
Erik los había traído del hospital la primera noche, junto con el cuaderno y los reactivos, por el mismo instinto con que un hombre en fuga coge el abrigo aunque no haga frío: porque eran lo suyo y no sabía qué más llevarse.
Los había dejado ahí sin abrir. Ahora, por una razón que no se molestó en analizar, abrió el cajón y sacó el de octubre.
Lo hojeó sin leerlo, pasando páginas con el pulgar.
Se detuvo en un artículo de la página cuarenta y tres.
El autor era un tal A. Van Helsing, de la Universidad de Ámsterdam.
El título: Sobre ciertas anemias de etiología desconocida en pacientes sin historial de hemorragia.
Erik leyó el primer párrafo. Luego el segundo.
Las conclusiones del holandés eran equivocadas — partía de una hipótesis bacteriológica que no explicaba la ausencia de toda reacción del organismo — pero las preguntas que hacía eran las preguntas correctas.
Las mismas que Erik llevaba una semana haciéndose, antes de que las respuestas lo obligaran a dejar de llamarlas preguntas médicas. Cerró la revista. La devolvió al cajón.
Alguien en Ámsterdam estaba buscando lo mismo. Todavía en el principio, todavía con el instrumental equivocado, todavía creyendo que lo que buscaba tenía nombre en los manuales. Erik había estado ahí hace siete días.
Le deseó suerte en silencio, y no supo si era un gesto de solidaridad o de condolencia.
Erik se levantó. Fue a la estantería del fondo con la mano rozando el borde de la mesa durante los primeros pasos, el gesto automático de quien gestiona un inventario de movimientos posibles.
Buscó entre los frascos hasta encontrar lo que necesitaba: una garrafa de alcohol etílico al noventa y seis por ciento, del tipo que su padre usaba para las lámparas de laboratorio.
Se detuvo con la garrafa en la mano.
Alcohol. Una fuente de calor limpia, controlable, que no producía humo suficiente para alertar a nadie en la superficie.
Una lámpara de alcohol en el centro del sótano, entre las cajas, elevaría la temperatura de la tierra y del líquido en diez grados en menos de veinte minutos.
Con el cloruro de zinc vertido al mismo tiempo, la difusión comenzaría antes de que nadie tuviera que esperar.
Era tan simple que resultaba irritante no haberlo visto antes.
Franz lo habría visto antes.
Erik dejó la garrafa sobre la mesa junto a las garrafas de cloruro de zinc.
Cogió el cuaderno y anotó los cálculos con la letra apretada y sin márgenes de los informes que se redactan bajo presión: volumen estimado del sótano, temperatura base, incremento necesario, tiempo de difusión con y sin la fuente de calor adicional.
Los números cuadraban. El plan era viable.
Cerró el cuaderno.
Se quedó de pie junto a la mesa, mirando las garrafas alineadas sobre el zinc.
Cloruro de zinc. Alcohol. La jeringa de latón en el bolsillo interior de la levita.
Las herramientas de un plan que dependía de demasiadas variables que no podía controlar: que Sophia saliera, que la puerta del sótano pudiera abrirse, que el arcón reaccionara al calor de la forma que él esperaba, que los diez segundos de margen fueran suficientes.
Franz habría dicho que rezara.
Erik no rezaba. Pero en este momento, solo en el almacén de su padre con el olor a reactivos químicos que había sido el olor de su infancia y que ahora era el olor de la única guerra que sabía librar, Erik entendió por primera vez que el instinto de Franz de rezar nada tenía de cobardía ni de superstición: era la respuesta honesta de alguien que ha calculado todas las variables y ha encontrado que no son suficientes y que sin embargo va a actuar de todas formas.
Era lo que Erik estaba haciendo ahora.
Sin las palabras. Sin la rodilla en el suelo. Pero era lo mismo.
Empezó a preparar las garrafas para el transporte. Las envolvió en tiras de lona gruesa, asegurando los tapones con alambre, calculando el peso total que tendría que cargar. Trabajó despacio, con la precisión de siempre, comprobando cada nudo dos veces.
A mitad del proceso se detuvo.
Fue al cajón del fondo de la estantería, el que no había abierto desde que llegó al almacén tres días antes.
Dentro, bajo un paño de algodón doblado, estaba lo que sabía que estaría ahí: el instrumental de su padre.
Un estuche de cuero negro con las iniciales J.S.
grabadas en la tapa, que contenía las herramientas básicas de un químico de campo de mediados de siglo.
Tubos de ensayo. Un mechero de alcohol pequeño, de bolsillo.
Una pipeta de vidrio. Un termómetro de mercurio.
Erik cogió el mechero. Lo sostuvo en la mano un momento, sintiendo el peso del latón frío.
Su padre había usado este mechero durante treinta años. Lo había llevado a ferias industriales y a demostraciones en la Universidad y a las cocinas de los clientes que querían ver cómo funcionaban los reactivos antes de comprarlos. Era un objeto del todo ordinario. Una herramienta.
Erik lo guardó en el bolsillo del chaleco, junto al reloj.
Recogió las garrafas envueltas en lona. Apagó dos de las tres lámparas de aceite. Dejó la tercera encendida para que el almacén no pareciera vacío desde la calle.
En la puerta se detuvo. Miró el espacio una vez más: las estanterías, la mesa de zinc, el mortero manchado, el cuaderno cerrado.
El almacén de su padre, que había sido el templo del racionalismo industrial de los Schwartz durante casi cincuenta años y que esta noche iba a proveer las herramientas para algo que ningún manual de química había contemplado nunca.
—Alcohol y calor —dijo en voz baja, a nadie, a la oscuridad del almacén—. Al menos eso lo tenemos.
Salió al frío de Karlín.
Mientras caminaba hacia Malá Strana con las garrafas bajo el brazo, Erik pensó que Franz habría añadido algo a esa frase.
Algo sobre la fe o sobre el fuego o sobre los demonios que temen el calor.
Algo que Erik habría descartado como folclore y que habría resultado ser, como casi todo lo que Franz decía, más verdadero de lo que parecía.
La noche de Praga lo recibió en silencio.