Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 49
55%

Capítulo 49

La última vela llevaba dos horas comiéndose a sí misma, y Sophia la vigilaba como se vigila un reloj que no se puede parar.

Cuando se apagara no quedaría luz en la habitación.

Lo había decidido tres horas antes, en el suelo, con la espalda contra el armario —⁠siempre contra algo sólido, algo que no pudiera abrirse sin que ella lo notara primero; era lo único provechoso que había aprendido a hacer con el miedo⁠—: que la oscuridad sería solo oscuridad, que había cosas peores que quedarse a oscuras.

Lo creyó con firmeza unos veinte minutos.

Después la vela empezó a menguar, y la decisión empezó a menguar con ella.

De todos modos, lo que necesitaba ahora era escuchar más que pensar.

Llevaba días levantando un mapa dentro de la cabeza, sin papel ni lápiz, solo con la memoria y con la atención de quien no tiene otra herramienta.

Lo sabía casi todo. Frederick bajaba al sótano siempre pasada la medianoche, nunca antes; había aprendido a reconocer sus pasos en la escalera de servicio sin necesidad de asomarse.

Bajaba, y no volvía a subir hasta el mediodía.

Doce horas en que el piso de arriba se quedaba sin vigilancia humana.

Sin vigilancia humana, que no era lo mismo que vacío.

Ahí estaba lo que aún no había resuelto.

Cuando Frederick bajaba, la casa no se quedaba vacía: se quedaba con otra cosa.

Algo que espesaba el aire, que lo volvía quieto de una manera que se parecía al silencio sin serlo —⁠más bien la falta de algo que debería estar ahí⁠—.

En esas horas había comprobado que podía moverse por el corredor sin que su tío se enterara.

Lo que no sabía era si había, en la casa, otras cosas que sí se enteraran.

Los pasos llegaron sin aviso.

No eran los de medianoche. Era pronto, y el sonido era otro: más lento, más cuidadoso, el de alguien que mira dónde pone cada pie. Sophia se levantó sin un ruido, cruzó hasta la puerta y se pegó al lado de la rendija, donde podía ver sin ser vista.

Al fondo del corredor en penumbra, una figura se detuvo frente a su puerta.

Frederick.

No llamó. No habló. Se quedó en el umbral, las manos a los costados, mirando la puerta como una pregunta que no sabía formular.

Llevaba la ropa del día anterior: la levita negra sin abrochar, la camisa sin almidón, los pies descalzos sobre la alfombra.

Pero lo que Sophia miró fue, más que la ropa, la espalda.

Frederick la había tenido siempre recta, con esa rectitud de aristócrata que aguanta cuando ya no aguanta nada más.

Esta noche se inclinaba hacia delante, como la de quien acarrea un peso y no encuentra dónde dejarlo.

Levantó la mano hacia la puerta. La detuvo a medio camino. La bajó.

Y entonces Sophia lo vio. No en los ojos —⁠esos pozos sin fondo que había aprendido a no mirar de frente⁠—. En las manos: cerradas, los nudillos blancos, conteniendo algo. No furia. No hambre. Algo más cercano al esfuerzo de mantenerse en pie sobre un suelo que ha dejado de ser de fiar.

Frederick tenía miedo.

Lo guardó sin interpretarlo todavía. El miedo, en un hombre en el estado de su tío, podía querer decir muchas cosas: que algo había salido mal abajo; que Drácula le había dado una orden que no sabía cómo cumplir; o —⁠la posibilidad que se obligó a mirar con la misma frialdad que las otras dos⁠— que aún quedara algo de Frederick dentro de Frederick, algo que entendía lo que había hecho y no sabía qué hacer con ese entendimiento.

No podía saber cuál. Quizá las tres a la vez.

Frederick habló. Muy bajo, casi un susurro. Quizá ni ella.

—Cierra bien —⁠dijo.

Nada más. Dio media vuelta y se alejó con aquellos pasos lentos y medidos, sin mirar atrás, hasta que la penumbra se lo tragó y de él no quedó más que el roce de los pies descalzos sobre la alfombra, y luego ni eso.

Sophia se apartó de la rendija.

Cierra bien. Dos palabras. Las hizo girar buscándoles las caras, como hacía con todo.

Podían ser una orden: cierra bien, no quiero que salgas.

Podían ser un aviso: cierra bien, porque ahí fuera hay algo que no soy yo.

Podían ser lo más cerca de una disculpa que alcanza a llegar un hombre cuando las palabras de verdad ya no le pertenecen.

No sabía cuál, y esa era justo la trampa.

En las últimas semanas había aprendido que lo que no se puede clasificar es lo más peligroso.

Un enemigo claro tiene una lógica que se calcula y se anticipa.

Un hombre que puede ser enemigo o no según algo que ella no podía comprobar era un problema de otra clase.

Lo único firme era el hecho. Frederick había venido a su puerta a las diez de la noche sin motivo visible; no había subido del sótano, porque el crujido de la escalera de servicio la habría avisado; había llegado desde el estudio o desde el corredor, despacio, se había parado en el umbral sin entrar y se había marchado sin explicar nada.

Eso era el hecho. Lo que significaba, no.

Echó la llave. Encajó la silla bajo el pomo.

Después abrió el armario y buscó por el tacto, en la madera interior, el mapa que había trazado días atrás con el carboncillo.

No le hizo falta luz: lo tenía memorizado y lo repasó con la yema del dedo.

La ruta desde el río hasta el sótano oeste.

El punto donde el pasadizo abovedado desembocaba en la sala circular.

La puerta bajo la escalera principal. Y arriba, en el margen que había dejado en blanco, las siete palabras escritas después de conocer al Invitado en el salón:

El Invitado tiene cara. Se llama Drácula.

Cerró el armario.

La vela parpadeó una vez sobre la mesilla y siguió ardiendo.

Quedaba poco. Sophia pensó en las manos de Frederick, en la espalda vencida, en las dos palabras que podían significar tres cosas o ninguna, y llegó a la única conclusión que importaba: no podía saber si su tío seguía ahí dentro.

Pero tampoco podía descartarlo. Y si quedaba algo de él —⁠algo capaz todavía de abrir una puerta en el momento en que abrir una puerta importara⁠—, ese algo era la única variable de toda la mansión que ella no controlaba ni sabía calcular.

Las variables que no se calculan son las más peligrosas. O las más útiles.

Y todavía podía hacer una cosa esa noche.

La señal con Karl estaba pactada para el día siguiente, a las dos de la madrugada.

Pero la postura de Frederick en el umbral, los nudillos blancos, el «cierra bien», eran justo el tipo de información que Karl necesitaba para decidir si entraba o esperaba.

Tenía la vela encendida. Tenía la ventana al jardín norte.

Tres parpadeos contra el cristal y el hombre apostado en la verja sabría que algo había cambiado; Karl y Erik decidirían sobre un dato fresco, con el plan de la víspera ya superado por los hechos.

No lo hizo.

Se dijo que era prudencia. Que una señal adelantada podía leerse como pánico.

Que Karl tomaría peores decisiones con unas horas de más para angustiarse.

Razones técnicas, y todas ciertas. Pero debajo había otra cosa, y Sophia la reconoció con la misma incomodidad con que dos días antes había reconocido la voz del Frederick joven dentro de la suya: no quería ser la mujer que manda avisos en mitad de la noche porque su tío la ha mirado desde el umbral.

No quería que Karl viera parpadear la luz y supiera que ella había necesitado avisar antes de tiempo.

Era eso. Era la pequeñez de eso: una cuestión de qué tamaño quería tener a las siete de la mañana, cuando los hombres se reunieran en la sacristía.

Sopló la vela de todas formas.

Se quedó a oscuras, escuchando crujir la casa, con lo que sabía de Frederick guardado para el día siguiente como quien guarda una carta que ya no va a llegar a tiempo.

Anotó por dentro el momento exacto en que había decidido callar, y la razón —⁠la que no era técnica⁠— por la que lo había decidido.

Si salía viva, escribiría también eso. La gente que se obliga a poner por escrito lo que se calla es la que acaba pareciéndose un poco menos a quienes la criaron.

No durmió. Esperó, con la disciplina de quien ha aprendido que esperar también es una manera de actuar.