Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 48
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Capítulo 48

Todavía había luz en el almacén.

Una sola lámpara de aceite, la que Erik dejaba encendida cuando salía para que el edificio no pareciera vacío desde la calle. Karl la vio desde la acera y supo que Erik seguía dentro. Gabriel también. Ninguno de los dos dijo nada mientras cruzaban la calle.

Karl abrió la puerta sin llamar.

El interior olía a reactivos y a madera fría. Erik estaba de espaldas, inclinado sobre la mesa de zinc, envolviendo en lona una garrafa de cloruro de zinc. No se giró al oírlos entrar. Solo dijo, sin levantar la vista:

—Son ustedes.

—Sí —⁠dijo Karl.

Erik terminó el nudo. Dejó la garrafa con las otras dos ya envueltas. Se giró.

Tenía el aspecto de alguien que lleva días con el mismo problema y acaba de resolverlo, pero sin el alivio de haberlo resuelto: el gesto de quien sabe que los números cuadran y que, aun así, no son lo que más pesa esta noche.

Las gafas seguían rotas. Karl sabía que la marca estaba en el antebrazo izquierdo aunque ahora la tapara la manga⁠ — la había visto en el almacén días antes, los cuatro dedos y el pulgar impresos en negro en la carne, y no era el tipo de cosa que se olvida.

Miró el cuaderno que Karl llevaba bajo el brazo.

—¿Qué ha pasado?

Karl dejó el cuaderno sobre la mesa. Se quitó el sombrero. Buscó dónde sentarse y no encontró nada que no fueran las garrafas envueltas, así que se quedó de pie. Llevaba todo el día caminando por Praga siguiendo rastros de papel y ahora que había llegado a algún sitio no sabía cómo empezar.

—Esta mañana fui a un edificio —⁠dijo⁠—. La Casa de Fausto, en la Plaza de Carlos.

Lo dijo con la voz que había usado en toda la jornada para describir lo que encontraba en los archivos: la voz del abogado.

Pero mientras hablaba, mientras les contaba los legajos y las fechas y las descripciones de los administradores que habían escrito variaciones de la misma observación con siglos de diferencia, la voz fue cambiando de tonalidad sin que él pudiera evitarlo.

Porque una cosa era haberlo leído solo en esa sala pequeña con Červenka y el olor a papel viejo, y otra cosa era decirlo en voz alta delante de dos personas que habían visto lo mismo que él había visto, y que por eso iban a entender lo que significaba.

—El diablo de la leyenda —⁠dijo cuando llegó al final⁠— viene del este. Paga con lo que el hombre más desea. Se lo lleva cuando termina.

Se quedó en silencio un momento.

—Kelley buscaba la vida eterna y desapareció de los registros en 1597. El Duque de Opava pagó sus deudas y murió al año. Frederick firmó los contratos. —⁠Pausa⁠—. No es una leyenda. Es un método. Lo lleva usando siglos. Y Praga es solo la última ciudad.

Erik no dijo nada de inmediato. Miró el cuaderno abierto sobre la mesa. Miró la columna de fechas y las anotaciones con la letra pequeña y sin margen de Karl. Después miró a Karl a los ojos, con la mirada de quien ha escuchado algo que no esperaba y necesita un momento antes de responder.

—¿El papel de Purfleet? —⁠dijo.

Karl sacó el papel doblado del bolsillo interior y lo puso sobre la mesa sin decir nada.

Erik lo leyó. Lo leyó despacio, la descripción de la propiedad y la nota al margen. Cuando terminó, lo dejó sobre la mesa con el mismo cuidado con que se deja algo que no se quiere tirar pero que tampoco se sabe dónde poner.

—Entonces lo que hagamos aquí —⁠dijo⁠— decide con qué llega a Inglaterra.

—Sí.

Fue Gabriel quien habló entonces. Lo hizo desde donde estaba, junto a la puerta, sin acercarse a la mesa, con la voz un poco enronquecida del que ha callado durante el trayecto desde la sacristía porque estaba usando ese silencio para algo.

—Hay una cosa más que no sabe. —⁠No lo dijo como anuncio: lo dijo como continuación de algo que llevaba rato pensando⁠—. La negación litúrgica. Ya sabe que tengo que pronunciarla.

—Sí —⁠dijo Erik.

—Lo que no sabe es dónde. —⁠Gabriel hizo una pausa corta, del tipo que no busca efecto: solo necesita aire⁠—. Tiene que ser en el umbral. Desde dentro. No desde fuera.

Erik lo miró. Eso era nuevo. Eso cambiaba los cálculos de una forma que la mirada de Erik registró deprisa, acostumbrado a rehacer los planes en cuanto aparece una variable nueva.

—Solo —⁠dijo.

—Solo —⁠confirmó Gabriel.

Erik asintió. No preguntó si estaba seguro porque la pregunta habría sido una descortesía y los tres lo sabían. Ya se la había hecho una vez. Gabriel ya había contestado. No hacía falta repetirlo.

Lo que hizo fue mirar a Gabriel un momento⁠ — sin lástima y sin la distancia clínica que usaba para todo lo demás: con algo más difícil de nombrar, la mirada de un hombre que no tiene palabras para lo que quiere decir y que sabe que el otro tampoco las necesita.

Después miró a Karl.

—¿La marca? —⁠preguntó. Era la pregunta de alguien que ya sospechaba que quedaba algo más.

Karl y Gabriel intercambiaron una mirada breve. Fue Gabriel quien respondió.

—En el De Daemonibus hay algo que no les dije. Lo encontré la primera semana.

Erik no se movió durante un momento. Después, despacio, levantó la manga de la levita.

Miró la marca: los cuatro dedos y el pulgar impresos en la carne, negros, sin inflamación, sin calor, con la misma permanencia de las cosas que han decidido quedarse.

Eso era lo que él podía ver. Lo otro, lo que el libro decía que un strigoi vería sin necesidad de mirarle el brazo, tendría que creerlo sin comprobarlo.

La bajó.

—¿La llevamos los tres? —⁠preguntó Erik.

—Los tres. Y puede que Sophia.

—¿Hay remedio?

—El texto no lo menciona —⁠dijo Gabriel.

Erik cogió el cuaderno de la mesa. Lo hojeó hasta encontrar la página en blanco que seguía a las anotaciones de Karl.

Cogió la pluma. Escribió cuatro líneas con su letra apretada y sin margen, la misma con que redactaba los informes de autopsia cuando necesitaba que algo sobreviviera a quien lo escribía.

Después cerró el cuaderno y lo devolvió a Karl sin decir qué había escrito. Karl no lo abrió.

—¿Por qué no lo dijo antes? —⁠preguntó Erik, sin reproche.

—Porque no sirve de nada saberlo esta noche. —⁠Gabriel hizo una pausa⁠—. Y porque usted ya cargaba con suficiente.

Erik se quedó mirando las garrafas envueltas sobre la mesa⁠ — el cloruro de zinc, el alcohol, la jeringa en el bolsillo de la levita. Las herramientas de la única guerra que sabía librar.

—Franz lo habría sabido antes que yo —⁠dijo. Lo dijo en voz baja, casi para sí mismo, como se dice algo que se ha estado pensando durante horas y que al salir suena más pequeño de lo que era dentro.

Nadie respondió. No había nada que responder que no fuera verdad y que no doliera.

Fue Karl quien rompió el silencio, con la voz del hombre que ha aprendido esta semana que el trabajo es a veces lo único que impide que todo lo demás se derrumbe de golpe.

—Esta noche o mañana —⁠dijo⁠—. No más.

Erik cogió las dos garrafas de cloruro de zinc envueltas en lona. Las cargó bajo el brazo izquierdo con el cuidado de siempre. La tercera, el alcohol, la dejó en la mesa⁠ — iría aparte.

Gabriel abrió la puerta. El frío de Karlín entró de golpe con el olor a coque y a grasa quemada de las fábricas cercanas.

Karl apagó la lámpara que Erik había dejado para que el almacén no pareciera vacío desde la calle.

Salieron los tres a la noche.