Capítulo 47
Karl entró sin llamar. Traía el frío de la calle pegado en la ropa y el sombrero salpicado de la nieve fina que cae casi en polvo y se mete por todas las costuras sin avisar.
Gabriel estaba sentado a la mesa con el De Daemonibus cerrado frente a él y las manos encima de la cubierta, como quien lleva un rato así y ha dejado de notar que no se ha levantado.
—Schwartz está en Karlín —dijo Karl, quitándose el sombrero—. He mandado recado. Vendrá cuando pueda.
Gabriel asintió sin moverse.
Karl miró la silla al otro lado de la mesa. Se sentó. No sacó el cuaderno.
La lámpara de gas sobre el escritorio zumbaba con la presión baja de las noches de noviembre. Desde la calle llegaba el traqueteo de un último carro sobre los adoquines, el sonido ordinario de una ciudad que no sabía lo que estaba ocurriendo a tres metros de la acera.
—Antes —dijo Karl.
Gabriel lo miró.
—Antes de que llegue Schwartz. Lo que dijo que no me había dicho. Sobre el libro.
Gabriel retiró las manos de la cubierta. Las puso sobre la mesa, abiertas, palmas arriba. Era el gesto de alguien que ha decidido no sujetarse a nada mientras habla, o el gesto de alguien que no tiene ya nada a lo que sujetarse.
—La negación litúrgica —dijo—. Ya sabe cómo funciona. Ya sabe lo que me cuesta. Lo que no le he dicho es dónde hay que pronunciarla.
Karl esperó.
—El texto dice que debe pronunciarse in limine proprietatis . En el umbral de la propiedad. —Gabriel hizo una pausa—. No desde fuera. En el umbral. Lo que significa cruzarlo.
El silencio que siguió fue el de alguien que entiende muy bien y necesita un momento para colocarlo en el lugar que le corresponde.
—Tiene que entrar —dijo Karl.
—Sí.
—Solo.
—La negación es un acto individual. No funciona por delegación ni por presencia de testigos. —Gabriel miró la cubierta del libro—. Un sacerdote. Un umbral. Una sola vez.
Karl abrió el cuaderno. No escribió nada — solo lo tuvo abierto, como si la página en blanco fuera más fácil de mirar que el rostro de Gabriel en ese momento.
—¿Lo que hay dentro sabe lo que usted va a hacer?
—Lleva cuatrocientos años —dijo Gabriel—. Sabe reconocer una negación litúrgica mejor de lo que yo sé pronunciarla.
—Entonces sabe que tiene que impedírselo.
—Sí.
Karl cerró el cuaderno. Miró a Gabriel. No al libro, no a la mesa. A Gabriel. Y Gabriel dejó que lo mirara, sin apartar la vista, porque había pasado suficientes noches evitando que alguien lo viera bien para saber que esta noche no podía permitirse ese lujo.
—¿Tiene miedo? —preguntó Karl.
Gabriel tardó un momento.
—Sí —dijo—. Pero no del tipo que pensaría. No le tengo miedo a lo que hay dentro. Le tengo miedo a entrar y que la negación no funcione. A que el libro esté equivocado. A haber llegado hasta aquí y que al final no sirva de nada.
Karl asintió en silencio. Era el gesto de un hombre honesto y no el de un hombre valiente, y Karl Wagner llevaba quince años distinguiendo entre los dos.
—¿Hay algo más? —dijo Karl. No era una pregunta.
Gabriel lo miró.
—Lo hay siempre, con usted —dijo, y algo cambió en su expresión por un momento, tan rápido que Karl no habría sabido nombrarlo.
Abrió el libro desde donde estaba. Buscó la página sin vacilar: conocía de memoria la ubicación de algo que preferiría no conocer.
— Qui cum strigoi plene converso in contactu prolixo fuerunt, signum portant quod alii strigoi agnoscunt.
Non est infectio. Est memoria. Bestia meminit carnis quae prope eam fuit.
—Cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa sin mirarlo—.
Quienes han estado en contacto prolongado con un strigoi transformado por completo y despierto quedan señalados con un signo que no ve el ojo humano —tanto más hondo cuanto más directo y prolongado el contacto, aunque el roce más breve deje ya su sombra— y que otros strigoi reconocen.
No es infección. Es memoria. La bestia recuerda la carne que estuvo cerca de ella.
La lámpara siseó. Karl no dijo nada durante un momento.
—Esto no es lo mismo que la negación, padre —dijo Karl.
—No lo es —dijo Gabriel—. La negación es un acto.
La pronuncio yo, una vez, en un umbral, contra el contrato.
Cierra una cosa que estaba abierta desde mil cuatrocientos cuarenta y dos.
El signum es lo contrario: no es un acto, es una huella.
No la elige nadie. No se pronuncia. La deja la cercanía.
No clausura nada. Solo deja a quienes la llevan reconocibles para los de la especie.
—Una mira al contrato —dijo Karl, despacio—. El otro mira a las personas.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo lleva con esto? —preguntó.
—Desde la primera semana.
Karl lo miró.
—¿Por qué no lo dijo?
Gabriel apoyó los codos en la mesa. Se pasó las manos por la cara, un gesto cansado, sin cálculo.
—Porque no cambia nada de lo que hay que hacer esta noche —dijo—. Y porque cargamos ya con suficiente. —Una pausa—. Y porque si se lo decía a usted, tendría que decírselo también a Schwartz. Y Schwartz ha perdido a Franz. No quería añadir eso encima.
Karl no respondió de inmediato. Miró la mesa. Miró el libro cerrado. Miró a Gabriel.
—¿Y esta noche? —dijo.
—Esta noche sirve de algo si no sobrevivimos.
—Gabriel miró sus propias manos sobre la mesa—.
Si alguien encuentra este libro después, y encuentra su cuaderno, necesita saber esto también.
Para que entienda que los que estuvieron cerca no quedaron limpios.
Que llevan algo encima aunque no lo sepan.
Que si esto vuelve a ocurrir en otra ciudad, en otra década, los que hayan estado cerca antes serán los primeros en reconocerlo. Y los primeros en ser reconocidos.
No lo escribió en el cuaderno. Fue al escritorio de Gabriel, cogió un papel suelto del cajón, mojó la pluma. Escribió en silencio, con la letra pequeña y apretada del que redacta algo para que lo lean otros. Cuando terminó, lo dejó sobre la mesa.
Marca de contacto prolongado. No infección.
Reconocible por otros de su especie. Portadores confirmados: Schwartz (estudiante exanguinado, 14 nov, contacto físico siete minutos en sala de aislamiento).
Novotný (Ludmila Kovář, 13 nov, presencia durante el habla).
Tal vez: Vránský (Sophia, exposición continua en mansión sobre la Terra Patrum, no a strigoi pleno).
Wagner: pendiente de confirmación tras la entrada al sótano del dieciocho.
Consultar De Daemonibus, De Signis Contactus.
Gabriel lo leyó. Levantó la vista hacia Karl.
—Ha incluido su propio nombre como pendiente —dijo.
—Mañana lo seré —dijo Karl—. Bajamos los tres al sótano.
Si alguno de nosotros sale de allí, saldrá con la marca.
Mejor documentarlo antes que después. Si no salimos, también mejor: el siguiente lector sabrá que la marca no se la deja solo el que ve.
Se la deja también el que va a ver. Documentalmente, la lista tiene que decir lo uno y lo otro.
Gabriel miró el papel un momento más. Lo deslizó hacia Karl.
Karl lo dobló. Lo guardó en el bolsillo interior del abrigo, junto al papel de Purfleet. Se puso el sombrero.
—¿Schwartz lo sabe?
—No.
—Se lo diremos esta noche. Los dos juntos.
Gabriel asintió. Se levantó. Fue al armario litúrgico y dejó el De Daemonibus en el estante donde había estado estos días. Cerró el armario.
Se puso el abrigo. Metió la mano en el bolsillo del hábito por reflejo, donde el crucifijo de hierro llevaba semanas, y la sacó vacía. Sin terminar el gesto. Como la mano que se mueve hacia el pecho y no completa la señal.
Karl lo vio. No dijo nada.
—¿Está listo? —dijo después.
Gabriel miró la sacristía. El armario cerrado, la mesa con el papel de Karl encima, la lámpara que zumbaba. Veinte años en este espacio. El olor a cera y a piedra húmeda que ya no notaba porque era el olor de su propia vida.
—No —dijo—. Pero vamos de todas formas.
Salieron a la nieve de Praga.