Capítulo 53
Los pasos de Frederick se apagaron en la escalera del sótano, y Sophia empezó a contar.
Era la señal que llevaba cuatro noches esperando.
Cada madrugada, pasada la medianoche, su tío bajaba con el mismo sigilo, y cada madrugada ella medía con el oído el instante exacto en que el último crujido de la tarima se rendía al silencio.
Después contaba. Cien. Doscientos. El tiempo que tardaba la casa en asentarse del todo en su oscuridad, en volver a ser de noche el caparazón vacío que era, sin más respiración despierta que la suya.
Esta noche no contó para esperar. Contó para empezar.
Se levantó del suelo. Tenía el plan entero en la cabeza, montado pieza a pieza durante cuatro días con la misma frialdad con que su padre repasaba los libros de cuentas a fin de mes: buscando el fallo antes de que el fallo la buscara a ella.
Era simple, y lo simple era lo único en lo que ya confiaba.
Su ventana daba al jardín norte. El camino del norte se veía desde allí.
Entre las dos y las cuatro habría un hombre apostado en ese camino.
Fuego en la ventana: esa era la señal. Todo lo demás era cuestión de no equivocarse.
A oscuras, de memoria, abrió el armario.
Apartó por el tacto el abrigo de viaje del fondo y sacó la bolsa de cuero que no tocaba desde Viena.
La puso sobre la cama. Dentro, debajo del costurero de su madre y de las cartas que aún no se había atrevido a leer, envuelta en un pañuelo de seda, estaba la caja de cerillas.
Dieciséis. Las había contado tres días antes, a la luz de la última vela, pensando que quizá no llegaría a usarlas; que Karl vendría antes; que algo, cualquier cosa, le devolvería el control sin necesidad de aquello.
Cuatro días habían bastado para curarla de esa esperanza.
Karl no iba a venir a buscarla a ella: iba a venir por otra cosa, y la tarea de Sophia era asegurarse de que, cuando llegara, hubiera todavía algo a lo que venir.
Se guardó las cerillas en el bolsillo del vestido.
Sacó el abrigo y lo sostuvo un momento en la oscuridad.
Era el de lana gruesa que llevaba puesto en el tren desde Viena, el día que llegó a Praga con el equipaje de su padre muerto y la certeza de que Frederick la acogería porque la ley le obligaba a acogerla.
Había costado más de lo razonable; su padre se había empeñado en que fuera bueno, como si supiera que su hija iba a necesitar algo sólido entre ella y el frío.
Sophia lo dejó sobre el alféizar y dejó de pensar en él. No era el momento.
Los postigos cedieron sin ruido —los tenía con la falleba suelta desde la primera noche, de cuando todavía creía que la luz servía de barricada—. Los empujó hacia fuera con cuidado, conteniéndolos para que no golpearan la fachada.
El frío entró como una bofetada.
El jardín estaba blanco y quieto bajo un cielo encapotado, con esa claridad difusa que tiene la nieve recién caída cuando no hay viento. Cincuenta metros más allá, el muro cerraba la propiedad. Detrás del muro, invisible desde allí, el camino.
Frotó la primera cerilla.
La llama brotó pequeña y amarilla y le hizo daño en los ojos: después de tantas horas a oscuras, la luz era casi una agresión.
La acercó al forro de lana, al borde que había doblado más cerca.
La lana, fría y un poco húmeda por el aire de la ventana abierta, tardó un instante en decidirse.
Después prendió, con olor a pelo quemado, y el fuego echó a andar por la tela con una calma terrible —sin prisa, como algo que ha encontrado su alimento y sabe que nadie va a quitárselo—.
Sophia retrocedió dos pasos y lo vio crecer. El borde naranja avanzaba dejando negro detrás; la llama ganaba altura; la luz empezó a salir por la ventana hacia el jardín blanco, hacia el muro oscuro, hacia el camino que no veía pero que estaba ahí. Visible. Tenía que serlo, desde doscientos metros.
No se quedó a comprobarlo. Cuanto más ardiera, más probable era que Frederick oliera el humo, o viera la luz filtrándose por algún resquicio, o decidiera subir justo entonces. Se quitó los zapatos. Se subió al alféizar.
No había otra salida. Frederick había sellado las puertas exteriores —era justo lo que Frederick haría: clausurar, tapiar, convertir la mansión en una caja sin tapa—, pero una ventana no es una puerta.
Y abajo, a cuatro metros, esperaba el jardín, con su nieve blanda que prometía amortiguar la caída.
Se descolgó del alféizar agarrada con las dos manos.
La piedra estaba helada. A medio metro, el abrigo ardía, y el calor le daba en la mejilla derecha mientras el resto del cuerpo colgaba en el aire de noviembre.
Buscó con los pies un saliente, una moldura, cualquier cosa que recortara la distancia.
No había nada.
Y entonces, dentro de la casa, muy abajo, oyó algo: un crujido, un peso desplazándose sobre la piedra.
Se quedó inmóvil, colgada, los dedos ardiéndole de frío en el borde del alféizar, el corazón disparado.
Esperó la segunda señal —los pasos en la escalera, una puerta, una voz—.
No llegó. La casa volvió a callarse. Solo había sido la casa, o el fuego comiéndose el abrigo, o su propio miedo poniéndole sonido a la oscuridad.
Soltó.
El golpe fue peor de lo que había calculado.
La nieve amortiguó, pero debajo de la nieve el suelo era tierra helada, dura como piedra, y el impacto le subió por los tobillos y las rodillas hasta las caderas y le vació los pulmones de un tirón.
Quedó en cuclillas, las manos hundidas en la nieve, peleando por meter aire en un pecho que se negaba a abrirse.
Uno. Dos. Tres.
Respiró. Movió los tobillos: respondían. Nada roto.
Se incorporó. Arriba, su ventana escupía luz naranja contra la fachada negra: el fuego seguía vivo, ardía bien. Nadie había reaccionado todavía dentro de la casa; o, si lo había hecho, aún no había llegado. Sophia cruzó el jardín hacia el muro norte.
La nieve le llegaba a los tobillos y los pies descalzos perdieron el calor a los pocos pasos, pero no aflojó el ritmo.
Cincuenta metros. Los había medido desde la ventana el segundo día, cuando todavía catalogaba las salidas de la propiedad por puro método, antes de necesitarlas.
Había visto entonces la grieta del ángulo norte, donde la piedra del muro llevaba años desmoronándose.
Suficiente para pasar. Eso había pensado entonces, a la luz del día, con la cabeza fría.
Ahora, a oscuras, con las manos buscándola, la grieta parecía más pequeña.
Metió un hombro. La cabeza, de lado. El borde de piedra le mordió las costillas y se detuvo: no cabía.
Empujó con las piernas, y la piedra le arañó la espalda a través del vestido —un dolor concreto, frío— y aun así no avanzó.
Por un instante, el peor de la noche, peor que la caída, peor que el crujido en la casa, se vio a sí misma encajada en el muro, a medio camino, a la intemperie, incapaz de entrar y de salir, esperando a que el fuego de la ventana atrajera justo a quien no debía atraer.
Entonces hizo lo único que le quedaba: vació el pecho, soltó hasta la última brizna de aire, encogió las costillas sobre los pulmones vacíos y volvió a empujar.
Pasó.
Salió al otro lado y cayó de rodillas en la nieve, jadeando, con la espalda en carne viva y los dedos sin sensación. No se levantó enseguida. Miró atrás, a través de la grieta: la fachada oscura con su única ventana naranja.
Pensó en Anna. En la cocina, en las baldosas que la chica conocía mejor que nadie, en la puerta de servicio que Sophia le había abierto dos noches antes para que cruzara una línea que no estaba en ningún mapa y que existía igual.
Anna había salido por esa puerta y había vuelto a entrar sola, con la cara blanca de algo anterior al miedo.
No había sido capaz de cruzar. Sophia cruzaba ahora por las dos, y se llevó el nombre completo como quien se lleva una deuda: Anna Holubová, dieciséis años, madre en Žižkov.
No se permitió decirle adiós en voz alta.
Decirlo era un lujo que esa noche todavía no se había ganado.
Se puso de pie en el camino del norte.
El silencio era casi total: ni carros, ni pasos, ni un perro ladrando a lo lejos. Solo su respiración, demasiado rápida, y la nieve, y el camino negro abriéndose en las dos direcciones. Pasaron diez segundos. Veinte.
Entonces una figura se separó de las sombras, entre dos árboles, a veinte metros. Baja, robusta, con el capote de la Gendarmería. Se acercó sin correr, con la rigidez del que lleva mucho rato inmóvil y sabe lo que vale el silencio. Se detuvo a tres metros.
—¿ Slečna Vránský? —preguntó en checo, muy bajo.
—Sí.
—Wagner —dijo el hombre. Solo el nombre. Como si bastara. Bastaba.
—Wagner —confirmó ella.
El sargento miró hacia la mansión, hacia la ventana que seguía ardiendo, la llama más baja ya pero todavía nítida contra la fachada.
—¿Hay mensaje?
—Dígales que salí —dijo Sophia—. Y que el plano del túnel está en el armario de mi habitación, en la madera interior, marcado con carboncillo. Que lo busquen en cuanto entren.
El hombre asintió. Miró la grieta del muro, los bordes de piedra suelta, el rastro de pies descalzos en la nieve.
—¿Viene conmigo?
Sophia tardó en contestar. Miró por última vez la casa: la ventana ardiendo, el muro, la oscuridad de todas las demás ventanas.
En algún punto bajo aquel suelo, Frederick seguía haciendo lo que hacía cada noche —velando algo que no debería existir, pagando una deuda que no terminaría de pagarse nunca—.
No podía salvarlo. Lo había entendido hacía días, con esa claridad fría que tienen las cosas que no admiten arreglo.
Pero podía hacer lo que había ido a hacer esa noche, que era la única forma en que algo podía cambiar todavía.
—Sí —dijo.
Echaron a andar hacia el este, alejándose de la mansión, la nieve tragándose sus pasos.
El sargento no habló. Ella tampoco. Tenía los pies helados, los tobillos doloridos, la espalda en carne viva y el frío metiéndosele por cada costura del vestido, y en algún punto del camino dejó de sentir los dedos de los pies y decidió que eso también era algo de lo que ocuparse más tarde.
No miró atrás.
Ya sabía lo que había detrás: el fuego apagándose solo en la ventana, la mansión cerrándose sobre sí misma en la oscuridad, y dentro de esa oscuridad los hombres que vendrían después de ella a terminar lo que ella había empezado.
Con eso bastaba.