Capítulo 45
El dolor de las costillas era constante pero manejable, que era la forma en que Erik Schwartz describía cualquier variable que no pudiera eliminar: constante pero manejable, anótelo, continúe. Llevaba tres días describiéndolo así. Las costillas seguían fisuradas de todas formas.
El almacén, en cambio, era neutral. Era el espacio de su padre, que había pasado casi cincuenta años proveyendo reactivos químicos a los laboratorios de media Bohemia y que había creído en la química con la misma fe con que otros creían en Dios, y que había muerto sin saber que la química también tenía sus límites. Había algo honesto en eso.
Encendió las tres lámparas de aceite sobre la mesa de zinc.
El distrito de Karlín a las cinco de la tarde olía a lo que olía siempre: humo de coque de las fábricas de gas, grasa quemada, el olor dulzón y persistente de las curtidurías que el frío comprimía en lugar de dispersar.
Por la ventana pequeña y alta del almacén, los adoquines de la calle brillaban con el agua de la lluvia de la mañana, mezclada con lo que quedaba de nieve vieja: una papilla gris que los carros aplastaban en los surcos del empedrado. Nada había cambiado en Karlín.
El plan era correcto en su estructura. Lo había presentado en la sacristía la noche anterior y Karl lo aceptó como base de trabajo. Nadie objetó nada porque nadie identificó el problema central, o porque todos decidieron sin decirlo no identificarlo, que a veces era lo mismo.
El problema era este: el fuego forzaba la apertura del arcón solo si lo que había dentro quería salir.
Erik se levantó. Fue a la estantería del fondo. Buscó entre los frascos hasta encontrar una barra de plomo en bruto, del tipo que los fontaneros usaban para sellar juntas. La cogió. La sostuvo en la mano un momento, calculando el peso, y después fue a la mesa y la dejó junto a la jeringa.
Drácula llevaba cuatrocientos años haciendo justo lo que le convenía hacer.
Si las condiciones del sótano se volvían adversas, tenía cuatrocientos años de práctica en calcular si era más seguro quedarse o salir.
Un médico que había pasado veinte años estudiando el comportamiento de organismos bajo condiciones extremas no podía asumir que un espécimen con esa capacidad de adaptación respondería al estímulo de la forma prevista.
Erik abrió el cuaderno en una página en blanco. Cogió la pluma.
—Variables no contempladas en el plan de acción vigente —dictó en voz baja—.
El fuego en las cajas periféricas asume que el ocupante del arcón central elegirá salir.
Esta asunción no está verificada experimentalmente.
Si el ocupante elige permanecer dentro, el arcón sellado con plomo actúa como barrera efectiva.
El compuesto no atraviesa el plomo. La segunda pieza del plan queda inoperativa.
Escribió todo eso en el cuaderno con la letra apretada y sin márgenes de los informes que se redactan bajo presión. Después se quedó mirando la página.
Había una condición que resolvía el problema.
La había identificado desde el principio, desde la noche en que había formulado el compuesto, y desde entonces había estado aparcándola en una esquina del pensamiento donde las cosas que no quieres examinar pueden vivir durante un tiempo razonable antes de que tengas que mirarlas de cara.
Cogió la pluma. Escribió: Condición alternativa:
Y se detuvo.
La condición alternativa era que alguien estuviera en el umbral exacto del arcón en el momento en que se abriera, con la jeringa ya preparada, antes de que lo que había dentro pudiera reaccionar.
No en el pasillo, como habían discutido.
En el umbral exacto. A un metro de distancia como máximo.
En diez segundos, algo con la fuerza que había visto en ese sótano podía hacer mucho daño.
En diez segundos a un metro de distancia, ese daño no era teórico.
La marca en su antebrazo izquierdo seguía ahí.
Los cuatro dedos y el pulgar del Estudiante impresos en la carne, negros, sin inflamación, sin calor, con la permanencia de algo que había decidido quedarse.
Esa era la parte que se veía. La otra —la que no se veía, la que los de la especie del Estudiante leían en él como una firma— Erik solo la conocía por el libro.
Erik la había tocado esa mañana sin querer y había retirado la mano con más brusquedad de la necesaria.
No escribió la condición alternativa.
Cerró el cuaderno. Se puso bien las gafas y se quedó de pie junto a la mesa, mirando la barra de plomo y la jeringa, que eran los dos elementos del problema y que no se resolvían entre sí.
Entonces pensó en la tierra.
No llegó a ser un pensamiento ordenado: se pareció más a lo que ocurre cuando una variable que estaba fuera del sistema aparece de repente dentro de él, sin que nadie la haya invitado.
La Terra Patrum de las cajas. La tierra transilvana que llevaba siete días vascularizándose con el suelo de Praga, integrándose con él, estableciendo lo que el De Daemonibus llamaba Hebdomada Mortis .
Tejido vivo. Un sustrato orgánico activo que conectaba las cajas entre sí y con el arcón central.
Erik fue al cuaderno. Lo abrió en la misma página.
—Hipótesis adicional —dijo en voz baja—. Si el sustrato orgánico de la Terra Patrum funciona como tejido conductor entre las cajas y el arcón central, la contaminación química del sustrato podría propagarse hacia el interior del arcón a través de ese tejido, sin necesidad de atravesar el plomo.
Se detuvo.
Miró lo que había escrito.
Era una hipótesis. No era un hecho. Para ser un hecho necesitaba ver con sus propios ojos la disposición interior del sótano —la que Karl había descrito de memoria, pero que él no había pisado—, y necesitaba saber si la vascularización había llegado de hecho al interior del arcón o solo a las cajas periféricas, y necesitaba saber si el plomo actuaba como barrera también para la contaminación del sustrato o solo para la penetración física de la aguja.
No sabía ninguna de esas cosas.
Pero tampoco las descartaba.
Escribió debajo, con letra más pequeña: Verificar: ¿el plomo aísla el sustrato o solo el espacio físico? Necesito la ruta de entrada. Necesito que Sophia salga.
Esa última frase la subrayó una vez. Después la subrayó dos veces.
Si Sophia salía y traía la ruta del túnel, tendrían por fin una forma de entrar, y dentro podría verificar si la hipótesis del sustrato era viable.
Si era viable, el plan mejoraba de forma significativa: ya no dependía de que el arcón se abriera: bastaba con que el sustrato condujera el compuesto por sus propias vías.
El fuego seguía siendo necesario para las cajas periféricas.
La jeringa seguía siendo necesaria. Pero el objetivo no sería el arcón. Sería la tierra que lo rodeaba.
Era posible. No era seguro. En medicina, posible y seguro eran categorías diferentes y Erik llevaba veinte años sin confundirlas, aunque en los últimos tres días había cruzado suficientes líneas como para preguntarse si esa distinción todavía le pertenecía.
Volvió a la primera página de la sesión.
Leyó lo que había escrito sobre la condición alternativa, que era solo el encabezado sin el contenido.
Arrancó la hoja con cuidado. La dobló en cuatro.
La guardó en el bolsillo del chaleco, no porque fuera a necesitarla: había aprendido que las cosas que no quieres que existan son más peligrosas sueltas que guardadas.
La jeringa seguía sobre la mesa. Cincuenta mililitros de algo que coagulaba fluido orgánico activo en contacto directo. Erik la cogió y la guardó en el bolsillo interior de la levita con el cuidado de siempre.
Franz había muerto porque Erik había tardado demasiado en creer lo que tenía delante. Eso no iba a volver a ocurrir.
Se quedó sentado en la silla mirando el cuaderno abierto sobre la mesa de zinc, con las lámparas de aceite encendidas y el frío de Karlín filtrándose por las rendijas de la puerta y el olor de las curtidurías llegando desde la calle como siempre.
La ruta del túnel estaba dentro de la mansión.
Sophia tenía que salir.
Antes de la medianoche del diecisiete, habían dicho. Y antes de que la decisión la tomara ella sola, que era la otra posibilidad y la que a Erik le preocupaba más, porque era justo la clase de persona que tomaba ese tipo de decisiones sin consultarlas con nadie.
Apagó dos de las tres lámparas. Salió al barro gris de Karlín.