Capítulo 44
Karel Brouček llevaba veintidós años limpiando el espejo del vestíbulo cada mañana antes de abrir.
Era un espejo veneciano, herencia de su padre, con el marco de madera dorada que se había ido oscureciendo con los años hasta adquirir el color del caramelo quemado.
Su padre le había dicho que un vestíbulo con un espejo limpio transmitía confianza, que los huéspedes no eran del todo conscientes de ello, pero lo sentían, y Brouček había decidido creerle porque su padre había tenido razón en casi todo lo demás.
Esa mañana lo había limpiado tres veces.
No porque estuviera sucio. Estaba igual que siempre, con esa pátina fina de humedad de noviembre que se formaba cada invierno en el cristal y que desaparecía con un paño seco en treinta segundos.
Lo había limpiado una vez a las siete, cuando abrió.
Otra vez a las nueve, cuando pasó por delante camino de la cocina y le pareció que había una mancha en el ángulo inferior derecho.
Y otra vez a las once, cuando comprobó que la mancha no existía pero lo limpió de todas formas porque sus manos ya estaban en el paño y el gesto estaba a medio hacer.
Ahora eran las cuatro y media de la tarde y Brouček estaba sentado detrás del mostrador con el libro de cuentas abierto frente a él, aunque llevaba veinte minutos sin leer ninguna cifra.
La luz de la tarde entraba por la ventana de la fachada en un ángulo bajo y anaranjado que hacía que el vestíbulo pareciera más pequeño de lo habitual, más cerrado.
Brouček había corrido las cortinas a medias sin recordar haberlo decidido.
Desde arriba no llegaba ningún sonido.
El huésped de la habitación cuatro no bajaba a desayunar.
No bajaba a comer. Brouček no lo había visto salir por la puerta principal en todo el día, aunque tampoco podía jurar que no hubiera salido.
Había momentos, sobre todo al anochecer, en que Brouček tenía la sensación de que algo en la posada se reorganizaba sin que él pudiera señalar qué.
Como cuando se entra en una habitación y se sabe que alguien ha estado ahí aunque todo esté en su sitio.
No era una queja. El huésped no daba problemas. Pagaba sin retraso, en monedas de oro cuya procedencia Brouček había decidido no examinar demasiado. No hacía ruido. No pedía nada.
Solo que Brouček no bajaba al sótano desde que llegó.
No había tomado esa decisión a propósito.
Cada vez que se acercaba a la puerta del sótano con algún motivo legítimo, buscar carbón, revisar las provisiones, comprobar que las tuberías no se habían helado con el frío de los últimos días, algo en él decidía que podía esperar.
Que ya bajaría más tarde. Que no era urgente.
Llevaba dos días diciéndose que ya bajaría más tarde.
La campanilla sobre la puerta sonó.
Brouček levantó la vista. El hombre que entró era alto, con un abrigo de lana oscura que llevaba la nieve de la calle en los hombros y un sombrero de copa que se quitó con un gesto preciso, casi mecánico, el gesto de alguien que ha entrado en demasiados despachos para hacerlo de otra manera.
Tenía la cara de un hombre que duerme poco y piensa mucho, con unas ojeras de acumulación más que de cansancio, como si llevara días cargando algo que no cabía en ninguna categoría que él conociera.
Dejó el sombrero sobre el mostrador.
—Buenas tardes —dijo, en alemán. Un alemán culto, de Berlín o cerca—.
Soy Karl Wagner, abogado. Represento a una parte con intereses en un asunto que requiere verificar la presencia en Praga de un ciudadano extranjero.
—Sacó un papel doblado del bolsillo interior y lo deslizó sobre la madera—.
Tengo autorización del sargento Vodička de la Comisaría del Distrito I para consultar el registro de huéspedes.
Brouček cogió el papel. Lo leyó despacio.
Era una nota breve, con el membrete de la Comisaría y la firma del sargento, que autorizaba al portador a verificar el registro de huéspedes de establecimientos del Distrito I en el marco de una investigación de residencia.
El lenguaje era vago de una forma que Brouček reconoció como deliberada: lo bastante oficial para no poder ignorarlo, lo bastante impreciso para no comprometer a nadie.
Devolvió el papel sin comentario.
—¿Qué ciudadano? —preguntó.
—Un hombre —dijo Karl—. Extranjero. Llegado a Praga en los últimos días. Procedente del este. —Una pausa breve—. Es todo lo que puedo decirle por el momento.
Brouček lo miró. Algo en la pregunta rozó un borde que no supo identificar, como cuando una palabra conocida pierde por un instante su significado y hay que esperar a que vuelva.
Duró menos de un segundo. Después fue hacia el armario que había detrás de él y sacó el libro de registro, sin saber ya qué había sentido ni por qué.
Era un volumen de tapas de cuero negro, con el año grabado en el lomo, que su padre había iniciado en 1858 y que él había continuado con la misma letra redonda y ordenada, una entrada por huésped, fecha, nombre, procedencia, habitación, forma de pago.
Llevaba veintidós años de entradas, miles de nombres, comerciantes y viajeros y familias y estudiantes y algún diplomático ocasional que pedía discreción y la obtenía.
Lo dejó sobre el mostrador y lo abrió por la página de la semana.
Karl miró la página.
Brouček también la miró. Pasó el dedo por las entradas despacio, leyendo cada línea con la concentración del que quiere estar seguro antes de hablar.
El comerciante de Brno, llegado el lunes.
La familia de Viena, llegada el martes con tres niños y una cantidad de equipaje desproporcionada para una estancia de cuatro días.
El estudiante de derecho de Budapest que había pedido la habitación más barata y había pagado por adelantado con monedas contadas una a una sobre el mostrador.
El dedo de Brouček se detuvo al final de la columna.
—Esta semana hemos tenido tres huéspedes —dijo—. El comerciante de Brno sigue con nosotros. La familia de Viena se fue ayer. El estudiante de Budapest llegó esta mañana. —Levantó la vista—. Ninguno procede del este. Lo siento, señor Wagner. No puedo ayudarle.
Karl no respondió de inmediato. Tenía los ojos fijos en la página con una atención que Brouček no supo interpretar. El abogado inclinó la cabeza, como quien ajusta el ángulo de visión para leer algo en la distancia.
—¿Podría ver la página anterior? —dijo Karl.
Brouček pasó la página hacia atrás. La semana anterior. Más entradas, más nombres. El dedo de Brouček recorrió la columna otra vez.
—Tampoco —dijo—. La semana pasada tuvimos un grupo de comerciantes checos y un ingeniero alemán que venía a supervisar unas obras en el distrito. Ninguno del este.
Karl miró la página en silencio durante un momento que se alargó lo suficiente para resultar un poco incómodo. Después se incorporó despacio.
—Entiendo —dijo al fin.
Empujó el libro despacio hacia Brouček. Recogió la nota de Vodička del mostrador y se la guardó en el bolsillo. Tomó el sombrero.
Brouček lo observó hacer todo esto sin moverse. Había algo en la forma en que el abogado recogía sus cosas que no correspondía a un hombre que ha recibido una respuesta satisfactoria. Era el movimiento de alguien que guarda lo que ha encontrado, no lo que esperaba encontrar.
—Una última cosa —dijo Karl, con el sombrero ya en la mano, como si la pregunta fuera secundaria—. ¿Tiene usted sótano en la posada?
Brouček parpadeó.
—Sí —dijo—. Para el carbón y las provisiones.
—¿Baja usted con frecuencia?
La pregunta era absurda. Fuera de lugar en el contexto de una verificación de residencia de un ciudadano extranjero. Brouček abrió la boca para decirlo, para señalar la incongruencia con la amabilidad firme que usaba con los huéspedes difíciles.
Pero lo que salió fue otra cosa.
—Desde hace unos días no —dijo.
No supo por qué lo dijo. Era verdad, pero no era una respuesta que tuviera ningún sentido dar a un desconocido que preguntaba por el sótano de su posada. La verdad salió sola, sin filtro, como ocurre a veces con las cosas que uno lleva días sin examinar.
Karl lo miró. No con sorpresa. Con algo más parecido al reconocimiento, aunque Brouček no habría sabido decir qué era lo que el abogado reconocía en él.
—¿Desde cuándo? —preguntó Karl.
Brouček intentó recordar. Fue hacia atrás en su memoria buscando la última vez que había bajado al sótano, la última vez que había cogido el candil de la cocina y abierto la puerta y bajado los siete peldaños de piedra hacia el frío húmedo de abajo.
No encontró el momento. Había un punto en su memoria reciente donde el sótano desaparecía sin más, como si alguien hubiera borrado esa parte con la misma eficiencia con que se borra una línea de un documento.
—No lo recuerdo bien —dijo, y la frase le sonó extraña en su propia boca.
Karl asintió. Se puso el sombrero con ese gesto preciso y mecánico con que se lo había quitado. Miró a Brouček un momento más, con esa mirada que no se apartaba, y en ese momento Brouček tuvo la impresión fugaz, por entero irracional, de que el abogado sabía algo sobre él que él mismo no sabía.
—Gracias por su tiempo —dijo Karl—. Buenas tardes.
La campanilla sonó cuando salió. Brouček se quedó de pie detrás del mostrador, mirando la puerta cerrada.
No sabía qué había buscado el abogado. No sabía si lo había encontrado.
Solo sabía que algo en la forma en que ese hombre había mirado el libro de registro le producía una incomodidad que no encontraba dónde colocar, como cuando se tiene la certeza de haber olvidado algo importante sin poder recordar qué.
Fue hacia el espejo del vestíbulo. Cogió el paño que siempre tenía doblado en el cajón del aparador. Lo limpió.
No estaba sucio.
Lo limpió de todas formas.
El libro de registro quedó sobre el mostrador, cerrado. Dentro, en la página de la semana, había una entrada escrita con la letra redonda y ordenada de Brouček que él no recordaba haber escrito y que no volvería a ver aunque abriera el libro cien veces más.
Fuera, Karl caminaba hacia Malá Strana con el paso metódico de siempre. La nieve había empezado a caer de nuevo, una nevada fina y silenciosa que cubría los adoquines con una capa que borraba las huellas casi antes de que se formaran.
Vlad Drácula. Conde. Bistritz, Transilvania.
El nombre tenía cuatrocientos años de firma detrás. El mismo ángulo en los trazos. La misma presión. Sin rastro de tiempo.
Y Brouček con el dedo encima sin verlo.
Karl no sacó el cuaderno. No había nada que anotar que no supiera ya, y las cosas que sabía ya no cabían en ninguna categoría que él conociera.
Habían dejado de caber en algún momento entre el archivo municipal y el mostrador de una posada de la Ciudad Vieja, y lo que ocupaba ese espacio ahora no tenía nombre en el derecho civil del Imperio Austrohúngaro ni en ningún otro código que él hubiera estudiado.
Había visto el nombre con sus propios ojos.
Había visto a Brouček no verlo.
Y había visto en los ojos del posadero, en ese segundo de confusión genuina ante una pregunta sobre su propio sótano, algo que reconoció con una claridad que le resultó insoportable: el mismo gesto de un hombre que ha hecho algo sin entender del todo por qué lo hacía.
El mismo gesto que él había tenido trece días antes en Berlín, inclinado sobre un contrato, con el sello del bufete en la mano.
Al salir a la calle Karl se detuvo un momento en el umbral.
Desde esa posición podía ver el callejón lateral que discurría junto a la posada.
Al fondo, casi oculta por la sombra de un saliente de piedra, había una puerta baja que daba al nivel del sótano.
El cerrojo era nuevo. Brillaba con el mismo lustre del acero recién forjado que había visto días antes en el almacén número cuatro junto al Puente de Carlos.
Karl lo miró el tiempo justo para registrarlo. Después siguió caminando. La nieve seguía cayendo. Praga seguía siendo Praga, indiferente y enorme y llena de gente que no sabía lo que dormía bajo sus pies.