Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 43
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Capítulo 43

Frederick llamó a su puerta a las cuatro y media de la tarde.

Sophia lo supo por el sonido de los pasos en el corredor: el arrastre irregular de las zapatillas de cuero, el peso desigual sobre el tablón que crujía frente a la habitación de invitados.

Llevaba cuatro días reconociendo los sonidos de la mansión.

No tenía otra cosa a la que prestar atención.

Sabía qué crujido correspondía a qué tablón.

Sabía cuánto tardaba el viento en pasar de la ventana del corredor a la rendija de su puerta.

Sabía que Frederick bajaba al sótano siempre después de medianoche y que desde hacía tres días no subía hasta el mediodía y que cuando subía no comía.

—Sophia —⁠dijo Frederick al otro lado de la puerta⁠—. Baja al salón. Tenemos visita.

Había algo en cómo lo dijo. No el tono del tutor que convoca a su pupila, ni el del hombre que cumple una obligación social. El tono de alguien que ha recibido una instrucción y la transmite cuidando cada palabra.

Sophia se puso los zapatos. Se recogió el pelo. Miró la puerta un momento antes de abrirla y después salió al corredor.

Frederick estaba peor que la última vez que lo había visto.

La piel del color de la cera usada, los ojos con una opacidad que iba más allá del láudano, como si lo que se estuviera vaciando fuera algo anterior a la conciencia.

Llevaba la ropa del día anterior. Al verla, dio un paso involuntario hacia atrás, el cuerpo respondiendo antes de que la mente lo asimilara; después se recompuso y señaló hacia la escalera con un gesto demasiado cuidadoso para ser natural.

Bajaron en silencio. En el vestíbulo, la puerta del salón estaba entreabierta y desde dentro llegaba el calor de la chimenea encendida. Frederick se detuvo un momento antes de empujar la puerta, con la mano en el marco, y Sophia vio que los nudillos se le habían puesto blancos.

Empujó la puerta.

Sophia se colocó un paso detrás de Frederick al entrar, desde donde podía ver el interior completo antes de avanzar: la chimenea a la izquierda, las dos ventanas al fondo con los tejados de Malá Strana visibles en la distancia gris de la tarde, la puerta de acceso al corredor lateral a la derecha.

Y el hombre de pie junto a la chimenea.

Todos los hombres que esperaban en un salón ajeno se sentaban, o al menos se apoyaban en algo, porque esperar en un sitio que no es el tuyo tiene algo de provisional que el cuerpo expresa sin quererlo.

Este hombre estaba de pie en el centro exacto del espacio entre la chimenea y la ventana, con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si el espacio llevara siglos siendo suyo y él hubiera vuelto.

Se giró cuando entraron.

Sophia lo miró. La cara era fuerte, el perfil pronunciado hacia delante, tallado con menos material del necesario para ser cómodo.

Las cejas espesas y oscuras casi juntas sobre el entrecejo.

La piel muy pálida. Los ojos de un color que Sophia empezó a registrar y después dejó de intentar precisar, porque en el momento en que lo miró de frente el hombre le sostuvo la mirada con una atención tan completa y tan quieta que Sophia eligió mirar un punto un poco por encima de ellos.

—Mein Fräulein —⁠dijo el hombre, en alemán. Se inclinó apenas. La corrección del gesto era absoluta, la clase que ya no requiere atención porque lleva demasiado tiempo siendo automática.

Frederick carraspeó.

—Mi sobrina —⁠dijo, recitando algo que debía salir bien⁠—. Sophia Vránský. —⁠Una pausa demasiado breve⁠—. El Conde Drácula. Nuestro… asociado.

El Conde miró a Frederick. Un vistazo breve, de la clase que se dirige a alguien cuya función ha concluido sin contratiempos.

Frederick, que tenía la copa en la mano, se inclinó hacia delante con una pequeña reverencia que tenía poco de la de un barón checo ante un huésped y mucho de otra cosa. Sophia lo registró y lo guardó.

El Conde volvió los ojos hacia ella.

—Sophia —⁠dijo. Como quien fija una coordenada.

Sophia se sentó en el sillón del rincón, el que estaba de espaldas a la pared con la puerta a su izquierda y las dos ventanas en el ángulo de visión derecho.

El Conde observó elegir el asiento sin comentarlo.

Después tomó él mismo la silla frente a ella, cruzó una pierna sobre la otra con una lentitud deliberada, y en ese movimiento las manos cruzadas detrás de la espalda pasaron al frente y Sophia las vio por primera vez.

Eran anchas. Dedos cortos y gruesos, uñas más largas de lo habitual, y había algo en la proporción de esas manos respecto al resto del cuerpo que no terminaba de encajar.

Pertenecían a una versión anterior y más material del hombre que las llevaba.

Sophia las miró el tiempo exacto que se tarda en registrar algo y después levantó la vista, y notó que el Conde había estado mirándola observar sus manos, con una expresión que era casi diversión, casi.

El silencio duró lo suficiente para que Sophia tuviera que decidir si lo llenaba. Decidió que no.

—Lleva usted poco tiempo en Praga —⁠dijo el Conde, al cabo.

—Seis semanas —⁠dijo Sophia.

—Y antes, Viena. La Josefstadt, si no me equivoco.

Sophia lo miró. La Josefstadt era el distrito donde había vivido con su padre.

Frederick podría habérselo dicho, era posible, era la explicación razonable.

Y sin embargo había algo en la forma en que el Conde lo dijo, sin inflexión de pregunta, sin el tono de quien verifica un dato recibido, que hacía que la explicación razonable pesara un poco menos de lo que debería.

—Sí —⁠dijo Sophia.

—Su padre tenía una biblioteca considerable —⁠dijo el Conde⁠—. Los hombres curiosos suelen tenerla. —⁠Una pausa⁠—. ¿Qué lee usted?

—Medicina. Historia natural. Algo de derecho.

El Conde asintió.

—El derecho es útil —⁠dijo⁠—. En especial para quien entiende que las leyes que importan no siempre son las que están escritas. —⁠Miró a Sophia con esa atención quieta y total⁠—. Su padre lo entendía así, creo.

—Mi padre era un hombre metódico —⁠dijo Sophia.

El Conde la miró.

—Lo conocí —⁠dijo.

Nada más. Sophia esperó. El Conde no añadió nada: ni el nombre de su padre, ni una circunstancia en que se hubieran visto, ni el gesto convencional de condolencia que cualquier hombre que conoce a otro y sabe que ha muerto hace de forma automática.

Solo lo conoció, dicho con la misma entonación con que se diría lo vi una vez o pasé por ahí .

Como si el recuerdo no tuviera temperatura.

Sophia miró las manos del Conde sobre el reposabrazos de la silla. Quietas. Sin el mínimo ajuste de quien acaba de mencionar algo incómodo.

—Era un hombre interesante —⁠añadió el Conde, tras una pausa, con el tono de quien cierra un archivo.

Sophia no respondió. Guardó también eso.

—Los hombres metódicos suelen serlo porque han visto lo que ocurre cuando los métodos fallan —⁠dijo el Conde.

Lo dijo sin énfasis, con la naturalidad del que comparte una observación que lleva tiempo siendo obvia⁠—.

Yo mismo fui metódico durante… —⁠Se detuvo un instante, brevísimo, como quien recalibra una unidad de medida⁠—.

Durante mucho tiempo. Ya no lo encuentro necesario.

Sophia registró la pausa. La guardó junto con la Josefstadt y las manos y la voz, que era lo siguiente que había registrado sin querer: grave, lenta, con una cadencia que hacía que cada frase llegara completa y con su peso exacto, y Sophia tuvo que hacer algo deliberado con sus propias manos: apoyarlas sobre los brazos del sillón con una presión medida, los dedos extendidos sobre la madera, para no inclinarse un poco hacia delante como se inclina el cuerpo cuando quiere oír mejor algo que le importa.

Se quedó mirando sus propios dedos sobre la madera un momento.

Después levantó la vista.

Guardó también eso, en el lugar más oscuro del lugar sin nombre, junto con todas las demás cosas que no podía permitirse examinar todavía.

Desde la esquina donde Frederick se había instalado llegó el sonido de la botella contra el borde de la copa. El Conde no miró hacia allí. Pero algo en su postura cambió apenas cuando sonó el cristal, una quietud dentro de la quietud, como la de un animal que oye a lo lejos algo que reconoce.

Sophia notó entonces el frío.

La chimenea llevaba encendida desde antes de que entraran, suficiente tiempo para haber calentado la habitación entera.

El calor llegaba hasta donde estaba ella sentada, hasta la puerta, hasta las ventanas.

Pero entre ella y el Conde, en el espacio exacto que ocupaba la silla donde él estaba sentado, el aire tenía la temperatura que tenía el corredor.

Sophia no movió las manos. No cambió la expresión.

Lo midió en silencio con la misma precisión con que medía todo y archivó el resultado junto con lo demás.

—¿Extraña Viena? —⁠preguntó el Conde.

—No —⁠dijo Sophia.

—Eso también es interesante —⁠dijo el Conde.

Las campanas de San Vito sonaron a lo lejos, cinco golpes llegando atenuados por la distancia y los tejados y el frío húmedo que subía del Moldava por la ladera de Hradčany.

Durante esos cinco golpes el Conde no dijo nada.

La miró. Y Sophia sostuvo ese silencio mirando el punto por encima de sus ojos y pensando en la geometría de la habitación y en la distancia hasta la puerta y en cuántos pasos necesitaría, y también, a la vez, en la voz y en las manos y en aquel frío que ninguna ventana explicaba, porque salía del cuerpo que tenía enfrente, y no supo, en ese momento preciso, cuál de los dos pensamientos era más urgente.

El Conde se puso de pie. El movimiento fue tan fluido y tan silencioso que Sophia tardó medio segundo en registrar que había ocurrido.

—Ha sido un placer —⁠dijo, inclinándose con esa corrección exacta⁠—. Praga es una ciudad que trata bien a las personas que saben observarla. Confío en que tenga ocasión de comprobarlo.

Miró a Frederick. El mismo vistazo breve de antes. Frederick dejó la copa sobre la repisa con una precisión exagerada, como si necesitara concentrarse en ese gesto para hacerlo bien, y se inclinó hacia delante con esa reverencia que no era la de un barón.

El Conde salió del salón. Sus pasos se alejaron por el corredor y Sophia los siguió con el oído hasta que dejó de oírlos, que tardó menos de lo que debería haber tardado.

Lo que quedó en la habitación cuando los pasos desaparecieron era el olor. Tierra seca, cera fría, algo mineral que Sophia había notado desde el principio y que ahora, en su ausencia, era más evidente que durante toda la escena.

Frederick esperó. Después dijo, mirando la copa:

—Es el hombre al que le debes la vida, Sophia. Compórtate.

Sophia miró las brasas. Por la ventana, los tejados de Malá Strana eran una línea oscura bajo el cielo gris de las cinco de la tarde.

No dijo nada.

Subió a su habitación. Abrió el armario. Sacó el carboncillo que guardaba en el bolsillo interior de su abrigo de viaje y buscó en la cara interna del armario el margen en blanco que había dejado adrede junto al mapa del túnel.

Escribió siete palabras.

El Invitado tiene cara. Se llama Drácula.

Cerró el armario.

Se sentó en el suelo con la espalda contra él, en la misma posición en que había pasado las últimas cuatro noches.

Abrió la mano izquierda en la oscuridad.

Pasó el pulgar por la palma, despacio, buscando las marcas de las uñas de antes, cuando había estado en el corredor mirando por la rendija de la puerta.

Las encontró. Cuatro medias lunas pequeñas, todavía sensibles.

Las cerró de nuevo.

Miró la puerta.