Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

—Dice que el duque recibió en esta casa, en el invierno de 1442, a un visitante de las tierras del este.

Un hombre de noble aspecto. —Červenka frunció el ceño⁠—.

Aquí hay una palabra que no conozco bien.

Algo así como «de linaje eterno» o «de sangre antigua» .

El checo de esa época tiene construcciones que no tienen equivalente directo.

—⁠Siguió leyendo⁠—. El visitante estuvo tres noches.

El duque pagó sus deudas después de esa visita. Las deudas eran considerables.

Karl miraba el margen del documento sin apartar la vista.

—¿Hay algo más?

—Una última línea. —Červenka ajustó sus gafas⁠—. «El duque cambió después de esa visita. Ya no dormía de noche. Ya no comía en la mesa. Murió al año siguiente sin causa aparente.»

Karl tardó en responder. Dejó la pluma sobre la mesa sin haber escrito nada todavía. Miró la fecha en el encabezado del folio.

La misma fecha que la firma de custodia de la Mansión Vránský. El mismo año en que un voivoda de Valaquia firmó el documento que entregaba la Mansión Vránský a la familia Vránský en custodia.

Y ese mismo año, en esta casa, a veinte minutos a pie de la Mansión Vránský, un visitante del este de «linaje eterno» había pasado tres noches con el Duque de Opava. El duque había pagado deudas considerables después. El duque había cambiado. El duque había muerto.

Karl anotó en el cuaderno con letra pequeña y sin margen:

1442. Karlovo náměstí 40. Duque de Opava. Visitante del este. «Linaje eterno». Tres noches. Deudas saldadas. Cambio de comportamiento. Muerte al año.

Misma fecha que servidumbre Mansión Vránský. Mismo año. ¿Mismo visitante?

Siguió leyendo.

Al fondo del primer legajo, en los folios correspondientes a finales del siglo XVI, encontró la descripción de otro inquilino.

El administrador de la época lo había anotado con una incomodidad visible en cada línea.

El nombre era Edward Kelley, descrito como «alquimista al servicio de Su Majestad Imperial Rodolfo II» .

La nota continuaba: «No recibe visitas de día.

Sus experimentos producen olores inusuales a cualquier hora.

Paga sin falta en moneda extranjera de acuñación no identificada.

Solicita que no se entre en su habitación bajo ninguna circunstancia. »

Červenka, que había estado leyendo junto a Karl, añadió en voz baja:

—Kelley era el alquimista favorito del Emperador. Decían que había encontrado la forma de transmutar metales. Buscaba la vida eterna, como todos ellos. —⁠Una pausa⁠—. Desapareció de los registros en 1597. Nadie supo nunca adónde fue.

Karl miró la descripción de Kelley. Moneda extranjera de acuñación no identificada. No recibe visitas de día. Paga con puntualidad.

No lo anotó todavía. Lo dejó reposar un momento, como se deja reposar un dato que todavía no tiene el nombre correcto.

Fue al segundo legajo, el del siglo XVII, y buscó el año 1638⁠ — el año de la garantía hipotecaria de Karpatia.

Lo encontró en el tercer folio. La garantía estaba registrada a nombre de un representante legal de un «cliente anónimo de negocios de transporte» .

El inmueble había servido de garantía para una operación de crédito de cuantía considerable.

El crédito había financiado, según el documento adjunto, el establecimiento de una «empresa de transporte de mercancías por carretera entre Bohemia y el norte» .

Karl buscó el nombre de la empresa en el documento adjunto.

Karpatia Fuhrgesellschaft.

Junto a la firma del representante legal del cliente había un segundo sello, pequeño, en tinta marrón clara casi desvanecida por el tiempo.

No era el sello del notario imperial ni el de la empresa.

Era un sello externo, de los que se ponían en los contratos del siglo XVII cuando una tercera parte garantizaba que las cláusulas se cumplirían.

La figura era reconocible a pesar del desgaste: un cuervo posado, con las alas plegadas, la cabeza girada en perfil.

Karl no había visto ese sello en ningún contrato bohemio de los que había manejado en quince años de bufete.

Lo anotó al margen, con la letra apretada de los datos que aún no sabía dónde encajar.

Su mano se movía con la automaticidad de quien ha registrado miles de datos similares, pero algo en su estómago se había asentado de otra forma: la misma sensación que tenía al encontrar, en un contrato, la cláusula que cambiaba el sentido de todo lo anterior.

Fue al tercer legajo, el del siglo XVIII y XIX, y buscó el período posterior a 1851.

Encontró lo que había empezado a esperar: una referencia a un inquilino en el ala este del edificio, entre 1852 y 1856, descrito por el administrador con el mismo desasosiego cauteloso que había leído ya en los legajos anteriores.

«Caballero de aspecto distinguido. Acento extranjero no identificado.

No utiliza la entrada principal. Solicita acceso al sótano del ala norte.

Paga tres meses por adelantado en efectivo.

No ha sido visto nunca a plena luz del día. »

Karl cerró el legajo.

Se quedó sentado frente a los tres volúmenes con las manos apoyadas en la mesa, mirando sus propias anotaciones en el cuaderno.

Las fechas. Las descripciones. El mismo edificio.

El mismo patrón repetido por administradores que no tenían ninguna razón para conocerse y que sin embargo habían escrito, con siglos de diferencia, variaciones de la misma observación: viene de noche, paga en moneda extraña, no se le molesta.

—¿Hay algo más que necesite? —⁠preguntó Červenka.

Karl levantó la vista.

—¿Sabe cómo llaman a este edificio?

Červenka lo miró con una expresión entre sorprendida y cautelosa, la expresión de quien no esperaba esa pregunta de un abogado prusiano.

—La Casa de Fausto —⁠dijo⁠—. Así la llaman desde el siglo pasado. Por la leyenda.

—¿Qué leyenda?

—La del hombre que hizo un pacto con el diablo.

—Červenka lo dijo con el tono plano de quien repite algo que no cree pero lleva años diciéndolo tantas veces que ya no le molesta⁠—.

Dicen que el diablo vino a buscarlo y se lo llevó a través del techo.

Que el agujero que dejó nunca se pudo reparar del todo.

—¿Y la leyenda dice cómo era el diablo? —⁠preguntó Karl.

Červenka levantó la mirada del documento, la expresión de quien empieza a sospechar que la conversación ha tomado un rumbo que no esperaba.

—Viene del este —⁠dijo⁠—. Alto. De aspecto noble pero frío. Pagó al hombre con lo que este más deseaba⁠ — riqueza, tiempo, lo que fuera. —⁠Una pausa⁠—. Las leyendas siempre dicen que el diablo paga. Lo que no dicen es el precio hasta que ya es tarde.

Karl miró la mesa. Los tres legajos cerrados. Sus propias anotaciones.

Visitante del este. De aspecto noble. Paga deudas considerables. El duque cambió. El duque murió.

Riqueza, tiempo, lo que fuera.

Kelley buscaba la vida eterna y desapareció de los registros sin dejar rastro.

—¿Importa eso para su litigio de sucesión? —⁠preguntó Červenka.

—No —⁠dijo Karl.

Devolvió los legajos. Dio las gracias a Červenka con la cortesía precisa del que ha obtenido lo que necesitaba y no quiere prolongar la conversación. Recogió el cuaderno. Bajó las escaleras.

En el vestíbulo se detuvo un momento frente a la puerta. A través del cristal, la Plaza de Carlos se extendía bajo la nieve que seguía cayendo, los árboles sin hojas, los estudiantes cruzando con sus libros, la ciudad indiferente a lo que había en los legajos del segundo piso.

Karl abrió el cuaderno. Escribió debajo de todas las anotaciones de la mañana:

Casa de Fausto: 1442, visitante del este. Finales del XVI, Kelley. 1638, Karpatia. 1852, inquilino anónimo. Mismo edificio. Misma descripción en cada período.

La leyenda dice: el diablo vino del este. Pagó con lo que el hombre más deseaba. Se lo llevó cuando terminó.

Kelley buscaba la vida eterna.

El Duque de Opava pagó sus deudas y murió al año.

Frederick firmó los contratos. Obtuvo algo. Pagó un precio que todavía no ha terminado de pagar.

¿Cuántas ciudades antes de Praga? ¿Cuántos Duques de Opava? ¿Cuántos Kelley?

Debajo, después de un momento, la letra más apretada de lo habitual:

No es una leyenda. Es un método.

Cerró el cuaderno.

Salió a la nieve.

La Plaza de Carlos lo recibió con el silencio específico de los espacios grandes cuando nieva: un silencio que no consiste en ausencia de sonido: consiste en la presencia de algo que lo amortigua todo.

Karl cruzó la plaza sin detenerse, con el paso metódico de siempre, pero algo había cambiado en la forma en que miraba los edificios que lo rodeaban.

Ya no los miraba como estructuras de piedra con historia administrativa.

Los miraba como lugares donde algo había ocurrido antes de que él naciera y volvería a ocurrir después de que muriera, con la misma paciencia con que la nieve cubría los adoquines: sin prisa, sin duda, sabiendo que el tiempo era la única variable que importaba.

Tomó el camino de vuelta hacia la Ciudad Vieja con las manos en los bolsillos y el cuaderno bajo el brazo.

Las calles de Nové Město a esa hora estaban llenas de gente que volvía del mercado, vendedores recogiendo sus puestos, carros de reparto haciendo sus últimas entregas antes de que la tarde cerrara del todo. Praga funcionando. Praga sin saber.

En algún punto del camino, sin detenerse, Karl Wagner permitió por primera vez en quince años de ejercicio que un pensamiento del todo ilegal entrara en su cabeza y se quedara ahí sin ser clasificado ni archivado ni reducido a lenguaje procesable.

Lleva siglos haciendo esto.

Y nosotros llevamos siglos dejándoselo hacer.

Praga no es una sala de espera. Es la habitación donde ha estado viviendo.