Capítulo 42
Karl llegó al Registro Mercantil cuando abrían, antes de que hubiera cola, con el cuaderno bajo el brazo y el abrigo todavía húmedo de la noche anterior. Había dormido tres horas en el hotel. No lo notaba porque llevaba días sin notar cuánto dormía.
El funcionario de guardia era un hombre joven con bigote incipiente que lo miró con la suspicacia de quien ha aprendido que los clientes madrugadores suelen traer problemas.
Karl depositó sobre el mostrador su tarjeta de presentación y una hoja con los datos de Karpatia Speditionsgesellschaft : razón social, dirección registrada en Viena, número de conocimiento de embarque.
El lenguaje del comercio, preciso y sin adornos.
El funcionario lo leyó y desapareció al fondo del archivo.
Volvió al cabo de veinte minutos.
Lo que trajo de vuelta era más de lo que Karl esperaba: dos expedientes, atados con cinta roja, uno encima del otro.
El superior tenía el membrete del año en curso.
El inferior estaba descolorido por el tiempo, con las esquinas redondeadas de los documentos que han sido consultados muchas veces o no consultados nunca.
—La empresa tiene actividad registrada ininterrumpida desde 1851 —dijo el funcionario, sin entender por qué importaba—.
Antes de esa fecha, en los registros de la Cancillería Imperial, aparece con otro nombre.
Karpatia Fuhrgesellschaft . Transporte por carretera, no fluvial. Dirección registrada en Budapest.
—¿Desde cuándo?
El funcionario consultó la segunda carpeta.
—El primer registro que tenemos en Bohemia es de 1841. Pero hay una nota de traslado desde el registro húngaro. —Pasó páginas—. El registro húngaro la tiene desde 1836.
Karl anotó las fechas sin levantar la vista del cuaderno.
—¿Puedo ver los expedientes completos?
El funcionario lo miró. Evaluó la tarjeta de presentación, el abrigo prusiano, la letra ordenada del cuaderno. Asintió.
Karl pasó dos horas con los expedientes.
No buscaba nada en concreto, que era la única forma honesta de buscar cuando no se sabe qué forma tiene lo que se busca.
Leyó contratos de transporte, mandatos notariales, relaciones de socios.
La empresa había cambiado de nombre tres veces y de sede dos, pero el patrón societario era siempre el mismo: un socio único no identificado, representado por un apoderado local que cambiaba cada pocos años, con poderes amplísimos y sin obligación de rendir cuentas.
Los apoderados no tenían nada en común entre sí: un notario de Budapest, un comerciante de Cracovia, un abogado de Viena.
Lo único que los unía era que todos habían cesado en el cargo de forma abrupta, sin dimisión formal, sin liquidación de honorarios pendientes.
Habían dejado de aparecer en los registros.
Como el notario de Bistritz cuya firma autorizaba el mandato original y que no figuraba en ningún colegio activo del Imperio ni del Principado de Rumanía.
Karl cerró la segunda carpeta. Abrió el cuaderno en una página en blanco.
Las cuatro fechas de las firmas del voivoda ya estaban ahí, en la página anterior, escritas con sus contextos históricos: 1442, 1620, 1744, 1851. Las miró. Después abrió la primera carpeta de Karpatia y buscó las fechas de registro en las otras ciudades.
Las puso en columna, debajo de las que ya tenía:
Karpatia Fuhrgesellschaft — Cracovia. Registro activo: 1638. Cese abrupto: sin fecha registrada, anterior a 1740.
Karpatia Fuhrgesellschaft — Budapest. Registro activo: 1748. Cese abrupto: sin fecha registrada, anterior a 1855.
Karpatia Speditionsgesellschaft — Praga. Registro activo: 1851. En curso.
No era un ciclo de tiempo fijo. Era algo más preciso y peor: la empresa aparecía en una ciudad nueva poco después de cada visita a Praga que Karl ya tenía fechada en su cuaderno.
Como si cada renovación de la custodia, más que cerrar una operación, abriera la siguiente.
Praga funcionaba como el lugar al que volvía entre ciudades más que como la base de la que partía.
Anotó debajo de la columna, con letra más pequeña:
1620: Praga. 1638: Cracovia. 1744: Praga. 1748: Budapest. 1851: Praga y Karpatia simultáneos. 1880: operación en curso.
Lo miró un momento. Después añadió una línea más:
Nunca paró.
Cerró el cuaderno y echó a caminar hacia Malá Strana.
La dirección estaba en el margen de la segunda carpeta de Karpatia, escrita con lápiz, con la letra pequeña y sin personalidad del intermediario de Praetor: Karlovo náměstí 40. Garantía hipotecaria, 1638. Cancelada.
Karl la había anotado en el cuaderno sin saber todavía qué era.
Solo era una dirección. En el trabajo de Karl las direcciones eran el principio de todo: antes de cualquier documento, antes de cualquier firma, existía un lugar en el mundo donde la cosa ocurría.
Una dirección era verificable. Era el tipo de dato que un abogado podía sostener en la mano.
Salió del Registro Mercantil con la nieve empezando de nuevo y caminó hacia el sur, siguiendo las calles que bajaban desde Staré Město hacia Nové Město.
El frío había bajado otro grado desde la mañana.
Los adoquines brillaban con una capa de hielo fino que hacía que los caballos caminaran con precaución y que los peatones buscaran los bordes donde la piedra tenía más adherencia.
La Plaza de Carlos era más grande de lo que esperaba.
No tenía la densidad histórica de la Plaza del Casco Antiguo — era más ancha, más aireada, con una geometría más deliberada, el tipo de espacio que alguien diseñó en lugar de dejar que la ciudad fuera formando por sí sola.
Los árboles sin hojas formaban filas simétricas que en verano habrían dado sombra y que en noviembre eran solo estructuras de madera oscura contra el cielo blanco.
El número 40 estaba en el lado sur. Karl lo vio antes de llegar: un palacio barroco de fachada gris y rosa, más grande que sus vecinos, con una presencia que no necesitaba ornamentación para imponerse.
Sobre la puerta principal colgaba una cruz de farmacia, verde, y una placa de la Universidad Carolina.
Un hospital universitario. Estudiantes con libros entraban y salían por la puerta lateral sin mirar el edificio.
Karl se detuvo en el centro de la plaza.
Sacó el cuaderno. Buscó la anotación: Karlovo náměstí 40.
Garantía hipotecaria, 1638. Cancelada. Una garantía hipotecaria en 1638 significaba que alguien usó esta propiedad como aval para una operación financiera.
Y la operación financiera de Karpatia en 1638 correspondía al inicio de las actividades en Cracovia según la columna de fechas que había trazado esa mañana.
Cerró el cuaderno. Cruzó la plaza.
La puerta principal estaba abierta. Karl entró con el paso que había perfeccionado en quince años de bufete y que funcionaba en Berlín, en Viena, y al parecer también en Praga.
El vestíbulo olía a desinfectante y a piedra húmeda. Un bedel de mediana edad levantó la vista desde detrás de un mostrador de madera.
—El archivo histórico del edificio —dijo Karl, dejando su tarjeta sobre el mostrador—. Tengo un asunto de verificación de propiedad. Bufete Schneider & Preuss, Berlín.
El bedel miró la tarjeta y después a Karl. Tenía la expresión de quien ha aprendido que los hombres con tarjetas de visita de ciudades lejanas son más problema que los locales pero también más dinero.
—El archivo está en el ala este —dijo—. Segundo piso. Pregunte por el administrador Červenka.
El administrador Červenka era un hombre pequeño con bigote simétrico y la actitud de quien ha dedicado su vida a custodiar papeles que nadie consulta y que no espera que eso cambie. Miró la tarjeta de Karl con más interés que el bedel.
—Bufete Schneider & Preuss —leyó—. Berlín. ¿Verificación de propiedad?
—Registros históricos —dijo Karl—. Estoy documentando la cadena de titularidades de varias propiedades del distrito para un litigio de sucesión. Necesito ver los registros de inquilinos y propietarios desde el siglo XV.
Era una explicación en parte verdadera, que era siempre la que mejor funcionaba.
Červenka lo condujo a una sala pequeña con estanterías hasta el techo y una mesa de lectura junto a la única ventana. Trajo tres legajos encuadernados en piel marrón oscura, cada uno con una etiqueta manuscrita que indicaba el período.
—Siglos XV y XVI en este —dijo, señalando el más grueso—. El XVII aquí. El XVIII y XIX en este último. Los registros anteriores al 1500 están en el Archivo del Castillo. —Hizo una pausa—. ¿Sabe leer latín y checo antiguo?
—Latín sí —dijo Karl—. Para el checo antiguo necesitaré que me ayude con algunas secciones.
Červenka asintió, resignado: ya sabía que iba a pasar la tarde en esa sala.
Karl abrió el primer legajo.
Los registros más antiguos eran escasos y fragmentarios, la documentación que sobrevive a siglos de guerras, incendios y reorganizaciones administrativas por pura casualidad.
Los primeros folios describían la propiedad en términos de lindes y colindancias, el lenguaje técnico y árido de los notarios medievales.
Pero al cabo de una hora, Karl encontró lo que buscaba sin haber sabido qué buscaba.
Era una referencia al propietario original, en el período entre 1420 y 1450 según la datación de Červenka. El nombre en el documento era el duque de Opava — un noble de Silesia con intereses en Bohemia, propietario de varias fincas en Nové Město. Hasta ahí, nada extraordinario.
Lo extraordinario estaba en la nota al margen, en una letra diferente al texto principal, más apretada y más antigua. Červenka la tradujo con expresión de estar descifrando algo que no terminaba de entender: