Capítulo 41
Brouček no sabía por qué se había despertado.
El techo de su habitación era el mismo techo de siempre, con la viga central que cruzaba de lado a lado y la mancha de humedad en el ángulo noroeste que llevaba tres inviernos prometiéndose reparar. La oscuridad era la oscuridad normal de las tres de la mañana de noviembre, densa y quieta.
Y sin embargo Brouček estaba despierto con la misma completitud con que se está despierto cuando algo lo exige.
Se quedó tumbado un momento, escuchando.
La posada dormía. Podía distinguir, después de veintidós años, los sonidos de la posada durmiendo de los sonidos de la posada despierta: el crujido diferente de las vigas cuando no había peso moviéndose sobre ellas, el silencio específico de una escalera sin pasos, el ritmo de la calefacción enfriándose. Todo estaba en su sitio.
Cuando apoyó los pies al levantarse, el suelo estaba varios grados más frío de lo que debería estar a esa hora, con esa clase de frío seco que viene del contacto prolongado con la piedra. Brouček se puso las zapatillas y la bata y salió.
El pasillo del primer piso estaba en penumbra.
La lámpara de gas de la pared había bajado sola a la mitad de su intensidad, como hacía a veces cuando la presión municipal caía de madrugada.
Brouček pasó por delante de las habitaciones cerradas: la dos, la tres, la cuatro.
Bajo la puerta de la cuatro no había luz.
No había luz desde que llegó el huésped, algo que Brouček notó sin examinarlo, igual que había notado sin examinar tantas otras cosas desde entonces.
Bajó la escalera.
El vestíbulo estaba vacío. La puerta principal, cerrada con llave y cadena, igual que la había dejado a las once.
El espejo veneciano del aparador reflejó su figura cuando pasó por delante: un hombre de mediana edad en bata, con el pelo aplastado por la almohada y una expresión de quien busca algo sin saber qué busca.
Se detuvo frente al espejo un momento.
Había algo en su propio reflejo que no terminaba de cuadrar, y tardó varios segundos en identificar qué era. Después lo vio: estaba mirando el espejo con la misma expresión con que lo miraba cuando lo limpiaba. Como si esperara encontrar una mancha que no estaba ahí.
Siguió hacia la cocina.
El olor llegó antes de que encendiera la lámpara. Tierra húmeda, mineral, con el fondo del aire que lleva siglos sin circular. Venía de la puerta del sótano, filtrándose por las juntas de la madera con la misma paciencia con que el agua encuentra las grietas.
Brouček encendió la lámpara.
La cocina estaba en orden. Los pucheros en su sitio, la mesa limpia, el fuego de la estufa apagado desde las diez. Brouček recorrió el espacio con la vista y su mirada se detuvo en la puerta del sótano.
Estaba entornada.
Un centímetro, dos. Lo suficiente para que el olor saliera por la rendija.
Brouček la había cerrado él mismo antes de subir a dormir. Lo hacía cada noche desde hacía veintidós años, cerrar la puerta del sótano antes de apagar las luces, igual que comprobar la cadena de la puerta principal o bajar la intensidad de las lámparas del pasillo.
La puerta estaba entornada.
Brouček se quedó de pie en el centro de la cocina, mirando la rendija oscura. Dio un paso hacia ella. Sus pies se detuvieron solos, con esa misma decisión silenciosa que lo frenaba desde que aquel hombre había entrado en la posada. Se quedó donde estaba.
Fue entonces cuando lo vio.
Menos de un segundo. En la rendija, la oscuridad del otro lado se desplazó. Como cuando una nube pasa delante de la luna y la sombra del jardín cambia de tipo. Hacia abajo. Y después nada.
Y sin embargo, en ese menos de un segundo, hubo más.
No habría sabido ordenarlo. Algo pálido y bajo, a la altura del suelo, donde no había nada que pudiera estar a la altura del suelo.
Una forma inclinada sobre otra forma. Un movimiento pequeño y regular, sin prisa ninguna, repetido con la paciencia con que se repiten los trabajos que llevan su tiempo.
Brouček conocía ese ritmo de otro sitio, de los abrevaderos de la casa de su padre, y la cabeza lo apartó antes de terminar de reconocerlo.
Después la oscuridad volvió a ser oscuridad.
La rendija seguía igual. El olor a tierra seguía llenando la cocina.
Brouček estaba de pie en el centro de la cocina con la lámpara en la mano y los ojos fijos en la puerta entornada, y en su cabeza solo había la sensación física de que algo en el orden de las cosas había cambiado de una forma que no tenía nombre disponible.
Se acercó a la puerta. La cerró con cuidado, despacio, asegurándose de que encajara bien en el marco. Se quedó con la mano apoyada en la madera un momento, sintiendo el frío que la atravesaba desde abajo.
Volvió al pasillo. Subió la escalera. Pasó por delante de las habitaciones cerradas: la dos, la tres, la cuatro. Bajo la puerta de la cuatro seguía sin haber luz.
Entró en su habitación. Se quitó la bata. Se metió en la cama.
Lo que había visto en la rendija podía ser cualquier cosa. Un gato que había entrado por la puerta del callejón. Una corriente de aire moviendo algo en la oscuridad. El reflejo de la lámpara en alguna superficie metálica del sótano.
Cualquier cosa.
Brouček cerró los ojos.
A las siete de la mañana bajó a la cocina a encender el fuego de la estufa. La puerta del sótano estaba cerrada, igual que siempre. El olor a tierra había desaparecido. El suelo estaba a la temperatura normal de una mañana de noviembre.
Preparó el café.
A las ocho bajó el comerciante de Brno a desayunar, y Brouček le sirvió el café y los panecillos con la eficiencia de siempre y respondió a sus comentarios sobre el tiempo con la cortesía de siempre. La puerta del sótano estaba al fondo de la cocina, cerrada. Brouček no la miró en toda la mañana.
Pero esa tarde, cuando fue a buscar carbón para la estufa de la sala, se detuvo frente a ella con la mano en el pomo y no bajó.
Ya bajaría más tarde.
* * *
MANSIÓN VRÁNSKÝ — HABITACIÓN DE SOPHIA. Noche del 16 al 17 de noviembre de 1880. 03:30 h.
Llevaba dos noches durmiendo con todas las lámparas encendidas, y las dos noches la casa había esperado a que el aceite empezara a faltar para hablar.
Mantener la luz era algo que había deducido la primera noche observando, que era como deducía las cosas: a su tío, desde hacía días, le molestaba la luz; apartaba la cara de las velas, entornaba los ojos en los pasillos.
Así que Sophia llenaba su cuarto de luz y lo mantenía ardiendo hasta el alba, para que algo no entrara.
A las tres y media, la lámpara del tocador empezó a parpadear, y la casa habló.
Primero, muy abajo, un sonido húmedo y paciente que ya no necesitaba interpretar: su tío, en alguna habitación de la planta baja, comiendo algo que prefería no imaginar.
Un mes atrás, el barón Vránský devolvía la sopa si no llegaba a la mesa a la temperatura justa.
Ahora hacía aquel ruido en la oscuridad, y el ruido tenía hambre.
Después, los pasos. Subían por la escalera con un ritmo grabado ya en dos noches: un pie firme, el otro arrastrado medio compás por detrás. Subían siguiendo un olor. El suyo.
Sophia no apagó las lámparas: subió todas las mechas hasta que el cuarto quedó blanco, y se apretó contra la pared del fondo, vigilando la rendija de abajo.
Los pasos se detuvieron ante su puerta. La línea de luz bajo la hoja se cortó en dos sombras juntas: dos pies. La claridad llegaba hasta ellos y allí se paraba, como si la oscuridad se la bebiera.
El picaporte giró. Despacio. Hasta el tope. La cerradura aguantó —echaba la llave entera cada noche— y volvió a su sitio. Otra vez. Y otra. Sin violencia. Con una paciencia peor que la violencia: la de quien tiene todo el tiempo del mundo y sabe que la madera no.
Al otro lado se oyó una inhalación larga y húmeda que traía por la rendija un olor a tierra mojada y a metal. A sótano.
—Sophia.
Era la voz de su tío. Casi. Le faltaba algo por debajo, como a un instrumento al que le han quitado una cuerda. Sophia no contestó. No respiró.
Hubo un silencio largo. Y luego, más bajo, dirigido hacia dentro, a algo que lo habitaba:
—Todavía no.
El picaporte se soltó. Los pasos bajaron de nuevo —firme, arrastrado, firme, arrastrado— hacia la puerta del sótano que se cerraba con llave cada noche.
Sophia resbaló por la pared hasta el suelo y se quedó allí, las rodillas contra el pecho y las lámparas ardiendo alrededor, temblando sin poder gobernarlo.
Después, porque era hija de su padre y él le había enseñado que lo único que salva es saber qué se tiene delante, lo ordenó.
«Todavía no» quería decir que había un después: vivía porque aún servía, y la noche en que dejara de servir, esa puerta dejaría de estar cerrada.
Lo que subía la escalera era cada noche un poco menos su tío.
Se secó la cara con la manga. No lloró mucho; era un lujo de tiempo que no tenía.
Comprobó bajo la tabla suelta lo que importaba —el recorrido del túnel y con qué prender la señal— y se sentó de cara al jardín norte, a esperar que la noche se aclarara.
Dos noches más, calculó. Quizá una. A su espalda ardían las lámparas.
Abajo, el sonido húmedo había empezado de nuevo.