Capítulo 46
Karl estuvo una hora en su habitación del hotel con los documentos extendidos sobre la mesa.
El cuaderno estaba cerrado a su derecha.
No lo abrió.
Esta noche no tenía nada que clasificar.
Tenía un nombre. Tenía cuatro firmas idénticas separadas por cuatro siglos.
Tenía a un posadero que no podía ver lo que tenía debajo del dedo.
Y tenía la certeza, tan clara y tan inútil como una sentencia sin tribunal que la ejecute, de que todas esas cosas apuntaban hacia algo para lo que el derecho civil del Imperio Austrohúngaro no tenía categoría.
Se puso el abrigo.
Salió a la noche de Praga.
La sacristía de San Nicolás olía a cera fría. Gabriel estaba sentado a la mesa con el De Daemonibus abierto frente a él, aunque levantó la vista en cuanto Karl empujó la puerta, como si hubiera estado esperando ese sonido específico.
Karl se sentó sin quitarse el abrigo. Dejó el cuaderno sobre la mesa. Después sacó del bolsillo interior una hoja doblada en cuatro, la desplegó con cuidado y la puso frente a Gabriel.
Era la copia que había hecho de la firma del documento de 1442. Debajo, con su letra, había escrito el nombre tal como aparecía en el libro de registro de la posada.
Vlad Drácula, Conde. Bistritz, Transilvania.
Gabriel miró el papel. No dijo nada. Fue al armario litúrgico, abrió el cajón de las copias de trabajo y sacó las tres copias manuscritas que le había mostrado días antes. Las puso sobre la mesa, una junto a otra, en orden cronológico, junto a la hoja que Karl había traído.
1442, 1620, 1744, 1851.
Vladislaus, voivoda Valachiae et Transalpinae.
Las cuatro firmas sobre la mesa. Cuatro siglos. El mismo trazo, la misma presión, como si las hubiera firmado la misma mano esa misma mañana.
Ninguno de los dos habló durante un momento largo. La lluvia golpeaba el cristal de la ventana alta con una regularidad obstinada, y el brasero de carbón crepitaba cada tanto como si tuviera algo que añadir y luego decidiera que no.
Fue Karl quien habló primero, y lo hizo de la única forma en que podía hacerlo: con una pregunta técnica, del tipo que se hace cuando se necesita que alguien confirme lo que ya se sabe para poder seguir funcionando.
—¿Vladislaus —dijo— es una forma latinizada de Vlad?
—Sí —dijo Gabriel.
Silencio.
—¿Y voivoda es un título militar eslavo? ¿Equivalente a Conde en la jerarquía occidental?
—Sí —dijo Gabriel.
Karl miró las cuatro firmas. Las miró con la atención con que había mirado miles de documentos en quince años de ejercicio, buscando la grieta, la inconsistencia, el punto donde la lógica fallaba y empezaba otra cosa.
No había ninguna grieta.
—Entonces el cedente del documento de 1442 —dijo Karl, y su voz sonó extraña en sus propios oídos, demasiado calmada para lo que estaba diciendo— y el huésped de la habitación cuatro de la posada U Zlaté Studně son…
—Se detuvo. Miró el nombre que había escrito debajo de la firma—.
Praetor —dijo, y luego se corrigió, despacio, como si la corrección costara algo—. Drácula. Son la misma persona.
Gabriel no respondió de inmediato. Tenía las manos apoyadas sobre la mesa, a ambos lados de las copias manuscritas, con una quietud que no se parecía a la calma.
Era la inmovilidad de alguien que ha dejado de buscar algo en lo que apoyarse.
Miró el nombre que había escrito Karl. Miró las firmas. Volvió al nombre.
—El documento de 1442 establece una custodia —dijo al cabo, con la voz de quien elige cada palabra antes de pronunciarla—. No una venta. —Una pausa—. La familia Vránský nunca fue propietaria de esa tierra.
Karl procesó esto en silencio.
—Frederick no vendió nada —dijo.
—No podía vender lo que no era suyo.
—Y el contrato que yo verifiqué…
Gabriel no completó la frase por él. Dejó que Karl llegara solo.
—No existe en derecho —dijo Karl. Lo dijo en el tono neutro con que un abogado dicta un dictamen sobre su propio caso—. Porque Frederick no tenía derecho a transferir lo que custodiaba.
Silencio.
—Me usó —dijo Karl.
Gabriel lo miró. No dijo nada durante un momento, el tiempo justo para que Karl cargara con eso antes de que hubiera más palabras.
—Lleva cuatrocientos años —dijo Gabriel al fin—. Sabe cuándo mirar y cuándo el sistema no mira. —Hizo una pausa—. Usted no era el objetivo. Era el instrumento.
—La distinción no me consuela demasiado.
—No —concedió Gabriel—. No debería.
Karl sacó el mapa del bolsillo interior y lo desplegó sobre la mesa, junto a las firmas.
—La posada está aquí —dijo, señalando un punto en la Ciudad Vieja—. Al salir vi que el sótano tiene una puerta que da al callejón lateral. Con un cerrojo nuevo. El mismo tipo que el del almacén número cuatro junto al Puente de Carlos.
Gabriel miró el mapa en silencio.
—Los túneles medievales —dijo—. Pasan por debajo de la Ciudad Vieja. Hay accesos en casi todos los sótanos del distrito. Nadie los usa desde hace siglos.
—Entonces la posada no es donde duerme —dijo Karl.
—No —dijo Gabriel—. Es donde existe. Para quien mire.
Karl dobló el mapa. Lo guardó en el bolsillo interior con el mismo cuidado con que lo había sacado.
Después miró las copias manuscritas sobre la mesa.
1620. La reorganización habsburguesa. 1744.
La ocupación prusiana. 1851. La nueva legislación catastral.
Momentos en que los archivos estaban en desorden, en que nadie verificaba nada, en que un nombre antiguo podía reactivarse sin que nadie preguntara cuánto tiempo llevaba ese nombre existiendo.
Y 1880, con un abogado berlinés llegado en tren desde Berlín con una carpeta de cuero y el sello de su bufete.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Karl.
Gabriel tardó en responder.
—Ya no tenemos tiempo —dijo—. La vascularización se completa esta medianoche. Cuando den las doce, puede moverse a sus anchas. La tierra ya no necesitará el arcón como base.
Karl lo miró.
—¿Desde medianoche?
—Desde medianoche.
Karl miró el reloj. Las ocho de la noche del diecisiete.
Era una alarma que sonaría en cuatro horas.
Ninguno de los dos dijo nada durante un momento. El brasero crepitó. La lluvia seguía golpeando el cristal.
—Sophia —dijo Karl.
Más que una pregunta, era el nombre de un problema que los dos sabían que estaba ahí y que ninguno había querido nombrar primero.
—Sigue dentro —dijo Gabriel.
Karl cogió el cuaderno. Lo abrió por primera vez desde que salió de la posada.
La página en blanco lo recibió con la neutralidad de siempre, sin exigir nada, sin ofrecer nada.
Escribió una sola línea, con la letra ordenada y sin margen de error de los documentos que tienen que sobrevivir a quien los escribe.
Vlad Drácula. El mismo. Cuatrocientos años. Ya no hay tiempo.
Cerró el cuaderno.
—Necesito hablar con Schwartz —dijo, poniéndose de pie—. Esta noche. Los tres juntos.
Gabriel asintió. Se levantó también. Fue hacia el armario litúrgico y se detuvo frente a él con la mano en la madera, sin abrirlo.
—Hay algo —dijo, sin girarse— que todavía no le he dicho. Sobre el libro.
Karl se puso el sombrero. Miró la espalda de Gabriel, la forma en que su mano seguía apoyada en el armario sin abrirlo.
—Esta noche —dijo—. Con Schwartz.
Gabriel no respondió. Karl salió.
La sacristía quedó en silencio. Gabriel se quedó de pie frente al armario cerrado, con las cuatro firmas sobre la mesa detrás de él y el De Daemonibus a su lado y el peso de lo que no había dicho todavía ocupando el espacio exacto que habrían ocupado las palabras.
Abrió el armario.
Sacó el De Daemonibus .
Lo abrió por la página que llevaba semanas mirando y que seguía diciendo lo mismo que decía la primera vez, con la misma claridad implacable de lo que no tiene interpretación alternativa.
La leyó una vez más. Después cerró el libro despacio, con las dos manos, y lo dejó sobre la mesa con el peso exacto de quien deposita algo que pesa más por dentro que por fuera.
Fuera, la nieve seguía cayendo sobre Praga.