Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 39
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Capítulo 39

Llevaban tres días sin dormir bien y la sacristía lo sabía. El aire estaba usado, espeso de humo de brasero y de ropa que llevaba tres días sin orearse, respirado tantas veces que parecía haber perdido el alimento.

Karl llegó con nieve en los hombros y una carpeta de cuero que depositó sobre la mesa sin decir nada. Se quedó de pie frente al brasero de espaldas a los otros dos, calentándose las manos. No lo hacía por descortesía: necesitaba un momento en que nadie pudiera verle la cara.

Erik estaba sentado en el único taburete. Tenía el cuaderno abierto sobre las rodillas pero no escribía. La caja de la jeringa descansaba sobre el armario litúrgico. Gabriel estaba junto a la ventana. La nieve caía en diagonal bajo el farol del callejón.

Las campanas habían dado las once hacía poco. Quedaban menos de veinticinco horas.

Karl se giró.

—Mañana a medianoche se completa la vascularización —⁠dijo⁠—. Lo que hay en el arcón puede moverse con libertad después de eso. Si no actuamos antes, lo que hagamos con el sótano será irrelevante.

Silencio. Los tres lo sabían. Decirlo en voz alta solo servía para que el plazo dejara de ser un concepto y se convirtiera en una presión física.

—Sophia —⁠dijo Gabriel, sin apartar la vista del patio.

—Sigue dentro —⁠confirmó Karl⁠—. He hablado con un hombre de Vodička.

Puede apostarse en el camino norte entre las dos y las cuatro sin que nadie lo sepa.

Necesito que Sophia tenga una señal. Algo visible desde doscientos metros que Frederick no identifique como señal hasta que ya sea demasiado tarde.

—¿Por qué Vodička? —⁠preguntó Erik⁠—. Es un sargento veterano. Tiene mucho que perder.

—Tenía una hermana —⁠dijo Karl⁠—. Sirvió en una casa de Hradčany hace siete años.

Apareció en el Moldava una mañana de febrero con el cuerpo lavado de sangre y sin explicación administrativa que satisficiera al hermano.

La casa era de otro apellido que ya no importa.

Vodička registró el caso, presentó el expediente, no le aceptaron la línea de investigación, le pidieron firmar el archivo por anemia constitucional.

Firmó. No ha vuelto a hablar de eso con nadie en siete años, y esta tarde tampoco habló mucho.

Pero cuando le dije «mansión, Hradčany, lo mismo otra vez», movió la cabeza una vez y me preguntó qué necesitaba.

Erik asintió. No volvió a preguntar.

—Su habitación da al jardín norte —⁠dijo Gabriel⁠—. Si vuelca una lámpara sobre algo que arda, el fuego en la ventana llega hasta el camino.

—¿Sabe hacerlo sin que la vean desde el pasillo?

—Sophia sabe lo que hace —⁠dijo Gabriel.

Lo dijo con una certeza que venía de haber leído lo que ella había logrado hacer salir de la casa esa misma tarde.

La verja no dejaba pasar a una persona, pero sí un papel doblado entre dos barrotes: Sophia lo había pasado al hombre de Vodička, que rondaba el camino norte, y el hombre lo había traído a la sacristía un par de horas antes.

Cuatro palabras en el reverso del manifiesto de carga, escritas con mano firme: Sé lo que hay.

Karl anotó algo. Después miró a Erik.

—Las cajas.

Erik cerró el cuaderno.

—Tengo cloruro de zinc suficiente para las periféricas.

Empapando la tierra de cada caja, la solución coagula el sustrato orgánico activo por contacto.

—⁠Cambió de tono⁠—. El problema es el arcón.

Sellado con plomo. El compuesto no lo atraviesa.

Pero si el fuego en las cajas periféricas altera las condiciones del sótano lo suficiente, puede que lo que hay dentro decida salir.

—¿Puede que? —⁠repitió Karl.

—Puede que —⁠confirmó Erik, sin inmutarse⁠—.

Es una hipótesis. No tengo forma de verificarla del todo hasta estar abajo y ver cómo está dispuesto el arcón respecto a las cajas.

Wagner lo vio una vez; con lo que él recuerda puedo calcular una aproximación.

Lo demás lo confirmaremos dentro, o no lo confirmaremos nunca.

—Hipótesis —⁠repitió Karl en voz baja. La palabra le quedó suspendida un segundo⁠—.

Doctor, yo trabajo con documentos. Lo que usted llama hipótesis, en mi oficio es una nulidad procesal.

No podemos entrar en una propiedad ajena con un plan que descansa sobre un «puede que».

Si esperamos un día más, el sargento Vodička podría tener una orden judicial.

Tengo al magistrado Hofmann predispuesto desde la sesión del lunes.

Una orden de inspección sanitaria por vertidos en cimientos. Veinticuatro horas.

—En veinticuatro horas —⁠dijo Erik, ajustándose las gafas⁠— la vascularización del arcón se ha completado.

Lo que entrará Hofmann a inspeccionar pasado mañana ya no estará allí.

Estará bajo el río, en una galería que su orden judicial no cubre porque no figura en ningún catastro imperial.

—⁠Cerró el cuaderno con cuidado⁠—. Yo, hablando de hipótesis: la única operación que conozco con probabilidad razonable de éxito es prender fuego al sótano esta misma noche, sin previo aviso, antes de que ese plazo se cumpla.

Las cajas periféricas con cloruro de zinc vertido sobre la tierra.

El arcón con alcohol al noventa y seis y mecha de quince segundos.

Salimos por el túnel del río con Sophia, si todavía está en condiciones de salir. Treinta minutos en total.

—Esta noche Sophia no puede salir —⁠dijo Gabriel. La voz fue serena y por eso mismo se oyó⁠—. Frederick la tiene aislada. Su carta llegó hace dos horas. Si entramos esta noche, entramos sin ella. Y sin ella entramos a ciegas en un sótano cuyo plano solo ella conoce.

Erik no contestó enseguida. Cuando lo hizo, lo hizo mirando el brasero: —⁠Padre, hay una segunda cosa que yo no querría hacer y que vamos a tener que hacer. La jeringa.

Gabriel no levantó la vista del suelo del patio.

—Si lo que va a entrar por esa aguja no es agua bendita ni aceite consagrado —⁠dijo, despacio⁠—, yo no puedo administrarlo.

Soy sacerdote. No soy enfermero ni ejecutor.

Lo que ustedes están diseñando es una operación quirúrgica sobre alguien que técnicamente está vivo, aunque ya no sea humano.

La eutanasia, doctor, no está en el rito.

—La aguja la llevo yo —⁠dijo Erik⁠—. Usted lleva el martillo. Es una división de oficios que ya existía en la mansión sin que la habláramos.

Karl había escuchado sin interrumpir. Cuando habló, lo hizo recogiendo las tres posiciones en una sola frase: —⁠Hofmann no llega a tiempo.

El fuego sin Sophia es ciego. La aguja sin el martillo es un médico solo en un sótano.

Mañana a las cero horas, los tres, con Sophia o sin ella si no puede salir.

La diferencia entre nosotros tres no es la que parece.

Es de oficio. Yo quiero ley, usted quiere química, Gabriel quiere rito.

Lo que vamos a hacer mañana va a ser las tres cosas a la vez porque ninguna de las tres por separado alcanza.

Erik no dijo que sí. Gabriel tampoco. Pero ninguno de los dos siguió argumentando, y eso era, en una sacristía a las dos de la madrugada con un plazo de veintidós horas por delante, el equivalente operativo del consentimiento.

El brasero crujió. Una brasa cayó al suelo y se apagó antes de que nadie la pisara.

—Si el arcón se abre —⁠dijo Karl⁠—, alguien tiene que estar en el pasillo con la jeringa antes de que lo que hay dentro pueda reaccionar. Diez segundos. Eso es lo que tenemos según lo que vio usted en la morgue.

—Menos —⁠dijo Erik⁠—. Diez segundos es el margen optimista.

El silencio que siguió duró lo que tenía que durar.

—Yo estaré en el pasillo —⁠dijo Gabriel.

Nadie le preguntó si estaba seguro porque la pregunta habría sido una descortesía. Era un hombre de cincuenta años con las costillas intactas y un martillo de carpintero. Todos lo sabían. Él también.

—Frederick —⁠dijo Karl.

Gabriel esperó.

Karl tardó en seguir. Cuando lo hizo, lo hizo despacio, midiendo lo que decía: —⁠Frederick estará donde esté.

No es un objetivo. Es un hombre que tomó una decisión hace treinta y cinco años y que lleva treinta y cinco años pagándola.

—⁠Hizo una pausa⁠—. Eso no lo convierte en inocente. Pero tampoco en enemigo.

Gabriel no añadió nada.

Karl recogió la carpeta.

—Mañana por la noche —⁠dijo⁠—. Si Sophia da la señal antes de las tres, entramos por el túnel. Si no la da, esperamos una noche más. No más de una.

Se puso el sombrero. Se abotonó el abrigo.

Gabriel se separó de la ventana. Dio dos pasos hacia el centro de la habitación y se detuvo.

—Hay algo en el De Daemonibus —⁠dijo⁠—. Algo que he encontrado esta tarde y que todavía no les he dicho.

Karl lo miró. Erik levantó la vista del cuaderno.

—La custodia de 1442 no se sostiene solo en derecho civil.

Tiene una segunda condición, y es religiosa: la tierra sigue en custodia solo mientras la Iglesia la mantenga bendecida.

Benedictionem loci . La bendición activa del lugar.

Si se revoca, la custodia cae. El derecho de Praetor sobre el subsuelo cae con ella.

—⁠Gabriel hizo una pausa⁠—. El documento previó este mecanismo.

Alguien lo construyó así hace cuatrocientos años. No sé quién ni por qué. Pero está ahí.

—¿Qué significa revocarla? —⁠preguntó Karl.

Gabriel tardó en responder.

—Significa que un sacerdote pronuncia la negación litúrgica en el umbral de la propiedad. Cancela el derecho de custodia sagrada sobre el territorio. —⁠Otra pausa, más larga⁠—. El texto advierte que el efecto sobre quien la pronuncia puede ser irreversible. No especifica en qué sentido exacto.

La habitación estaba muy quieta.

—¿Irreversible cómo? —⁠preguntó Erik, que necesitaba los datos antes de opinar.

—El texto dice que quien pronuncia la negación gasta en ese acto lo que le queda de sacerdote. Después no puede consagrar ninguna cosa. Agua, pan, tierra, aceite. —⁠Gabriel miró el armario litúrgico⁠—. Quizás eso sea justo.

Nadie dijo nada durante un momento.

—¿Y funciona? —⁠preguntó Karl al fin. Era la pregunta correcta. La única que importaba.

—No lo sé —⁠dijo Gabriel⁠—. El texto lo presenta como el mecanismo exacto. No como una opción de último recurso. Como el mecanismo que el documento de 1442 previó para invalidar la custodia cuando fallara. Alguien lo construyó así a propósito.

Karl miró sus documentos. Miró a Gabriel. Miró la caja de la jeringa sobre el armario.

—Entonces tenemos dos mecanismos —⁠dijo⁠—. El químico y el litúrgico. El fuego mata la tierra en la que se enraíza; la revocación le quita el derecho a volver a ella. Uno destruye lo que hay dentro; el otro impide que esa tierra vuelva a ser suya.

—Sí.

—¿Cuál funciona primero?

—Los dos juntos —⁠dijo Gabriel⁠—. O ninguno.

Karl asintió despacio. Era la respuesta de un hombre que llevaba quince años leyendo contratos y que sabía que las cláusulas de garantía siempre vienen en pares.

—Bien —⁠dijo.

Salió. La puerta de la sacristía se cerró con el sonido limpio de la madera bien ajustada al marco.

Erik recogió la caja de la jeringa y la guardó en el bolsillo interior de la levita. Se levantó del taburete.

—¿Sabe lo que está diciendo? —⁠le preguntó a Gabriel⁠—. Lo de irreversible.

—Sí —⁠dijo Gabriel.

Erik lo miró un momento. Después asintió, sobrio, aceptando sin dramatizar lo que ya no podía cambiar.

—Mañana por la noche —⁠dijo, y salió.

Gabriel se quedó solo frente al brasero que se apagaba. Fue al cajón de la mesa. Sacó papel y pluma. Se sentó.

La carta larga ya estaba escrita y guardada en el cajón desde la víspera. Lo que le faltaba era otra cosa: dos líneas para Jan, el monaguillo, indicándole qué hacer con la sacristía si al día siguiente no volvía nadie a abrirla.