Capítulo 40
Karel Brouček llevaba veintidós años atendiendo la posada de su padre y nunca había tenido un huésped que llegara a las dos de la madrugada sin equipaje.
Sin equipaje y sin frío.
Eso fue lo primero que notó cuando abrió la puerta: noviembre en Praga a las dos de la madrugada era una cosa concreta y medible, ocho grados bajo cero y el viento del oeste trayendo el olor del Moldava desde el puente, y cualquier hombre que hubiera caminado por esas calles a esa hora llegaba con el aliento visible y las mejillas rojas y los hombros encogidos hacia las orejas.
Este hombre tenía la espalda muy recta y el abrigo negro sin una gota de humedad y la cara con la palidez de la piedra, una palidez permanente, como si ese color fuera la temperatura natural de esa piel y siempre lo hubiera sido.
No cruzó el umbral.
Esperó. De pie en el exterior, con los pies justo en el borde de la entrada, sin inclinarse hacia dentro ni retroceder.
Solo esperó, con las manos cruzadas delante, y Brouček tuvo la impresión confusa de que algo en la situación requería que él hiciera algo primero, aunque no habría sabido decir qué ni por qué.
—Buenas noches —dijo el hombre, en alemán. Lo dijo despacio, con la calma de alguien para quien ninguna conversación tiene urgencia.
—La posada está cerrada —dijo Brouček, también en alemán, porque era lo que tocaba.
—Lo sé —dijo el hombre.
No añadió nada más. Brouček lo miró. Intentó mirarlo de la forma en que miraba a todos los huéspedes nuevos: de arriba abajo, evaluando, catalogando.
Algo en esa cara resistía el inventario.
El perfil era fuerte: algo pronunciado en la nariz, algo que hacía que la cara entera pareciera construida hacia delante, como tallada con menos material del necesario para ser cómoda.
Las cejas espesas y oscuras se juntaban sobre el entrecejo de una forma que en otro hombre habría parecido descuido y en este parecía intención.
La boca, firme. Los ojos: Brouček los miró un momento y desvió la vista, porque tenían un brillo que no correspondía a la luz del farol, un brillo interior, quieto, y Brouček decidió que era un efecto de la hora y del cansancio y no volvió a mirarlos de frente.
Entonces llegó el olor.
Brouček conocía todos los olores que traían los viajeros.
Sudor de varios días, caballo, tabaco negro, lluvia de camino, comida de posada barata.
Este hombre traía otra cosa: tierra seca, cera fría, algo mineral que Brouček asoció un momento con las iglesias en invierno y después descartó.
Cada elemento por separado era reconocible.
La combinación no pertenecía a ningún hombre que él hubiera tenido delante.
Se apartó de la puerta.
No hubo un momento en que sopesara la situación y concluyera que era razonable dejar entrar a un desconocido a las dos de la madrugada.
Sus pies se movieron hacia un lado y la puerta quedó abierta de par en par y el hombre cruzó el umbral con el mismo paso exacto y medido con que debía de haber cruzado todos los umbrales de su vida, sin apresurarse, sin agradecer, como si el espacio se reorganizara a su alrededor sin necesidad de pedir permiso.
—Una habitación —dijo el hombre—. La mejor que tenga.
—La número cuatro da a la plaza —dijo Brouček—. Desde la ventana se ve el reloj.
El hombre consideró esto un momento.
—Bien —dijo.
Brouček fue al mostrador a buscar el libro de registros.
Lo abrió en la página del día. Mojó la pluma.
Las manos no le temblaban: eso lo notó después, cuando intentó recordar el momento, que sus manos habían estado muy quietas durante todo el proceso aunque algo en él sabía que no deberían haberlo estado.
—Su nombre —dijo.
El hombre estaba mirando el interior de la posada con algo parecido al reconocimiento, como quien entra en un sitio que no ha visitado en mucho tiempo y comprueba qué ha cambiado y qué no. No contestó. Pareció no haber oído la pregunta, o haber decidido que no le correspondía contestarla.
—Su nombre —repitió Brouček.
El hombre se giró. Lo miró. Brouček tuvo la impresión, brevísima, de que en ese segundo el hombre decidía cuánto de sí mismo era conveniente dar. Pero no abrió la boca.
El silencio se alargó hasta hacerse incómodo, y luego más allá de lo incómodo, hasta un punto en que Brouček debería haber repetido la pregunta una tercera vez o haber pedido al hombre que se marchara. No hizo ninguna de las dos cosas.
Brouček escribió. La pluma se movió sobre el papel sin que él decidiera moverla, con una mecánica que no era la suya y que sin embargo salía de su propia mano.
Cuando terminó levantó la vista para preguntar cuántas noches, y el hombre ya no estaba en el mostrador.
Estaba al fondo de la sala, de espaldas, mirando la puerta que daba a las escaleras del sótano, con las manos cruzadas detrás de la espalda: manos anchas, de dedos cortos y gruesos, con uñas más largas de lo habitual.
Manos que no correspondían a esa espalda recta ni a esa ropa de calidad. Manos que pertenecían a otra cosa.
—¿Cuántas noches? —preguntó Brouček.
—Las necesarias —dijo el hombre, sin girarse.
Brouček cogió la llave de la habitación cuatro y la dejó sobre el mostrador.
El hombre se acercó, la tomó sin mirarlo, y subió las escaleras sin hacer ruido.
Brouček lo siguió con la vista hasta que desapareció en el primer rellano.
Esperó. En una escalera de madera siempre había crujidos: el peso de un cuerpo sobre los peldaños era una secuencia de sonidos que Brouček conocía de memoria después de veintidós años, cada tablón con su voz particular.
No hubo ninguno. El hombre subió los doce peldaños hasta el primer rellano en un silencio absoluto: la madera se negaba a reconocerlo.
Brouček bajó la vista al libro de huéspedes.
El huésped no se acercó a firmar. No pidió la pluma.
Ni siquiera se identificó en voz alta. Pero en la línea correspondiente al diecisiete de noviembre había un nombre completo escrito ya, con la inclinación a la derecha que era la suya, los lazos cerrados de la d que eran los suyos, la manera particular en que él hacía la coma después del título nobiliario.
La caligrafía era la suya, sin discusión.
La mano había sido la suya. La memoria de haberlo escrito, no.
Después cogió la pluma y añadió algo al margen de la entrada. No supo qué escribió hasta que lo leyó: cuatro palabras, con su propia letra, que tampoco recordaba haber pensado.
Cerró el libro.
Subió a su habitación.
No durmió.