Capítulo 38
Bohumil Hruška llevaba treinta y un años encendiendo los faroles de la ribera y distinguía sus cuarenta y dos llamas por el sonido.
Cada mechero tenía su voz. El del arranque del puente silbaba fino desde la riada del setenta y dos, que le dejó aire en el conducto; los seis del tramo de la herrería ronroneaban graves, con la presión generosa que les llegaba directa del ramal nuevo; el último de la ronda, el de la esquina de la escalinata, carraspeaba dos veces al abrirse la llave y después se sostenía limpio toda la noche.
La Compañía pagaba la ronda a tanto el farol, y a Bohumil la ronda entera le cabía en cuarenta minutos de paso tranquilo: subir la pértiga con el piloto encendido, abrir la llave, contar dos segundos, ver nacer la llama. Lo demás era caminar.
Esa tarde el frío venía seco, del tipo que precede a la nieve, y los primeros treinta faroles prendieron a la primera.
El treinta y uno, el que abría el tramo del agua bajo Hradčany, tardó.
La llama salió pequeña, se agachó dentro del cristal y necesitó tres segundos para levantarse.
Bohumil golpeó el vidrio con la uña. Presión, pensó.
Llevaba días oyendo quejas de presión a los del turno de noche, y un técnico de la Compañía había andado esa semana revisando reguladores por el barrio.
El treinta y dos hizo lo mismo. Y el treinta y tres.
En el treinta y cuatro, Bohumil se quedó mirando la llama después de encenderla.
El viento venía del río, de cara, parejo y frío.
La llama se inclinaba hacia la colina. Contra el viento.
Bohumil se volvió hacia la hilera que acababa de dejar atrás: las cuatro llamas del tramo del agua, inclinadas en el mismo ángulo, todas hacia Hradčany, sostenidas en esa posición con una quietud que las llamas de gas no tienen nunca.
Se quedó un momento con la pértiga apoyada en el hombro, mirando la ladera. Arriba, entre los árboles pelados, se adivinaban los tejados de las casas grandes, oscuros contra un cielo que todavía guardaba algo de luz. Ninguna ventana encendida en ese tramo.
Treinta y un años enseñan a un hombre qué problemas son suyos. La presión era suya: se anotaba en el parte y la Compañía mandaba a alguien. El ángulo de una llama pertenecía al viento, y el viento, esa tarde, soplaba en dirección contraria a lo que las llamas decían.
Bohumil encendió los ocho faroles que le quedaban mirando cada llama el tiempo justo de verla nacer. Terminó la ronda doce minutos antes que de costumbre, con un paso que él mismo se explicó por el frío.
En la caseta del distrito, en el parte de incidencias, escribió: «Presión irregular, tramo del agua, faroles 31 a 34. Se solicita revisión.» La letra apretada de los hombres que escriben poco. Se detuvo con la pluma sobre el papel, pensando en el ángulo, y la pluma se quedó donde estaba.
Dejó el parte así.
Hay cosas que un farolero anota y cosas que un farolero se lleva a la taberna y deja en el fondo del vaso, con el último trago, donde pesan menos.
Esa noche Bohumil cenó de espaldas a la ventana. Su mujer le preguntó si se encontraba mal. Bohumil contestó que era el frío. El frío, esa semana en Praga, era una respuesta que servía para todo.