Capítulo 37
En algún momento de aquella tarde, sin que Frederick Vránský lo decidiera, sus piernas dejaron de obedecer.
No fue un fallo, ni un mareo, ni el cansancio de un hombre de sesenta y cinco años.
Había bajado del estudio después del mediodía para hacer la ronda de siempre —comprobar el perímetro, confirmar que Sophia seguía en su cuarto, escuchar el pulso de abajo— y, frente a la puerta de su sobrina, las piernas desatendieron sin más la orden de seguir caminando.
Como si el cuerpo hubiera deliberado por su cuenta y hubiera resuelto que, de momento, no había ningún sitio al que ir.
Se dejó resbalar contra la pared del pasillo y se quedó allí.
Eso había sido seis horas antes.
El frío de las baldosas no le llegaba. Tampoco el olor: ese olor a humedad vieja, a tierra y a plomo, a río donde no debería haber río, que llevaba días subiendo desde los pisos de abajo.
Antes lo habría molestado. Ahora era apenas el olor de su propia casa, y la casa y él habían empezado a oler igual.
Lo que crecía bajo el sótano era ya parte de lo que él era, y uno no huele lo que es.
Al otro lado de la puerta de Sophia, ni un ruido.
Hacía casi un día que su sobrina no hacía ningún sonido, y aun así Frederick la sentía: el calor bajo de quien come poco y duerme menos, un pulso lento, prudente, replegado, como el de un animal que ha entendido deprisa que los movimientos bruscos llaman al depredador.
Había aprendido rápido. Y al pensarlo, Frederick reconoció en sí mismo —con cierto retraso, como quien identifica un sabor que hace años que no prueba— algo parecido a la satisfacción.
Duró lo que tardaron las campanas de San Vito en dar las cinco.
Llegaron como siempre, densas y metálicas, vibrando en la piedra de Hradčany antes de deshacerse en el aire.
Doscientos metros, no más. Frederick las había oído toda su vida desde esta casa, y toda su vida habían sido ruido de fondo: las del mediodía, las del ángelus, las que marcaban las horas muertas de las tardes de invierno.
Esta tarde no las oyó como fondo. Las oyó enteras.
Sin el láudano que las acolchaba por dentro, sin la plenitud eléctrica del Invitado que durante meses había convertido el mundo de fuera en un murmullo sin importancia.
Las oyó como las había oído en mil ochocientos cuarenta y cinco, a los treinta años, con las deudas de su padre sobre los hombros y la certeza de que el apellido Vránský terminaría en él si no encontraba una salida.
Y con las campanas llegó el cuarenta y cinco. Entero. Como llega el agua cuando por fin cede el dique.
Durante treinta y cinco años el láudano había hecho bien su trabajo: cada vez que aquel octubre amenazaba con volver con todo su peso, la droga lo interceptaba a tiempo.
No borraba el recuerdo; lo hundía, lo diluía hasta volverlo soportable, hasta convertirlo en algo que le había pasado a un hombre parecido a él pero no del todo él.
Esta tarde no había droga que lo interceptara.
Las montañas al este de Bistritz, en octubre.
Un frío distinto al de Bohemia: seco, sin la humedad del Moldava, un frío que endurecía la tierra hasta el fondo.
El hombre que le pidió que lo llamara solo el Conde, y que lo escuchó durante horas en una sala del castillo con la paciencia del que no tiene prisa porque el tiempo no significa para él lo que significa para los demás.
Las preguntas, inteligentes, milimétricas: sobre la mansión, sobre lo que había debajo de la mansión, sobre la línea de custodia de los Vránský.
Y la única promesa que hizo —que no prometería nada que no fuera a cumplir al pie de la letra— la cumplió.
Al final, el Conde desenrolló sobre la mesa un pergamino.
Viejo. Muy viejo. Frederick no leía el latín con la soltura suficiente para entenderlo entero, pero reconoció el apellido de su familia en el segundo párrafo, y el nombre de la mansión, y una palabra que se repetía: custodia .
El Conde le explicó, con una cortesía sin una sola grieta, que aquel documento llevaba cuatrocientos años guardado en una parroquia de Praga; que habían sido los Vránský quienes lo firmaron en su día; y que lo que Frederick iba a firmar era, más que un contrato nuevo, el reconocimiento de una obligación que su familia había contraído mucho antes de que él naciera y que solo había caído en desuso durante unas cuantas generaciones.
Una formalidad. Eso había dicho el Conde. Una formalidad para reactivar lo que ya existía.
Frederick firmó.
Treinta y cinco años diciéndose que fue una decisión sensata.
Que cualquier hombre en su lugar habría firmado igual.
Que el trato fue limpio, las condiciones claras, y que él había tenido la cabeza de negociar en vez de hundirse.
Un relato impecable, ensamblado pieza a pieza, que el láudano sostuvo en pie tres décadas y media.
Esta tarde, sin láudano, el relato no se sostenía.
Debajo solo había un hombre joven, asustado por las deudas de un muerto, firmando un papel que no sabía leer porque un desconocido amable le había dicho que era una formalidad.
Abajo, el pulso. Pum-pum. Pum-pum. Más fuerte que por la mañana. Más cerca de la superficie.
Frederick se levantó. Lo hizo con esa fluidez nueva que todavía no reconocía como suya, el cuerpo respondiendo a algo que ya no era del todo su voluntad. Subió al estudio.
La botella de láudano seguía en la repisa de la chimenea, el cristal marrón oscuro de las farmacias.
La cogió. La sostuvo un momento. La volvió a dejar.
No porque hubiera decidido no beber: porque en algún punto de las últimas semanas el láudano había dejado de saber a nada, y beber algo que no sabe a nada es un gesto sin destinatario.
Para que algo te embote, antes tienes que ser capaz de sentir.
Después sus pies lo llevaron a la ventana.
No lo decidió él. Cruzaron el estudio hasta el ventanal con una precisión que no le pertenecía, y para cuando quiso pararse ya tenía la mano en el cerrojo.
Lo descorrió. El aire de noviembre entró de golpe, cargado de humedad y de olor a nieve recién caída, y por un instante el frío en la cara fue suyo, suyo de verdad, como lo había sido siempre.
Miró hacia abajo. El jardín, a cuatro metros. La verja, a cincuenta.
Podía salir. El cuerpo podía pasar una pierna sobre el alféizar y luego la otra y dejarse caer sobre la nieve, que abajo bastaba para amortiguar. Era así de simple. Lo había sido siempre.
Levantó el pie derecho.
Y se detuvo.
No porque algo lo sujetara. No hubo mano invisible, ni dolor, ni una orden subiendo desde el sótano como las otras órdenes que había aprendido a obedecer sin saber que obedecía.
Fue más sencillo y mucho peor: en el instante exacto en que el pie se despegó del suelo, algo dentro de él dejó de querer.
Sin lucha. Sin aviso. Con la misma neutralidad con que se apaga una llama a la que se le ha terminado el aceite.
El impulso no estaba.
Bajó el pie.
Se quedó de pie ante la ventana abierta, el aire frío colándosele por el cuello de la camisa, mirando el jardín que seguía justo donde había estado siempre.
Solo él había cambiado, y ni siquiera recordaba el momento del cambio.
Recordaba el pie en el aire; recordaba el pie de nuevo en el suelo; pero entre las dos cosas había un hueco oscuro, sin nada dentro que pudiera mirarse de frente.
No había peleado contra nada. Eso era lo peor.
Habría preferido una voz, una mano, un castigo: algo contra lo que medirse.
En lugar de eso, solo el sitio liso y sin bordes donde había estado su voluntad, como una habitación a la que alguien ha sacado todos los muebles sin dejar en el suelo una sola marca que recuerde que alguna vez los hubo.
Cerró la ventana.
Treinta segundos antes todavía quería salir por ella. El cuerpo aún recordaba para qué sirve una ventana abierta sobre un jardín con nieve. Ahora estaba quieto delante de un cristal cerrado, y ya no lo recordaba.
Se miró las manos. En cada palma, cuatro marcas pequeñas: ocho semicírculos rojos donde las uñas se habían clavado sin que él diera la orden, en algún momento del pasillo, o del sótano, o de allí mismo. No sabía cuándo. Las abrió despacio. Las cerró. Las volvió a abrir.
Las campanas de San Vito dieron las seis, y esta vez el sonido le llegó por la piedra, tan adentro estaba ya de la casa. Frederick se sentó en el sillón de cuero, las manos abiertas sobre los muslos, y escuchó cómo las seis se disolvían en el silencio de la tarde.
Debajo de él, el sótano latía.
Y Frederick Vránský, que había sido barón, que había firmado en el cuarenta y cinco creyendo que negociaba, se quedó muy quieto en el único lugar que le quedaba: el espacio exacto entre lo que ya no podía hacer y lo que todavía no había ocurrido.