Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 36
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Capítulo 36

El distrito de Karlín olía a lo que era: el vientre mecánico de una ciudad que prefería no pensar en cómo funcionaba.

Humo de coque de las fábricas de gas, grasa quemada de los talleres de fundición, el olor dulzón y persistente de las curtidurías que el frío no lograba suprimir, solo comprimir, haciéndolo más denso, más difícil de ignorar.

La nieve que había caído durante la noche era aquí de un blanco sucio desde el principio, manchada por las chimeneas antes de tocar el suelo.

Karl golpeó la puerta con el puño. Dos golpes rápidos, pausa, dos golpes lentos.

Hubo un ruido de pasos lentos al otro lado, con una pausa de más entre uno y el siguiente. El cerrojo se descorrió y la puerta se abrió.

Erik Schwartz tenía el aspecto de alguien que ha decidido que el dolor es información y que la información hay que gestionarla, no evitarla.

Llevaba la camisa arremangada hasta los codos a pesar del frío, con el torso vendado en tiras de lino que asomaban por el cuello desabrochado.

La levita colgaba de un clavo en la pared del fondo, demasiado manchada para ser útil como ropa pero todavía útil como evidencia de lo que había sido la noche anterior.

Sus gafas tenían una patilla rota, sujeta con un trozo de hilo de bramante.

—Entre rápido —⁠dijo⁠—. Hay corriente.

El interior del almacén era un rectángulo largo y bajo, con estanterías de madera hasta el techo cargadas de frascos de vidrio ámbar, cajas de cartón con etiquetas manuscritas, garrafas de cristal reforzado con mimbre y cajones de latón con cerradura.

Todo estaba ordenado por alguien que tenía que encontrar las cosas en la oscuridad sin pensar: los ácidos en el lado izquierdo, los compuestos orgánicos en el centro, los metales pesados en el fondo.

En el centro del espacio, una mesa de zinc con tres lámparas de aceite encendidas hacía las veces de laboratorio provisional.

Había frascos abiertos, un mortero manchado, tiras de papel reactivo dispuestas en fila sobre un paño de algodón.

Junto al mortero, un vaso de precipitados pequeño con dos centímetros de líquido incoloro en el fondo.

Karl sacó el mapa del túnel y lo extendió sobre el único espacio libre de la mesa, desplazando con cuidado un vaso de precipitados que olía a ozono.

—¿Ha dormido? —⁠preguntó.

—No. —Erik fue hasta la mesa, levantó el vaso de precipitados pequeño e inclinó el contenido hacia atrás con la misma economía de gestos con que había descorrido el cerrojo. Dejó el vaso sobre la mesa con un sonido limpio. No explicó qué era. Karl no preguntó⁠—. He trabajado. Hay una diferencia.

—¿Qué ha encontrado?

Erik se sentó en el taburete frente a la mesa midiendo cada movimiento posible.

—El compuesto ataca el substrato orgánico activo.

Sabemos una cosa de cierto: ese tejido reacciona al fuego.

Lo vio Franz cuando la tierra del primer cadáver ardió, y lo confirmé yo en el olor.

Es la única reacción que hemos observado de verdad.

El resto lo deduzco: un substrato orgánico que se descompone con violencia ante el fuego a duras penas será inerte a otras agresiones.

Y no olvido que el primer muerto tenía un trozo de hierro apretado en el puño, como si hubiera intentado defenderse con lo único que tenía a mano.

Puede que el folclore que ata a estas cosas con hierro viejo esté describiendo, a su manera tosca, una vulnerabilidad real.

—⁠Se frotó los ojos cansados bajo las gafas⁠—.

Lo que no sé es la escala de la reacción ni el tiempo.

No he podido probarlo. Estoy trabajando con una hipótesis, no con un experimento.

—¿Y si la hipótesis es incorrecta?

—Entonces habremos vertido cloruro de zinc en un sótano y nada más. —⁠Erik no lo dijo como un consuelo⁠—. Pero si es correcta, alterar la química de esa tierra equivale a cortar el suministro a un órgano trasplantado. El tejido muere por isquemia aunque el organismo principal siga funcionando.

—¿Cuánto compuesto necesitaría para inutilizar el sótano completo?

Erik se levantó del taburete. Se incorporó despacio, con una pausa breve a media altura, cálculo más que titubeo, y fue hacia la estantería del fondo con la mano izquierda rozando el borde de la mesa durante los primeros pasos.

Sacó una garrafa de cloruro de zinc al cuarenta por ciento y la depositó sobre la mesa con el cuidado que se tiene con las cosas que no perdonan los errores.

—Para las cajas periféricas, bastaría con verter la solución sobre la tierra de cada caja y dejar que empape.

El cloruro de zinc en concentración alta coagula el sustrato orgánico activo allí donde lo toca.

—⁠Volvió a sentarse, esta vez apoyando la mano izquierda un segundo en el borde de la mesa antes de soltarla⁠—. El problema es el arcón central.

Karl lo sabía. Había estado dándole vueltas desde que Gabriel lo mencionó en la iglesia.

—Sellado con plomo —⁠dijo.

—Sellado con plomo. —⁠Erik no continuó. Cerró el cuaderno con un movimiento preciso y lo dejó sobre la mesa⁠—. Eso lo resolvemos cuando sepa cómo está dispuesto el sótano por dentro. Hay variables que no puedo calcular sin saber dónde está el arcón respecto a las cajas.

Karl miró el mapa. El punto donde el pasillo abovedado desembocaba en la sala circular estaba marcado con un círculo que él mismo había trazado horas antes en el carruaje, con mano menos firme de lo que habría querido. Lo dobló y lo guardó.

—Gabriel ha encontrado algo en la servidumbre de 1442 —⁠dijo⁠—. Una cláusula legal. Frederick no ostentaba la custodia en propiedad: la tenía en depósito. Un depositario no puede vender lo que custodia. La venta que gestioné no existe en derecho.

Erik lo miró por encima de las gafas rotas.

—¿De qué sirve eso ahora?

—Solo sirve si Sophia sigue viva y dentro de la casa. —⁠Karl lo dijo sin esperanza, como pura mecánica⁠—. Ella es el último eslabón de la línea de custodia. Viva y en la propiedad, la transferencia sigue siendo inválida. Muerta o renunciante, se completa. Por eso la tiene encerrada y no muerta.

Erik procesó esto en silencio. Era la forma que tenía de recibir información que no le gustaba: no protestar, no discutir, dejar que la realidad se asentara en su sitio antes de responder.

—Entonces sacarla no es solo una cuestión moral.

—No. Es la pieza central.

Erik asintió despacio, mirando sus propias manos sobre la mesa.

Las tenía limpias con una minuciosidad que contrastaba con el resto de su aspecto; las había lavado con ácido fénico hasta enrojecerlas, el hábito del cirujano que persiste cuando todo lo demás cede.

En el antebrazo izquierdo, la marca seguía ahí: los cuatro dedos y el pulgar impresos en la carne como un bajorrelieve negro, sin inflamación, sin calor.

Un moratón que no se comportaba como un moratón: no menguaba ni cambiaba de color: la piel lo había fijado como su aspecto permanente y había dejado de protestar.

Erik se levantó del taburete. Fue hacia la estantería del lado izquierdo, la de los ácidos, midiendo cada paso.

Sacó una caja de madera pequeña con cierre de latón.

La abrió sobre la mesa. Dentro, sobre un lecho de viruta de madera, descansaba la jeringa, el émbolo asegurado con un trozo de alambre para evitar un disparo accidental, el líquido opaco en su interior con el tono lechoso del cloruro de zinc mezclado con los metales pesados.

—Cincuenta mililitros —⁠dijo Erik⁠—. Cloruro de zinc, nitrato de plata, cloruro de mercurio, arsénico.

La cargué esta madrugada. Concentración suficiente para coagular cualquier fluido orgánico en contacto directo.

—⁠Cerró la caja⁠—. Si alguien llega al arcón y consigue introducir la aguja antes de que lo que hay dentro reaccione, el efecto debería ser inmediato.

—¿Debería?

—Debería. —⁠Erik no fingió más certeza de la que tenía⁠—.

Estoy trabajando con una fisiología que no está en ningún manual.

Lo que sé es lo que hemos visto: la materia de esas cajas reacciona al fuego como ninguna tierra debería.

Los organismos que funcionan con ese tipo de metabolismo tienen puntos de vulnerabilidad, igual que cualquier sistema biológico.

El compuesto ataca varios de esos puntos al mismo tiempo. Si falla uno, actúa otro.

Karl miró la caja cerrada.

—¿Cuánto tiempo tardaría en actuar?

—Segundos. Si el fluido vital de esa cosa tiene la misma composición que el del Estudiante, la coagulación sería casi instantánea. —⁠Pausa⁠—. El problema es el casi .

—¿Qué margen?

—No lo sé. Podría ser un segundo. Podría ser diez. En diez segundos, algo con la fuerza que vi esta madrugada puede hacer mucho daño.

Guardaron silencio los dos. Fuera, en la calle, una carreta de reparto pasó sobre los adoquines con el traqueteo metódico de los lunes por la mañana, y el ruido fue tan ordinario y tan ajeno a lo que se estaba decidiendo en ese almacén que resultó casi obsceno.

Erik cogió el cuaderno de notas y empezó a escribir con la letra pequeña y densa de los márgenes apretados, el tipo de letra que usa alguien que piensa más rápido de lo que escribe pero que no puede permitirse dejar nada sin anotar.

Dictaba en voz baja mientras lo hacía, como si redactara un informe para alguien que no estaba en la habitación.

—Entonces el plan tiene dos partes visibles —⁠murmuró⁠—. Sacar a Sophia. Inutilizar la tierra del sótano.

—En ese orden si es posible. No en ese orden si no lo es.

—¿Cuándo?

Karl miró el reloj de bolsillo. Las ocho menos cuarto de la mañana del 15 de noviembre.

—Gabriel dice que tenemos hasta el 17 a medianoche. La vascularización se completa entonces. Después de eso, el «Invitado» puede moverse a su antojo sin necesitar el arcón como base. Si esperamos al 17, el arcón puede estar vacío cuando lleguemos.

—Entonces antes de medianoche del 17.

—Antes de medianoche del 17.

Erik cerró el cuaderno. Miró la caja de la jeringa sobre la mesa, luego los frascos alineados en la estantería, luego la marca en su antebrazo izquierdo. No la tocó.

—Necesito dos cosas —⁠dijo⁠—. Más cloruro de zinc, en cantidad suficiente para las cajas periféricas. Y las dimensiones del sótano para calcular el volumen del espacio y la cantidad necesaria.

—El volumen se lo doy yo —⁠dijo Karl⁠—. Estuve abajo.

Erik levantó la vista.

—¿Lo bastante para calcular?

—Una sala redonda, forrada de plomo. Unos diez pasos de lado a lado, las cajas contra la pared curva. Se lo dibujo. No será exacto, pero le servirá.

—Servirá. —⁠Erik anotó algo⁠—. ¿Y para entrar?

Karl tardó en contestar.

—Eso es lo que no tengo. Frederick cierra la puerta del sótano con llave cada noche.

—Entonces no hay plan.

—Hay otra vía. —⁠Karl se inclinó sobre la mesa⁠—. De esa sala arranca una galería hacia el río. Sophia copió el recorrido de unos planos del estudio de su tío. Es la única forma de bajar sin cruzar la casa.

—Entonces hay que sacarla a ella primero —⁠dijo Erik.

—Y para eso necesitamos una razón que Frederick no pueda bloquear con la ley de tutela —⁠dijo Karl⁠—. O que ella encuentre sola la manera de salir.

Los dos hombres se miraron sobre la mesa de zinc. Era el mismo cálculo de siempre, con una variable diferente: esta vez la incógnita era humana, no química ni legal, y las incógnitas humanas eran las que menos se prestaban a la experimentación controlada.

—¿Confía en ella? —⁠preguntó Erik.

Karl pensó en la joven que había localizado las llaves del sótano en el doble fondo del escritorio de su tío, que las había sacado de allí y se las había puesto a él en la mano envueltas en un pañuelo sin que nadie se lo pidiera, y que después había encontrado la ruta del túnel y la había copiado donde Frederick no iba a buscarla.

—Más que en cualquier otra persona en esta ciudad —⁠dijo.

Lo dijo sin levantar la vista del mapa. Era el tono administrativo con el que él medía siempre los datos importantes, pero los dos hombres se conocían lo suficiente como para que Erik registrara, sin comentar, que Karl había dicho «en esta ciudad» en lugar de «en este expediente», que era el cierre profesional habitual.

La diferencia era de tres palabras y quince años de bufete.

Karl también la registró. Ninguno de los dos hizo nada con ella.

No era el momento. Quizás tampoco lo sería nunca, pero la frase había salido y ahora estaba ahí, sobre la mesa de zinc, entre los frascos, como un dato más que el almacén tendría que albergar hasta nuevo aviso.

Erik tomó la caja de la jeringa y la guardó en el bolsillo interior de su levita manchada, con la cautela del que transporta algo frágil.

—Entonces hay que hacerle llegar un mensaje —⁠dijo⁠—. Antes de que oscurezca.

Karl ya estaba sacando el cuaderno. En la calle, las campanas de alguna iglesia de Karlín dieron los tres cuartos, indiferentes a todo, y el sonido se mezcló con el humo de las fábricas y se perdió hacia el río antes de alcanzar la ciudad alta, donde Sophia seguía encerrada en una habitación con todas las lámparas encendidas, esperando que alguien en Praga supiera lo que tenía que hacer.

Las campanas de Karlín dieron los tres cuartos de las ocho de la mañana del quince de noviembre. Quedaban sesenta y cuatro horas.