Capítulo 33
El distrito de Karlín, situado en la llanura aluvial del Moldava, era el vientre mecánico de Praga. Aquí no había palacios barrocos ni estatuas de santos agonizantes; solo chimeneas de ladrillo rojo que vomitaban hollín al cielo nocturno y calles adoquinadas trazadas con escuadra y cartabón.
La tormenta que azotaba la ciudad aquí tenía un aspecto distinto.
La nieve no era blanca; caía mezclada con el polvo de hulla de las fábricas de gas, cubriendo el suelo de una capa de aguanieve grisácea y resbaladiza.
El aire, cortante y muy frío, tenía un sabor metálico, sulfuroso, una mezcla de los residuos industriales y el hedor orgánico de las curtidurías cercanas congeladas.
Erik Schwartz llegó a la puerta trasera del almacén familiar cojeando, arrastrando su pierna izquierda como un peso muerto. Su levita, antaño de corte impecable, era ahora un guiñapo de lana desgarrada, manchada de barro y endurecida por la escarcha negra.
No tenía llave. Hacía tres años que no pisaba el negocio de su padre. Desde que obtuvo su título de médico con honores, había intentado borrar su origen de «mercader de venenos» para abrazar la pureza aséptica de la academia.
Se detuvo frente a la puerta.
No porque estuviera cerrada. Se detuvo porque sus piernas dejaron de moverse y tardó un momento en entender por qué. La lluvia golpeaba el adoquín a su alrededor. El frío le había insensibilizado los dedos hace una hora. Ninguna de esas cosas importaba.
Permaneció inmóvil durante un tiempo que no midió.
Luego, despacio, recuperó el control de los dedos.
Ironía clínica , pensó Erik, sacando una navaja quirúrgica de su bolsillo interior con dedos entumecidos por el frío. Huyes del veneno toda tu vida para acabar rogando por él.
Insertó la hoja en la ranura del candado.
No era un ladrón, pero conocía el mecanismo.
Un modelo alemán de pernos básicos que su padre importaba por docenas.
Con un golpe seco de la palma de la mano sobre el mango, buscando la vibración justa, el mecanismo saltó, rompiendo la capa de hielo que lo sellaba.
Erik entró y cerró la puerta tras de sí, deslizándose por la madera hasta tocar el suelo.
El silencio en el interior era absoluto, solo roto por su propia respiración sibilante.
El aire estaba estancado, conservado en ámbar, saturado de partículas químicas en suspensión: alcanfor, trementina, ácido fénico.
Para cualquier otro, sería un olor insoportable, una agresión a las mucosas.
Para Erik, olía a cenas familiares silenciosas y a las manos manchadas de su padre.
Intentó levantarse, pero el dolor en su costado le dobló por la mitad y le obligó a toser. Sintió el sabor inconfundible y cobrizo de la sangre en la boca.
—Evaluación de daños —murmuró al vacío, forzando a su mente a entrar en «modo autopsia» para evitar el colapso emocional—.
Sujeto masculino, cuarenta y siete años.
Trauma torácico contuso. Posible fisura en la séptima y octava costilla.
Laceraciones defensivas en antebrazos. Colapso neurasténico agudo. Hipotermia leve.
Encendió un mechero de alcohol que encontró a tientas sobre una mesa de trabajo.
La llama azulada iluminó el laboratorio con sombras danzantes.
Era un templo al racionalismo industrial: filas interminables de frascos de vidrio ámbar etiquetados en caligrafía impecable, balanzas de precisión de latón y garrafas de cristal reforzado con mimbre.
Erik se quitó la levita destrozada. La camisa blanca estaba pegada a su piel por la sangre seca. Al despegarla, el dolor fue tan agudo que su visión se llenó de estática blanca.
Se miró el brazo izquierdo. Donde el «Estudiante» le había agarrado, la piel no estaba solo amoratada; estaba negra, necrótica, con la forma perfecta de cuatro dedos y un pulgar impresos en la carne como un bajorrelieve negativo.
—No hay inflamación —observó, fascinado a su pesar, acercando la llama a la herida—. No hay reacción vital, ni pus, ni calor. El tejido ha muerto en el acto por contacto. Es como… una quemadura por frío extremo. O una succión de vitalidad, célula a célula.
Se limpió las heridas con alcohol puro, mordiendo un trapo de algodón para no gritar. El dolor le anclaba a la realidad. Le impedía pensar en el sonido que se repetía en su cabeza cada tres segundos, como un metrónomo roto.
Crrrac.
El sonido de la clavícula de Franz cediendo bajo la presión inhumana.
Erik cerró los ojos y, por un instante, la estantería de reactivos frente a él se convirtió en el cristal reforzado de la esclusa subterránea. Vio a Franz al otro lado. El chico no gritaba. No hubo despedidas dramáticas. Sólo hubo silencio.
Franz le había mirado con los ojos desorbitados por el terror, una comprensión animal de que iba a morir, y aun así, había empujado la palanca de cierre. Erik recordaba el golpe sordo de la mano de Franz contra el vidrio, manchándolo de rojo, obligándole a mirar.
Franz había muerto haciendo lo que Erik no pudo: aceptar la realidad empírica de la situación. Erik había intentado diagnosticar al monstruo, buscarle una patología en los manuales; Franz había calculado que la puerta no aguantaría sin un bloqueo físico y había usado su propio cuerpo como cuña.
—Causa de la muerte: Traumatismo masivo por aplastamiento —dijo Erik, su voz quebrándose, perdiendo la frialdad clínica—. Causa secundaria: La inacción y arrogancia del Dr. Schwartz.
Lanzó el trapo ensangrentado contra la pared. Un frasco cayó y se rompió con un estruendo de cristal.
El silencio que siguió fue peor que el ruido.
Erik se quedó mirando los fragmentos de vidrio en el suelo, el líquido derramado extendiéndose entre las grietas de la madera.
Ácido fénico. El mismo que usaba para limpiar las mesas de autopsia.
El mismo olor que Franz había aprendido a tolerar en sus primeras semanas en la morgue, cuando todavía arrugaba la nariz y Erik le decía que se acostumbraría.
Se había acostumbrado.
Erik se apoyó en la mesa con las dos manos, inclinando la cabeza.
Tenía cuarenta y siete años y había visto morir a pacientes, había firmado certificados de defunción, había abierto cuerpos que fueron personas.
Sabía técnicamente lo que era la muerte.
Lo que no sabía, lo que ningún manual de patología le había enseñado, era el sonido específico que hace el cristal cuando la mano de alguien lo golpea desde el otro lado por última vez.
Ese sonido no iba a catalogarse. No iba a archivarse. Iba a quedarse.
Cuánto tiempo estuvo así no lo supo. Cuando levantó la cabeza, el mechero de alcohol seguía ardiendo y el frío del almacén le había entumecido los dedos.
Se miró las manos. Las mismas manos que habían empujado a Franz hacia la puerta.
La física de la situación, se había dicho.
Dos cuerpos no pasarían a tiempo. Uno sí. Era aritmética pura.
Era aritmética pura y Franz lo había resuelto antes que él.
—¡Basta! —gritó a la soledad del almacén, su voz rebotando en las vigas—. El duelo es ineficiente. El duelo requiere tiempo, y el rigor mortis de esta ciudad ya ha comenzado.
Caminó hacia la sección etiquetada como «Compuestos Peligrosos / Uso Industrial». Si la ciencia médica no podía explicar a la criatura, la química industrial tendría que destruirla. O al menos, inutilizarla.
Recordó la anatomía del monstruo. La fuerza hidráulica sobrenatural. La regeneración visible a simple vista. No podías matarlo disparándole, porque las balas solo rompen tejido, y el tejido de esa cosa se repara como el agua que vuelve a su cauce. Tenías que alterar la química de su fluido vital.
Pensó un momento en la sal. Franz la había mencionado con ese terror campesino que le resultaba insoportable.
Cloruro sódico. Un electrolito simple. La ósmosis era conocida desde hacía décadas: una solución hipertónica deshidrata los tejidos, extrae el agua celular por gradiente de concentración.
Pfeffer lo había demostrado en plantas en 1877.
Lo descartó. Para que la ósmosis actuara sobre tejido animal vivo necesitaba contacto directo y sostenido.
Una aplicación superficial sobre un organismo en movimiento sería inútil.
Necesitaría sumergirlo. Y además, la sal no destruía, solo deshidrataba.
Lo que tenía delante no era un organismo que pudiera morir de sed.
Franz tenía miedo. El miedo no era química.
—Hipótesis —dijo, tomando una garrafa pesada de cloruro de zinc en solución saturada—. Si su sangre actúa como un combustible de alta eficiencia que permite esa regeneración, hay que contaminar el combustible. Hay que coagularlo. Convertir el fluido en sólido dentro de sus venas.
Erik colocó la garrafa sobre la mesa de zinc. El cloruro de zinc concentrado se usaba para conservar cadáveres, deshidratando y coagulando las proteínas para que no se descompusieran. Endurecía la carne hasta convertirla en cuero inerte.
—No voy a matarte —susurró, con los ojos inyectados en sangre y fiebre—. Voy a embalsamarte en vida. Voy a convertirte en una estatua de carne estéril.
Comenzó a moverse con una prisa febril, ignorando el dolor punzante de sus costillas con cada respiración. Era una danza macabra de alquimia moderna.
Tomó un mortero de porcelana grande. Añadió cristales de Nitrato de Plata.
Un cáustico potente que reaccionaría de forma violenta con la materia orgánica, cauterizando desde dentro.
Añadió Cloruro de Mercurio (Sublimado Corrosivo).
Un veneno celular pesado que bloqueaba los procesos enzimáticos básicos.
Y por último, una dosis generosa de Arsénico.
Molió la mezcla con el pilón hasta obtener un polvo fino, grisáceo, letal. El polvo brillaba bajo la luz de gas como escarcha maldita.
Vertió el polvo en un vaso de precipitados y añadió la solución de cloruro de zinc poco a poco. La mezcla siseó, liberando un vapor acre que le hizo lagrimear los ojos y toser con violencia. El líquido resultante era lechoso, viscoso, pesado como el mercurio.
—Un brebaje para detener un corazón que no late —dijo, observando la suspensión.
Necesitaba un sistema de entrega. Una jeringa médica estándar se rompería o se atascaría con la densidad del fluido.
Revolvió los cajones del fondo, tirando instrumentos al suelo.
Encontró lo que buscaba: un trocar de embalsamador modificado y una jeringa de latón de uso veterinario, utilizada para inyectar sedantes espesos a caballos de tiro percherones.
La aguja tenía el grosor de un clavo de carpintero.
Cargó la jeringa. El émbolo ofreció resistencia. Cincuenta mililitros de muerte química concentrada.
El problema era el arcón central. Las cajas periféricas eran madera y tierra. Pero el arcón, según el Manifiesto, estaba forrado de plomo. El compuesto no atravesaba el plomo. Necesitaba que alguien abriera el arcón desde dentro antes de que él pudiera inyectar.
Levantó la jeringa contra la luz. Aquello no curaba nada: era una abominación. Violaba todo juramento hipocrático que había prestado ante sus profesores. Primum non nocere. Primero, no hacer daño.
Erik miró su reflejo distorsionado en el cristal de la garrafa de cloruro de zinc.
Vio a un hombre pálido, con ojeras profundas como hematomas y sangre seca en el cuello.
Ya no se parecía al respetable Dr. Schwartz de la Facultad de Medicina.
Se parecía a uno de esos anatomistas locos de los folletines góticos que tanto despreciaba.
—El paciente —dijo Erik con una voz carente de toda emoción humana— presenta un cuadro de inmortalidad patológica severa.
Presionó apenas el émbolo. Una gota del líquido lechoso cayó sobre la mesa de madera. La madera siseó y se ennegreció al instante, carcomida.
—Tratamiento prescrito: Necrosis sistémica inducida.
Guardó la jeringa en un estuche de cuero reforzado, se ajustó el abrigo sobre las costillas rotas y sopló la lámpara. La oscuridad volvió a tragarlo, pero Erik ya no tenía miedo de la oscuridad. Ahora él era quien llevaba el monstruo en el bolsillo.
Antes de salir abrió el cuaderno y anotó debajo del compuesto: La arcilla del primer cadáver de la morgue es la misma que la de las cajas Karpatia. Composición orgánica activa idéntica. El sustrato no es nuevo en esta ciudad: la presencia bajo Praga es anterior a la llegada del cargamento.
Cerró el cuaderno. Tenía sentido —una lógica horrible y perfecta— que la ciudad hubiera tenido su propio monstruo de barro justo porque conocía a este desde antes.
Salió a la niebla y la nieve sucia de Karlín. Faltaban dos horas para el amanecer. Y sesenta y ocho horas para medianoche del diecisiete.