Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 34
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Capítulo 34

La nieve no había esperado al amanecer para decidirse.

Cuando Karl y Gabriel salieron del callejón trasero de la Sinagoga Vieja-Nueva, el barrio judío era otro.

La aguanieve de medianoche se había endurecido en una capa fina y opaca que borraba los adoquines y silenciaba la ciudad con una eficiencia metódica.

Las lápidas del cementerio contiguo asomaban entre la blancura como dedos negros, señalando el cielo sin destinatario.

Karl se ajustó el sombrero con ambas manos.

El movimiento era innecesario; era el gesto de un hombre que necesita tocar algo sólido.

Al girar hacia la calle principal, se detuvo.

A veinte metros, encajonada entre dos casas de tejados picudos, había una puerta baja de piedra gris con el dintel desnudo.

No había placa. Pero había algo más: en la moldura del arco, la piedra estaba más clara que el resto, clara a trechos, como si alguien hubiera restregado la superficie con ácido y la hubiera dejado sin la pátina de siglos.

—La capilla —⁠dijo Karl en voz baja, sin necesitar explicación.

Gabriel se detuvo a su lado. En el dintel limpio, si uno sabía mirar, todavía quedaban los contornos fantasmales de caracteres grabados, borrados pero no del todo desaparecidos.

—Estamos en el perímetro —⁠dijo Gabriel.

—Sí —⁠dijo Karl. Y echó a andar.

—Casi dos horas para que abra el registro catastral —⁠dijo.

Gabriel no respondió de inmediato. Tenía los fragmentos de arcilla del ático envueltos en el pañuelo, dentro del bolsillo del abrigo, y su mano derecha se había metido ahí con la excusa del frío.

No los tocaba del todo. Los rozaba, como quien comprueba que un objeto sigue en su sitio sin querer saber qué es.

—La servidumbre de 1442 está en la sacristía de San Nicolás —⁠respondió al fin⁠—. No necesitamos que abra nadie. Yo tengo la llave.

Karl lo miró.

—¿Cuándo iba a decírmelo?

—Ahora —⁠dijo Gabriel, sin disculparse.

Cruzaron la frontera de Josefov. El Moldava apareció al fondo de la calle, ancho y negro, con una franja de hielo naciente en la orilla de Malá Strana que captaba la primera luz gris del amanecer y la devolvía sin calidez.

Una barcaza solitaria, cargada de turba para las estufas de la ciudad alta, avanzaba corriente arriba despacio.

El barquero no levantó la vista hacia el puente.

Las calles de la Ciudad Vieja estaban casi vacías.

Solo los comerciantes madrugadores tiraban de sus carros sobre la nieve nueva, dejando surcos que se cerraban detrás de ellos como cicatrices.

Una mujer con un chal negro sobre el pelo caminaba pegada a la pared con la cabeza baja, sin mirar a nadie.

Praga en invierno tenía ese hábito: moverse despacio, sin ocupar más espacio del necesario.

—¿Schwartz tiene dónde estar? —⁠preguntó Karl mientras cruzaban hacia el puente.

—Un almacén en Karlín. De su familia. Me lo dijo anoche antes de que usted llegara a la iglesia.

—Bien. —⁠Karl abrió su cuaderno mientras caminaba, protegiéndolo del viento con el cuerpo⁠—.

Entonces necesito tres cosas antes del anochecer.

Usted revisa la servidumbre y me dice qué cláusula de reverter establece.

Si el contrato puede invalidarse, por pequeña que sea la grieta, la usaremos.

Schwartz necesita seguir trabajando en el compuesto; tengo preguntas sobre la tierra que solo él puede responder.

Y yo tengo que ir al registro catastral.

—El registro abre a las ocho.

—Estaré allí a las siete cuarenta y cinco.

El Puente de Carlos los recibió con el viento que subía del río.

Era un viento que más que soplar, empujaba, constante y sin temperatura: el Moldava convertido en algo que ya no era agua.

La nieve sobre los adoquines del puente estaba pisoteada en el centro y acumulada en los bordes, contra las bases de las estatuas de los santos.

Karl pasó frente a San Juan Nepomuceno sin mirarlo. El halo de estrellas doradas sobre la cabeza del mártir estaba cubierto de blanco; solo la punta de la cruz asomaba limpia, porque el viento había barrido esa parte concreta de la estatua y no otra.

Gabriel sí miró al santo.

Su mano derecha se movió hacia su pecho con el reflejo de veinte años de mañanas cruzando este puente: veintitrés pasos desde la Torre de Malá Strana hasta la estatua de Nepomuceno, persignarse, continuar.

El movimiento llevaba instalado en sus músculos desde el año de su ordenación y no había tenido que pensarlo nunca.

Esta mañana los dedos se levantaron, buscaron la posición, y se detuvieron en el aire a mitad de camino.

No completaron el gesto. Cayeron de nuevo al costado, vacíos.

Nadie dijo nada sobre eso.

El puente sonaba distinto en invierno. El Moldava bajo los arcos tenía una voz más grave, más lenta, como si el frío le hubiera bajado la cuerda un tono.

Karl se asomó un momento a la barandilla y miró el agua: oscura, con remolinos lentos que giraban alrededor de los pilones de piedra sin llegar a ningún lado.

En la orilla de Malá Strana, el almacén número cuatro tenía los postigos bajados.

El muelle de madera podrida estaba cubierto de nieve intacta.

Nadie había pasado por allí desde antes de que nevara.

—Hay algo que no le he dicho —⁠dijo Gabriel.

Estaban a mitad del puente. Una pareja de palomas pasó volando bajo, casi a nivel del agua, con esa urgencia sin destino de los animales que se mueven antes de que el frío los detenga del todo.

Karl no levantó la vista del cuaderno. Había aprendido en quince años de bufete que los testigos que empiezan con hay algo que no le he dicho necesitan más silencio que pregunta para continuar.

—En el De Daemonibus hay algo más —⁠dijo Gabriel⁠—. Algo que no he terminado de leer todavía. Necesito la servidumbre primero para saber si tiene sentido.

Caminaron. Los pasos de Karl sobre la nieve eran rítmicos, deliberados. Los de Gabriel eran más irregulares, como si el suelo no fuera del todo de fiar.

—¿Me lo dirá cuando lo sepa?

—Sí. —⁠Una pausa corta, del tipo que ocupa más espacio del que debería⁠—. Cuando sepa si sirve de algo.

Llegaron al final del puente. La Torre de Malá Strana se alzaba sobre ellos, con su portón de piedra enmarcando la entrada al barrio. Dos gendarmes hacían guardia en el arco, envueltos en capotes de lana gruesa, con cara de llevar dos horas esperando que pase algo y haber dejado de esperar.

Karl guardó el cuaderno en el bolsillo interior mientras cruzaban bajo el arco.

Sabía reconocer cuando un testigo retiene algo: no por evasión, a veces por no tener todavía las palabras exactas, a veces por no querer pronunciarlas antes de estar seguro de que son las correctas.

Había aprendido a no forzar ese momento.

Lo que no se dice antes de tiempo llega solo cuando el tiempo es el adecuado.

La cúpula de San Nicolás asomaba sobre los tejados, su verde cobrizo apagado por el cielo blanco. Las campanas marcaron las seis y media desde allí arriba, y el sonido bajó por la ladera con esa calidad particular de las campanas de Malá Strana, que resuenan en la piedra más que en el aire.

Siguieron caminando hacia San Nicolás, cuya fachada barroca emergió al doblar la esquina de la Calle Mostecká con toda su exuberancia de piedra trabajada, indiferente a la nieve, indiferente al frío, indiferente a los dos hombres pequeños que se acercaban a su puerta lateral con los bolsillos llenos de fragmentos de arcilla y contratos firmados por los muertos.

En la entrada de la sacristía, Gabriel sacó la llave. El metal estaba tan frío que la piel de sus dedos amenazó con pegarse.

—Deme dos horas —⁠dijo⁠—. Cuando tenga la servidumbre revisada, mando recado a Karlín.

—¿Sabe dónde está el almacén?

—Conozco Karlín. —⁠Gabriel abrió la puerta. El olor a cera fría y polvo sagrado salió como un animal que lleva encerrado demasiado tiempo⁠—. Mi padre fue carnicero allí. Sé dónde está cada almacén de esa calle.

Karl asintió. Se giró para marcharse.

—Padre Gabriel.

El sacerdote ya tenía un pie dentro.

—Escriba la carta antes de revisar el documento —⁠dijo Karl⁠—. Por si acaso.

Gabriel lo miró un momento. Luego asintió, entró, y cerró la puerta tras de sí. El sonido de la llave girando en la cerradura llegó desde dentro, limpio y definitivo, como el clic de un contrato al cerrarse.

Karl se ajustó el sombrero y se dirigió hacia el río.

Tenía una hora larga antes de que abriera el registro catastral, y el camino hasta allí pasaba por el Puente de Carlos, que a estas horas de la mañana tendría mejor luz para revisar los documentos en el cuaderno sin que el viento le arrancara las páginas.

Mientras cruzaba de vuelta al puente, Karl Wagner pasó por delante del Almacén Número Cuatro sin detenerse. Lo miró de reojo: los postigos bajados, el muelle nevado, el candado nuevo brillando bajo la nieve como una mentira bien pulida.

Siguió caminando.

Pero esa noche, al revisar sus notas, encontraría que había anotado sin saberlo, al margen de la página donde había escrito el horario del registro catastral: «El río sigue ahí.»

No recordaría haberlo escrito.

Las campanas de San Nicolás dieron las siete desde el otro lado del río. Era el 15 de noviembre. Quedaban sesenta y cinco horas.